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domingo, 14 de noviembre de 2021

Las Clarisas Capítulo IX Arcano.

          

Alicia, conducida por la sumisa veneración sentida hacia su padre se había transfigurado en aquel ser al que no reconocía ni sentía como propio, ser monja le era tan ajeno a sí misma como lo era el fondo del mar. Desde su niñez siempre fue sometida a la férrea voluntad de su padre, un rico de linaje, a quien nadie contrariaba. Esta servil realidad sobrevenida, de acatar sus indeseables decisiones, la llevarían a ser una persona frustrada que estimularía el desarrollo de una personalidad perversa para desahogarse y poder ser.  

Su amarga vida comenzaría al descubrirse que estaba enamorada y embarazada de un hombre de color y de bajo nivel social, el capataz de su hacienda, lo cual colocaba en grave peligro, no solo la honra de su padre sino el control absoluto ejercido sobre ella, por lo cual decidiría internarla en aquel aislado mundo de supuestas virtudes.

Al ocurrir la tragedia del asesinato de Marco, su poderoso progenitor iría por ella al Convento para sacarla del país y eludir el castigo a su crimen, gracias a esto, sin imaginárselo por primera vez sería libre, actuaria según su criterio, de su sentir, sin estar sometida más a sus  caprichos.

La última vez que se supo de ella fue cuando la vieron abordando un carruaje negro en el puerto donde atracó el barco en el que huyó. Los presentes distinguieron una blanca y fina mano lanzando el velo negro de su hábito de monja por la ventanilla de aquel coche en el cual se trasladaba a un destino insospechado.  

 

                                                             Camino de la liberación. Fotografía de JAO    

Alicia se convertiría en una mujer muy rica, elegante, de gustos muy refinados, regentaría un negocio donde se brindaba placeres a los caballeros y discretamente también a algunas damas, sus servicios eran costosos y extravagantes, allí  eran complacidas todas las exigencias, no existiendo límites ni moralidad que frenara los deseos de los clientes. Finalmente era una persona satisfecha consigo mismo, su risa cantarina era famosa al igual que sus bellos ojos siempre radiantes, afirmaba que nunca había sido tan feliz, que no cambiará su vida actual por nada y menos por un hombre, tal vez por varios si y soltaba una contagiante carcajada.

Cuando se enteraban que en el pasado había sido monja no lo podían creer, era conocido algunas leyendas de mujeres que habían transitado el camino de prostituta a monja, pero nunca como el caso de Alicia. Por ejemplo, Santa María de Egipto que había huido del hogar de sus padres para ejercer la prostitución durante diecisiete años en la glamorosa ciudad de Alejandría, durante el siglo IV, quien disfrutaba del reto de seducir a hombres jóvenes, por lo que no cobraba por sus servicios. Sentía fascinación por las “aventuras sexuales” y se dejaba llevar pos sus pasiones.

María explicaba impúdicamente: “No hay depravación nombrable o innombrable de la que yo no sea maestra”. Según se contaba “Buscando nuevas experiencias, se incorporó a un grupo de peregrinos camino de Jerusalén, se embarcó con ellos a la mar rumbo a ese lejano destino y sedujo a todos los hombres en el barco antes de llegar a la ciudad donde nació el cristianismo. Pasado un tiempo ejerciendo la prostitución, inesperadamente se arrepentiría de sus pecados y se reconciliaría con la Iglesia”. Vivió el resto de su vida como ermitaña en el desierto y lucharía continuamente contra la tentación de volver a su vida depravada, hasta que Dios le concedió paz a su alma.

Otra fue Santa Pelagia que primero fue una actriz famosa y un tanto libertina durante el siglo V. San Juan Crisóstomo dijo de ella: “No había nada más vil que ella cuando estaba en el escenario”. “Los hombres que tomaba como amantes quedaban embriagados de ella. Por Pelagia hubo padres que abandonaron a sus hijos, hombres adinerados que despilfarraron sus bienes. Incluso llegó a seducir al hermano de la emperatriz”. En su intento de describir el poder de Pelagia sobre los hombres, San Juan consideraba la posibilidad de que los drogara y llegó a especular que tal vez usara la brujería.

No se conocen los detalles sobre su conversión, solo que posiblemente escuchó una homilía de un Obispo sobre la misericordia de Dios pidiéndole  inmediatamente después ser instruida en la fe y bautizada.

Pero el proceso de Alicia había sido inverso, de religiosa pasaría a prostituta, vida en la cual paradójicamente se encontraría consigo misma, sin embargo un sutil desasosiego la embargaba, había algo del que carecía, era el amor, estaba lejos de imaginar los insólitos caminos que la conducirían definitivamente a aquel remanso.   

La historia de Alicia comenzaba con la tóxica y muy torcida relación con su padre, donde existía un inconsciente deseo sexual hacia su dominante figura a quien percibía como un dios, sutilmente experimentaba celos y hostilidad hacia su sumisa madre a quien sentía como su rival generándole cierto temor de que le arrebatara su amor.

Este ambiguo y censurado sentimiento lo simulaba inconscientemente a través de la gran admiración que le profesaba, aunque de forma distorsionada, pues al desear parecerse a él, emulaba su conducta maltratadora pero con matices propios, bañados de una seducción encantadora y una aparente timidez en su comportamiento, muy diferente a la notoria dominante de su padre que no simulaba al ejercer su poder.

Don Luis había establecido un control psicológico total sobre Alicia, acabando con su autoestima al culparla por todos los errores sucedido en su entorno inmediato, además de recordárselos constantemente, reiteradamente le decía que sentía atracción por lo bochornoso, remarcando que él debía estar siempre presente, evitando que pecara, responsabilizándola por la vergüenza que pasaba por su culpa, cobrándole constantemente lo que hacía. Así había creado una asfixiante prisión que coartaba toda su libertad, llevado a extremos  enfermizos que semejaba una invisible red a su alrededor, que ella asumía como normal, una cruel actitud del progenitor. Esta actitud controladora era ejercida de forma directa pero la mayoría de las veces era insidiosa, tan dolorosa que ella no se había percatado ni sabía explicarlo, hasta ese día en el Presbiterio cuando vio reflejado en Marco a su padre, permitiéndole por primera vez tomar conciencia del avasallamiento a la que fuera sometida por años y finalmente drenar su ira.

Alicia había experimentado todas las formas de control psicológico, no recordaba recibir mal tratos físicos, muy al contrario siempre estaba presente para “ayudarla”, económicamente o realizando determinadas tareas para ella, aparentemente con buenas intenciones, pero en realidad ese favor tenía un trasfondo de dominio, que le servía no solo para someterla, sino también para chantajearla y ejercer una solapada autoridad, una forma de hacerla sentir que “Sin mí no puedes hacer nada”.

Otra manera de intervenir en su vida cotidiana era con sus numerosos consejos que en realidad eran órdenes, todo por su bien, “porque yo sé lo que te conviene”. Usando la manipulación emocional a través de la sensación de culpa constante, de catalogar de ser una traición o de herirlo, si desacataba algún “buen consejo”.

Las personas manipuladoras tienden a elegir distintas estrategias, existe el que fomenta la  creencia que son víctimas de la sociedad, que todo lo que les rodea va en contra de ellos, por lo que resulta casi imposible negarse a sus demandas. El otro tipo es el que induce a su víctima a creer que es el superior de la relación para que de algún modo haga todo aquello que el “no es capaz de hacer”, de este modo consiguen lo que ellos quieren, al actuar de manera provocadora y retadora, estimulan la necesidad de someterse para evitar una disputa. “No hago la limpieza tan bien como tú o no cocino tan bien como tu, no puedo competir contigo”, etc.

Por ultimo está el más nocivo, el desprestigiador, que fomenta la sensación de ser el mejor de todos, el único capaz de realizar cualquier cosa y tratará por todos los medios de resaltar los defectos del otro para poder destacar que vale más que los demás, mecanismo perverso que era el que prevalecía en Santa Ángelus para ejercer su dominio.

Alicia era una desprestigiadora solapada, incapaz de empatizar con el resto del Convento, de una frialdad impresionante, para nada impulsiva, era calculadora a la hora de actuar con control absoluto de su lenguaje corporal, capaz de cambiarlo en segundos según las necesidades de obtener un beneficio personal, como el día del gato negro y del encuentro en la biblioteca. Sus mentiras y engaños tenían un propósito, es decir, una razón, un objetivo a lograr, así fuera divertirse o simplemente dominar, sentir su poder sobre su víctima, mental o emocionalmente como hacía con David.

La mayor virtud que poseen estos manipuladores es su capacidad de identificar a aquellas personas con personalidades débiles, fáciles para aprovecharse. A través de sus habilidades les hacen creer que con su ayuda pueden alcanzar sus expectativas, obteniendo un agradecimiento y la necesidad de devolver el favor, única manera de que te presten su atención, como era el caso de Isabel y su dominio sobre la perenne agradecida Berta.

Siempre necesitan sentirse superiores a los demás, por lo que no tendrán freno para humillar al otro y desprestigiarlos, pues esto conlleva a un aumento de su propia autoestima. La realización de favores a un manipulador no es casual ni espontáneos, ya lo tienen identificados previamente y conducen habilidosamente a sus víctimas a ofrecérselos, como ocurría con Raquel y Milagro, que nada era gratis.

Ellos invariablemente encuentran vías y estrategias para ejercer el dominio mostrando comportamientos cínicos sin preocuparse por los sentimientos de los demás, con una ausencia de moralidad y de principios, sin manifestar remordimientos por su conducta, su personalidad calculadoramente maquiavélica se los permite. Esto se debe a que creen que su manera de actuar es la clave para obtener el éxito en la vida. Isabel aplicaba esta táctica a través de los oscuros secretos almacenados en su escritorio, nadie sabía que contenía pero todos le temían, de allí derivaba su temible poder.

Los padres controladores no dejan de serlo porque los hijos crezcan, solo cambian de método, utilizan el chantaje emocional o el victimismo, no importa que se hallan ido, aun en la distancia siempre consiguen su propósito de hacer sentirles que si se alejan de ellos, los están abandonando y esto se debe a que cualquier intento por asumir las riendas propias de su existencia se interpreta como un agravio, surgiendo al instante emociones como la ira, la rabia, la angustia y el maltrato. En el fondo es miedo a que los hijos sigan su camino con independencia, madurez y libertad lejos del hogar. 

Los que finalmente logran huir de un dominio así, experimentan una sensación de libertad nunca antes percibida. Escapar de la cárcel de los paradigmas sociales y distorsionadas obligaciones morales puede conducir por caminos inesperados, peligrosos o irreverentes, por lo que es necesario identificar estas situaciones para manejarlas con cautela, y no caer en un paroxismo incontrolable, como le sucedió a Alicia al emerger en ella aquella otra personalidad guardada en lo subliminal, un extremo para existir por primera vez en una entidad separada de su poderoso y dominante padre. 

sábado, 18 de septiembre de 2021

Las Clarisas Capitulo III Laude, un tigre y un salón escarlata.

 Dos Velo Negro caminan a lo largo de un corredor tenuemente iluminado por los rayos del sol naciente, van al jardín en busca de unas flores para colocarle al Santísimo, al llegar a la fuente se topan inesperadamente con un monumental tigre de rayas negras y amarillas que sale de la cocina llevando colgante una sangrante gallina entre sus fauces, aún viva y todavía aleteando convulsamente, el felino deteniéndose las mira de frente, por unos segundos se observan, sus ambarinos ojos se destacaban sobre las manchas blancas de su frente, al gruñir deja ver sus largos colmillos dando la sensación de ser un asesino dispuesto a matar. Ante el sorpresivo encuentro, instintivamente todos huyen asustados, por un lado el animal salta por la pared a ocultarse al bosque con su preciado tesoro y a la vez las dos monjas corren despavoridas gritando histéricas, alertando del peligro.


Sorpresivo encuentro. Fotografía de Internet.


—              Un tigre entro al Convento! ¡Un tigre entro al Convento!

Jamás había sucedido un hecho igual, terrorífica novedad que urge tocar nuevamente el campanario para convocar a la congregación a resguardarse mientras dan aviso a la autoridad civil.   

La Hermana Ángela temerosa de toparse con la fiera lleva una tea encendida para protegerse, sube con cautela las escalinatas hasta alcanzar la campana, que nunca antes habían sido repicadas en tan corto tiempo por sucesos tan inusuales como estos dos últimos acaecidos, nadie imaginaba que los próximos serían peor.  

—              Enciendan una fogata en el jardín para espantar a la fiera. — Ordena la Hermana Isabel con su autoritaria y profunda voz.


—              ¡El Convento se va a incendiar! ¡Apaguen la fogata! ¡Apaguen a la Hermana María! — Ordena imperiosamente la Abadesa, sorprendida por el inusual hecho.  

Las monjas corren veloces a sacar la leña de la cocina, rociarla con resina y prenderla, el negro humo las envuelves favorecido por una brisa lenta que surge del cercano bosque produciendo un sonido familiar del oscilar de los árboles, era un momento relajante, las Hermanas están mirando hipnóticas las lengüetas de fuego que se alzaban al firmamento, sintiéndose seguras allí, repentinamente el viento regresa nuevamente pero con fuerza haciendo estallar feroces llamaradas de la fogata que peligrosamente amenazan al Convento. Una de las religiosas reunidas alrededor de la protectora lumbre, se le incendia el hábito comenzando a gritar y contornearse como loca. Nuevas indicaciones se imparten desaforadamente.

Correrías, tropiezos entre sí, empujones, gritos  desaforados imperan en el lugar, transformado en un revoltillo de negros hábitos asediadas por el perro cuidador, ladrando y saltando nerviosamente a su alrededor. La Hermana Cristina que venía de la biblioteca se encuentra con aquella loca escena y rápidamente comienza a ayudar a controlar el fuego que devoran vorazmente las negras vestimentas, un preámbulo de lo que sería su funesto fin. Estando en ese alboroto tocan insistentemente el portón de entrada, salen la lega Juana y la Hermana Consuelo, únicas presentables pues las demás estaban con sus rostros y hábitos ennegrecidos de hollín, al asomarse se encuentra con el mismísimo Jefe Civil quien muy amablemente viene a notificarles personalmente que el tigre de bengala se le había escapado al circo en su camino a Villafranca, el conductor de la carreta que trasportaba al animal sin darse cuenta había caído en un bache rompiéndose el eje de las ruedas, cayendo aparatosamente por la montaña, destrozándose la jaula en mil pedazos, gracias a lo cual el felino logró escapar.


—              Es un animal muy valioso por lo exótico, les informo para su tranquilidad que lo acababan de atrapar, fue fácil encontrarlo pues venían siguiéndolo y el los conoce pues son sus domadores, estaba durmiendo detrás del Convento después de comerse una gallina, únicamente quedaba el reguero de plumas, parece que solo tenía hambre, como ustedes guardan estas aves  vivas en su cocina, debe haberlas olfateado y entro a robar.

Durante la explicación, la experta en amor, Juana, nota las nerviosas miradas entre Consuelo y Don Pedro, un nuevo pecado se abría paso en el Convento.    

Al concluir la amenaza contabilizan los daños de la violación del recinto, solo se perdió una gallina del almuerzo, así que comerían menos cantidad, por supuesto las Velos Blanco y legas. Retoman la rutina, comenzando finalmente con la misa que estaba retrasada, nadie imaginaba que la paz duraría unas cuantas horas, ni que aquel conato de incendio era un presagio de otro que estaba por ocurrir.

Se dirigen prestas a la capilla, ninguna había desayunado aun como era la costumbre pero obedecen la orden. 

El monaguillo lleva el incensario el cual balancea mientras camina por el centro de la nave de la pequeña pero hermosa capilla, deja tras de sí un ondulante y delgado hilo de humo que a medida que se desintegra va perfumando el espacio circundante con una aromática fragancia que evoca un misticismo sin igual, al fondo se escucha el coro entonando unos cantos gregorianos, otorgándole aún más una atmósfera de gran recogimiento a aquel blanco recinto. De una gruesa viga de la bóveda del techo se desprende una paloma aleteando nerviosamente quebrando aquel hechizante silencio. Una cabizbaja monja Velo Negro cruza el pasillo y se dirige al confesionario de madera pulida color ámbar, lleva un rosario entre las entrecruzadas y delgadas manos, está en profundo estado contemplativo. Al llegar se arrodilla solemnemente en el acolchado reclinatorio forrado en cuero rojo, un pequeño e íntimo espacio de donde surge una sensación de acogida hospitalaria, acercándose íntimamente alza ligeramente la cabeza hacia la obscura armazón tras el cual está el oculto sacerdote dispuesto a reconciliarla con Dios, a otorgarle el ansiado perdón que supuestamente va a solicitar la piadosa Hermana.


—              Pecar contigo ha sido el placer más grande que he sentido desde que soy monja, deseo fervientemente repetirlo, te espero con fervor hoy en el presbiterio. — Dice la penitente con falsa naturalidad, pegando sus labios provocativamente a la rejilla que los separa y realiza un mohín para lanzarle un beso.

El confesor carraspea nerviosamente, pasa una mano por el cabello que cae sobre sus ojos retirándolo hacia atrás.


—            Alicia cállate, nos pueden escuchar.

—          Amor, ¿Cuál es el problema?, Ya lo hemos hecho delante del Señor, además el pecado te hace libre. — Expresa con desparpajo la irreverente religiosa. 

—              Alicia, estas blasfemando, el pecado te condena al infierno.

—              ¡Deja la mojigatería, no es así, pecar te permite ser feliz! — Indica despóticamente la tentadora mujer.     

Para Alicia la devoción que sentía David era un juego ya que ella era una mujer experimentada, cuyas duras vivencias la habían convertido en cínica e incrédula mujer, sin embargo le atraía la ingenuidad y autenticidad del joven pues le permitía ser la dominante, la que siempre tuviera la razón y humillarlo por su ignorancia o ingenuidad.

En cambio para el joven tener aquella mujer era como alcanzar el paraíso pero a su vez esta relación era tormentosa debido al malestar que le provocaba durante sus conversaciones que frecuentemente terminaban en una discusión, en las que siempre tenía la culpable de algo. Cuando tiempo después se enteraría del oscuro secreto de Alicia, una mezcla de sentimientos contradictorios lo embargarían, por un lado un gran dolor por las penosas experiencias de ella y a la vez cierto alivio al verse liberado del yugo en que se había convertido su amante.

Una vez culminada la santa misa donde se dio gracias por regresar a la normalidad, se dirigen al comedor y después a sus labores habituales, entonces sorpresivamente la dueña de la autoridad conventual ordena convocar una reunión urgente.  

La Hermana Milagro se pregunta que se traería entre manos la Superiora, la conocía muy bien y sabía que no hacía nada sin tener algo calculado, aquella actitud de general parada impartiendo ordenes en el corredor frente a la Sala Capitular era sospechosa, por decir lo menos.

— Hermana Consuelo convoque personalmente a todas las Hermanas,  discutiremos lo sucedido hoy en el incendio, se comportaron fatal, además las medidas disciplinarias que se aplicaran a las que quebrantaron las reglas del claustro ayer,  especialmente a la Hermana Raquel que se conoce el reglamento completo. 

—  Hermana Milagro usted verificará la presencia obligatoria de todas las Velo Negro, especifíquele a la Hermana Ángela que no puede faltar a la reunión, fue la que entregó las llaves del portón, grazna aquella desbordante figura.             

La pelirroja, traumatizadas por la pobreza en su niñez, habiéndose convertido en la adultez en una desbordada glotona, siendo tan rechoncha como Isabel, ambas parecidas en lo ambiciosa, diferentes solo en la naturaleza del poder perseguido, ella buscaba el económico que le asegurara su futuro, habiéndose jurado nunca más pasar necesidades. En una época a su familia, muchas veces no les alcanzaban los alimentos para todos, pasaban hambre, sus padres a costa de esfuerzo y grandes sacrificios de años lograría amasar una pequeña fortuna, sin embargo el dinero no era lo único deseado, faltaba el prestigio social, para alcanzarlo le ordenaría a su hija ingresar al Convento de Las Clarisas, sin pensarlo le permitiría ser sumamente rica.  En este lugar desarrollaría el arte de la manipulación en una variante diferente, usando los impagables favores que realizaba, calculados con precisión a quien otorgárselos, buscaba la sumisión a través del agradecimiento. No faltaba una monja que necesitara un préstamo para la manutención de sus clandestinos hijos ocultos en familias del pueblo que cobraban por este favor y Milagro cubría estos gastos. Esta generosidad era solo con quienes podían retornarle “algo” requerido sutilmente por ella, entre esas estaba la encargada de las llaves del portón de salida, Ángela su preferida, por un motivo especial.

Isabel, una mujer desmedidamente ambiciosa, obsesionada con el poder religioso, dispuesta a cualquier cosa con tal de lograr sus objetivos. Autoritaria, sin escrúpulos e intrigante, cuyos valores y principios estaban al servicio de sus intereses.  Ser segundona la hacía sentirse ahogada, tal como el aire era necesario para vivir, así mismo precisaba del mando para estar presente en el mundo, era una necesidad vital.

Estaba consciente de ser dominada por el monstruo de sus deseos, que pecaba, pero eso desaparecía cuando se acomodaba en la silla de cuero del despacho de la Abadesa frente al imponente escritorio de ambarina madera, embelesada se dejaba llevar por sus manos, viajando por las diferentes rugosidades de las bellamente labradas gavetas que encerraban los más oscuros secretos de los habitantes tanto de Santa Ángelus como de Villafranca, archivados meticulosamente en expedientes recopilados por ella, la representación del infierno, contrastando con su pulida superficie donde se asomaba para ver reflejada su gigantesca imagen que por un mágico efecto de refracción le proporcionaba un aspecto angelical, otorgándole una imagen de virtud semejante a un ser paradisíaco, deleitándola profundamente. Allí sentía que era un ser completo, todopoderoso, gracias al manojo de llaves de cada una de aquellas gavetas que encerraban su temido contenido, bajo su dominio absoluto. Su diseño era especial para guardar documentos secretos mediante gavetas con múltiples sistema de seguridad de llaves y cerrojos con claves numéricas.

Isabel se identificaba con aquel escritorio de aspecto varonil, sobrio, del cual emanaba una fuerza incomparable, según una leyenda existente en el pueblo, se afirmaba que por esas cosas del destino, Santa Ángelus recibiría para su inauguración un inesperado obsequio proveniente de la monarquía más antigua existente, yendo a parar a aquel remoto y perdido pueblo de Villafranca debido a un inexplicable error de despacho. La población se agolpaba maravillados alrededor del monumental mueble que había sido fabricado de los restos de un naufragio de la flota de su majestad. Una misiva explicativa lo acompañaba: de la madera de ese navío se habían obtenido tres escritorios, obsequiados a los tres jerarcas dominantes del mundo de los tres poderes representativos, monárquico, político y religioso, una trinidad repetida, el número perfecto del misticismo, se creía que si los tres se sentaban simultáneamente, en un mismo momento, formarían un círculo de gran poderío, indestructible, serían intocables. Pero el enviado al poder religioso nunca llego a su destino. Ella soñaba, impulsada por el hechizo de ese mueble, que podría llegar a ser la primera Papisa de la orden de las Clarisas, similar a otra existente ocultamente en tiempos remotos, una leyenda de una mujer que habría ejercido el papado católico ocultando su verdadero sexo, la Papisa Juana. Históricamente existen dos pontífices que calzan en este mito, uno corresponde a Benedicto III,  otros dicen que en realidad se trató del Papa Juan VIII, que no era hombre. 

Aquella información almacenada allí provenía de dos fuentes, las Hermanas más conocedoras de la comunidad, una Velo Negro, Berta y la segunda de Velo Blanco, Juana, lo que ellas dos no sabían era porque no había sucedido. Berta era la cillera del convento, administraba el almacén o granero donde se guardaban las provisiones y la Hermana Juana, la jefa de cocina, su don para la sazón era famoso además de su locuaz personalidad y conocida fogosidad que era apaciguada por Lucas el proveedor encargado de suministrar las frescas hortalizas, verduras y las lágrimas cristis al Convento. 

En ese recinto repleto de ollas y guisos, las pláticas discurrían alegremente al unísono sobre varias temas a la vez, desorden que semejaba una orquesta sin director y sin censura por ser un área exclusiva para las Velo Blanco, las legas y  las servíciales, encargadas de preparar los alimentos como de la limpieza, situadas en el escalafón más bajo de la organización por lo cual era común una laxitud en las normas del buen comportamiento y del lenguaje procaz que usaban habitualmente, existiendo una gran honestidad entre ellas lo cual no se observaba en el elitesco ambiente de las educadas señoras de Velo Negro. 

A pesar del intenso trabajo manual que realizaban a diario era un entorno muy acogedor. Sumergidas entre escandalosas risas y abundantes chistes subidos de tono, elaboraban los platos típicos locales que degustaban las Velo Negro, tales como el lomo prensado, el pímpinete, un chorizo elaborado con carne de res y cerdo, las arepas que pasaban vertiginosamente por estos mesones junto a la amarilla y cremosa mantequilla, la variada dulcería, los diferentes quesos regionales, todo de producción local, rodeadas de una camaradería muy diferente a la pugnacidad del resto del Convento. 

Era frecuente ver a la Abadesa husmear por este recinto, parecía agradarle el jovial ambiente que se disfrutaba, además de enterarse de ciertos secretos culinarios que ayudaban en el amor. Otra que paradójicamente acudía con frecuencia a la cocina era la discreta Hermana Consuelo para conversar con Juana, intrigaba ver esa amistad tan dispar, tiempo después se sabría el motivo. Juana propiciaba una muy secreta relación amorosa entre dos personajes inimaginables.

—              Hermana Juana, ¡Prepare una olleta para el Provincial Marco!. — Orden que originaba chistes entre las cocineras sobre si se le debía dar o no, debido a los efectos afrodisíacos que según poseía esa sopa de carne de gallo y la fama de exceso de entusiasmo del Monseñor, acordando entre ellas servirle un buen mondongo de chivo más acorde con su recato y evitarle una congestión.

En medio de esta trifulca de platos, las actualizaciones sobre el acontecer social no podían faltar, tales como, Doña María salió embarazada estando su marido en la guerra desde hace dos años, Doña Mercedes parió unos gemelos, uno es blanco y el otro negro ¿Eso es posible? Dicen que Don José es adoptado, que sus verdaderos padres son el general Fuenmayor, que embarazo a Doña Alfonsina siendo 20 años mayor, héroe de guerra y casado, por eso no pudieron tapar el entuerto a pesar de ser ella una moza de 15 años. Dicen que el niño Miguel malogró la virtud de la niña Mercedes, su hermana, Ave María purísima todavía dormían juntos y no se dieron cuenta que habían crecido. ¿Sabes quién acaba de parir?, la Hermana Josefina nos desveló anoche. Vieron a la Hermana Milagro saliendo del claustro de una novicia.


—  Si ustedes supieran lo que me paso durante la tormenta, tenía una cita secreta y antes de que llegara me introduje aceite de oliva dentro de aquel lugar por recomendación de una yerbatera del pueblo, según sirve para obtener más placer en el amor, creyendo que si me colocaba mayor cantidad, mayor sería mi recompensa, resultó que cuando mi querido verdulero estaba en el furor del acto, ustedes saben que es el mejor momento, mi biscocho comenzó a sonar como si estuviera aplaudiendo, plaf, plaf, plaf acabando con la inspiración de mi Lucas que no entendía que pasaba. — Explicaba la locuaz Juana mientras todas reían de sus ocurrencias.


 El plan de Isabel era que al tener bajo su potestad los pecados cometidos por sus habitantes, mantenidos bajo llave en aquel temido escritorio, lograría a través del miedo a su revelación un sometimiento a su persona para ser ratificada como Abadesa. Su autoridad  para decidir quién podría o no acudir al comedor, que alimentos consumirían, y lo más importante donde dormir, no era lo mismo hacerlo en el suelo de la celda de castigo que en sus cómodos claustros, privilegios muy apreciados, permitidos o no, cerrados o abiertos como un grifo de donde brota el maná, usufructuar estos placeres inhibía cualquier conducta que pudiera incomodar a la Superiora.

Ver el terror reflejados en los ojos de las glotonas Hermanas, el desasosiego de perder sus lujos, incluso mayor que el provocado por el tigre, tenerlas allí sentadas en la roja Sala Capitular, los torsos rectos adosados a los espaldares de las sillas con las manos nerviosamente entrelazadas esperando sus sentencias, luego de un breve momento de suspenso finalmente les notifica el castigo: un ayuno general por dos días por no manifestar en clara y alta voz su desacuerdo ante la entrada de los intrusos, van dos veces y no dijeron nada, ni solicitaron una reunión para discutir la novedad, tampoco socorrieron a la Hermana María para apagar su hábito, como era su deber, si no hubiera sido por las Hermanas Cristinas y Alicia no estaría viva.

Aquella reprimenda le producía un goce inmenso al igual que ejercer el control sobre sus vidas, pero más importante era recuperar la reciente jerarquía socavada por la intrusa autoridad civil, demostrar que detentaba el mando; sin embargo este abuso de poder y vejación desmedida ocasionaría consecuencias inesperadas, esa sentencia nunca se cumpliría totalmente.

Las Hermanas abandonan el escarlata salón aliviadas pensando que finalmente todo había llegado a su fin, daban por hecho que la alteración de su rutina terminaba, un prófugo y un tigre habían entrado al claustro, ¿Qué más podía pasar?, no imaginaban que apenas eran dos de las sietes singularidades que ocurrirían, a partir de aquel instante los acontecimientos irían in crescendo hasta desembocar en el vuelo de los velos, acaecido una noche con luna de sanación, la liberación estaba a la vuelta de la esquina.

En Santa Ángelus existía otra autoridad, el Provincial, un personaje que era frecuente distinguir deambulando por sus largos corredores, ya que además de ser su administrador, el encargado de nombrar a los confesores, de convocar y presidir el capítulo provincial, también debía supervisar el fiel cumplimiento de sus normas e informar a sus superiores. Esta presencia le complicaba el panorama a la Abadesa interina para desplegar toda su autoridad, imponer las sanciones a esa violación a la norma le suministraba una oportunidad para demostrar quien ejercía verdaderamente el poder, pavonearse con todo su plumaje extendido, sin embargo, como todo en esta vida, los cálculos nunca son perfectos, una larga cola diabólica brota de toda intriga y se devuelve como un bumerang, el cántaro estaba por romperse. 

A todas estas, Marco se encuentra en el jardín situado frente a los claustros, camina pausadamente cavilando sobre los planes que se aceleran vertiginosamente con la inminente llegada del circo delatado por la inesperada invasión del tigre, además de notar que Isabel le esconde algo que puede poner en peligro sus planes, repentinamente se topa con la belleza de la naturaleza circundante.


               

                                                                Matices de una revelación. Fotografía de JAO


        La recién lluvia que milagrosamente salvaría al Convento, había salpicado de miríadas de diminutas gotas que destellaban en explosivos colores, cual diamantes regados al azar, posados en las esmeraldas hojas, su brillo al juntarse formaban un pequeño arcoíris que bañaban a una figura, al principio no distingue de quien se trata.

Poco a poco, en medio de aquel paraíso de luces, surge Alicia contemplándose algo que resplandece en una de sus manos que mueve  buscando el sol con mundana satisfacción, su altivez arrogante lo deslumbra hipnóticamente.

Hasta ese momento casi no había notado su existencia debido a la actitud de dulce madona virginal que siempre asumía bajando la cabeza sin enfrentar su mirada cuando se encontraban, desviándola a otro lugar recatadamente, exponiendo una insípida humildad, camuflajeándose como un camaleón con el reinante ambiente de recogimiento, haciendo creer a los que la observaban que no era ambiciosa, razón por la que nunca le prestaba atención, diferente a esta otra apariencia manifestada en ese momento, mujer peligrosa, interesante, sorpresivamente lo cautiva. 

sábado, 11 de septiembre de 2021

Las Clarisas Capitulo II Dominius

 

Al entrar por primera vez a Villafranca, tres elementos resaltaban copando los sentidos, el primero era un intenso aroma a dulces impregnando el ambiente de forma envolvente. El segundo, el peculiar parloteo de sus agitados vecinos dispersos por las calles, marcado por una cantarina forma de hablar arrastrando las palabras, gesticulando exageradamente. Las damas agolpadas en los zaguanes comentando disimuladamente los escándalos del momento, abanicándose y cubriendo sus bocas para que no se notara el cuchicheo.


 

                                        Santa Ángelus Dominius. Fotografía JAO

En tercer lugar, rompiendo el horizonte, descollaba la bella cúspide del campanario de la capilla de su Convento, alzándose como un desahuciado, parecía estar implorándole piedad al cambiante cielo, a veces azul, a veces gris, a veces con un intenso resplandor incandescente, otras anubarrado, susurrando un seductor llamado evocando el misterio femenino.

Este pueblo de apenas cuatro calles, frío y neblinoso, enclavado entre montañas, casi rozando el cielo, trasmitiéndole la sensación de estar acariciado por la mano de Dios, un lugar apacible solo en apariencias pero en realidad sería como la caldera del diablo, la sucesión de eventos censurados ocurridos allí era insólito debido a la pequeñez de su entorno, sin embargo no dejaba de vibrar con intensas pasiones, entrando en ebullición frecuentemente, se podía decir que casi a diario, girando alrededor de Santa Ángelus Dominius.

Entre Villafranca y dicha congregación existía un enlace que trasegaba la información en ambos sentido, era la cocina del Convento, allí sus cocineras y sus amantes se nutrían entre sí de chismes, revelado en confesión entre amantes, así a la abadía llegaban los ocultos secretos de las mejores familias y eran recogidos los de sus religiosas, una especie de cordón umbilical, un reino prohibido y vergonzoso. Así que los pecados de un lado se conocían en el otro y viceversa, equilibrando el poder de la información entre los dos, de esta manera al conocer sus mutuas debilidades obligatoriamente debían formar una sociedad de cómplices y alcahuetas. 

Esta orden religiosa, apegada a su impúdica tradición por la cual se haría famosa, se había originado en los escandalosos sucesos acaecidos un domingo de Ramos, ocho siglos atrás, cuando la damisela que llegaría a ser Santa Clara, en un acto de rebeldía, se fugó por la noche de casa de sus padres, para llevar una vida igual a los franciscanos. Esta conducta era mal vista en esa época debido a tres razones, las mujeres no podían hacer lo mismo que los hombres, desacatar a sus padres era una grave falta e irse del hogar estando soltera era considerado libertinaje.

Con estas premisas surgen las Clarisas, sometidas a las estrictas reglas de San Francisco que, entre otras cosas, prohibía salir al exterior y no dejarse ver de personas ajenas, solo por los franciscanos.

Fieles a su tradición liberal, estos monjes eran especialmente seleccionados según sus atributos, siendo los únicos autorizados a entrar al claustro, por lo que disfrutaban de la exclusividad de convivir con las Hermanas. Parte de la limosna de la que subsistían, se las entregaban ellos pues no podían poseer propiedades ni recibir donaciones.

Dentro de estas instalaciones, los frailes realizaban diferentes tareas, incluidas aquellas con atención personalizada para las irreverentes Clarisas. Si las Hermanas pecaban, obligatoriamente ellos estaban en la escena del crimen, no existía otra posibilidad. De esto surgirían consecuencias inevitables y ocultar los resultados de la íntima convivencia acarrearía males aún mayores, una espiral ascendente de pecados que caracterizarían a la congregación de Villafranca.

Para completar estos antecedentes de liberación del yugo paterno, su verdadera motivación de existencia, acontecía que a nivel local, Santa Ángelus Dominius había sido fundada por uno de los primeros sacerdotes de Villafranca, perteneciente a la clase dominante del lugar, conocido como “El Santo” Don Juan de Jiménez, famoso célibe y destacado Casanova por mantener relaciones con diferentes mujeres, buscando  serenar su libertina conducta concibió la idea de regentar un convento de monjas, lugar “ideal” para consolar a tantas doncellas solitarias. Fue su síndico o administrador de por vida, facilitándole aumentar su patrimonio personal a través del desvió de las donaciones dadas, un precedente que sería imitado años después por una de las Hermanas Velo Negro.

Este Don Juan disponía a su voluntad de todas las integrantes del Convento pues prácticamente residía en ese lugar, llegando a tener un rebaño de aproximadamente sesenta Hermanas.

Durante siglos estos lugares desempeñaron un papel muy importante en la sociedad, por ellos pasaron muchas damas de alcurnia como también de otras esferas sociales más bajas. Para los  pobladores frecuentemente ausentes debido a las innumerables guerras acaecidas en aquellos tiempo, dichas instituciones les servían como un sitio seguro donde dejar a sus hijas solteras. Las viudas también encontraban refugio allí, garantizándoles resguardo a su inquebrantable moral obteniendo un libidinoso beneficio adicional para aliviar su triste soledad.

El Convento Santa Ángelus estaba rodeado cual fortín por una larga pared de rusticas piedras grises que lo separaba de la plaza del pueblo o mejor dicho marcaba un límite entre ambos, cielo e infierno. Rompiendo esta monotonía resaltaba un enorme portón de madera que al abrirse producía un chirrido como un doloroso lamento, siendo  sorprendido por un hermoso jardín que irradiaba una paz casi celestial, sus árboles y plantas eran una sinfonía de colores muy armónico notándose su esmerado cuidado en cuyo centro palpitaba una pileta de donde surgía en un vaivén desordenado, múltiples rayos de agua como queriendo alcanzar el infinito.

Este Edén limitaba por largos pasillos salpicados de innumerables arcos de columnas dobles que le daban un aire acogedor, pero en realidad aquel lugar se asemejaba más al infierno con sus tormentosos pecados que ocurrían en ese idílico lugar, sin freno ni pudor.

          
                                          

                                                             Jardín del Edén. Fotografía de Internet

Desde el poblado se podía ver su llamativo techo de rojas tejas expuestas al sol, al entrar a su interior se contemplaba las tablillas que lo cubría por debajo, sostenidas por grandes vigas de rustica madera oscura que descansaban sobre blancas paredes de tapias y mampostería sumamente gruesas, a intervalos estaban reforzadas con columnas de madera insertadas en bases de piedra labrada, técnicas que les proporcionó perdurabilidad en el tiempo.

Fueron construidas por canteros que abundaban en los alrededores, virtuosos en trabajar la piedra, maestros que igualmente levantaron las casas solariegas e iglesia del pueblo de Villafranca. Al ser también herreros y fundidores, fabricaron sus campanas, una de las cuales, la de Santa Ángelus, protagonista de la página más oscura de su historia.

Poseían una capilla para su uso particular, constaba de una nave alargada con tres puertas, la entrada frente al jardín, al fondo a ambos lados del altar existían dos puertas, una que daba a la sacristía que servía de depósito y por donde ingresaba el sacerdote oficiante y la tercera que daba al cementerio. Delante estaba el presbiterio, el espacio que antecede al altar, algo elevado al cual se sube por unas escalinatas, allí se coloca el coro y está separado del resto de la nave por una baranda, conocido como comulgatorio, lugar donde ocurriría el inicio de esta pecaminosa historia.  

Pero antes de adentrarnos en ella es necesario revelar ciertos detalles como el caso de la férrea sociedad estamentaria existente que no se percibía a simple vista pues lo disimulaba una delgada capa de supuesta piedad, pero en lo subterráneo de estas benevolentes religiosas la situación era perversamente retorcida, nada que ver con lo aparentado. Lo primero que destacaba llamativamente eran los dos colores de los velos que portaban, el negro y el blanco, diferencias que iba más allá del contraste de su tinte, existiendo otras desigualdades menos evidente.



                                                     Los Velos del Edén. Fotografía de Internet


En las normas se especificaban minuciosamente las tareas que debían hacer en los correspondientes horarios, comenzando en las mañanas convocadas por las campanas que tocaba la Hermana Ángela todos los días, anunciando los diferentes rezos que se efectuaban en la capilla privada o de las oraciones que se cumplían con un tiempo de meditación silenciosa, exentas únicamente las monjas de Velo Blanco pues debían preparar el desayuno para la congregación. Luego a las 8,30 am se celebraba la eucaristía asistiendo la totalidad de las monjas.

Una vez culminado los deberes matutinos con Dios, se pasaba al desayuno consistente en una taza de té y un pan, esto era para las de Velo Blanco y el personal de legas y sirvientas.  Las Velo Negro tenían el privilegio de alimentos especiales acorde a su dote, exquisiteces que estimulaba uno de los tantos pecados del santo lugar, el robo por parte de las excluidas de estos mundanos deleites, acarreando severos castigos de ayuno si eran sorprendidas en tal irrespeto.


                                                       Las horas del recato. Tomada de internet.

Se continuaba a las 9 am con los respectivos deberes, las de Velo Blanco a los trabajos de limpieza, lavado, planchado y acondicionamiento de la ropa. Las encargadas de la cocina atizaban el fuego en el amplio fogón atestado de ollas en el cual se preparaba la comida que debía estar lista a las 12,45 pm cuando otra vez iban a rezar, luego se almorzaba en silencio y venía un descanso hasta las 4 pm, cuando tocaban el campanario para dirigirse a rezar el rosario ante el santísimo expuesto.

A toda esta rutina se sumaba los turnos de estudio, formación religiosa y de adoración que abarcan hasta las 7 pm, seguida de un  tiempo de oración personal para finalmente cenar a las 8,30 pm.

Además de las Velos Negros, llamadas Señoras y las de Velo Blanco o medio velo, estaban las legas que no eran monjas consagradas pues no tenían como pagar la dote, las novicias que eran las que se preparaban para tomar los hábitos y por ultimo las criadas.

Por cada siete de Velo Negro debía haber una de Velo Blanco para ocuparse de los oficios corporales, no estando obligadas a cumplir con las horas canónicas solo de un determinado número de Padrenuestros y Avemarías en su lugar de trabajo; debían levantarse a la misma hora que las demás, asistir a misa diariamente y eran eximidas del ayuno en algunas épocas del año en atención al trabajo corporal que realizaban, una asfixiante rutina.

En cambio las Señoras cumplían con otra tarea de nombre peculiar haciendo alusión a una santidad que en realidad no lo era.


 

                                                       

                                                                Puerta a la pasión. Tomada de internet.


Se podía decir que se les otorgaba una recompensa a tanto sacrificio en esa supuesta hora de los “Oficios Divinos”, como se denominaba a los rezos realizados en los claustros privados de estas poderosas Velo Negro, sin embargo sus puertas enmarcadas en fucsia flores delataba aquel no tan decoroso deber, una velada invitación a la pasión, la hora del pecado.

Para ser religiosa se exigía: vocación, ponderada vida y costumbres sanas, tener diecisiete años, fuerzas físicas para poder cumplir con las labores, no haber pertenecido a otra orden, no ser casada, legitimidad de nacimiento, limpieza de sangre demostrada por su árbol genealógica, pero sobretodo adaptarse a su moral de lo cual se encargaban las Hermanas que ejercían de maestras.

Las Velo Negro o coristas estaban en lo alto de esta organización, sus únicas ocupaciones además del rezo del Oficio Divino, era cantar en el coro, dedicar tiempo a la vida contemplativa, una existencia privilegiada, cual abeja reina de una colmena con el enjambre dedicado a su exclusivo servicio. Otra “extenuante” obligación era supervisar los oficios que realizaban las monjas de Velo Blanco, las legas y las sirvientas imponiendo castigos, esto representaba un control absoluto sobre aquel mundo.

Dentro de este selecto grupo se escogía a la máxima autoridad, las únicas con derecho a voto para elegir la abadesa, priora o prelada del Convento, cargo que generaba una feroz competencia entre ellas dando origen a un hecho que convulsionó este recinto, las restantes Velo Negro ocupaban los puestos honoríficos y los cargos más importantes del gobierno interno, resaltando las Discretas el más importante por ser el comité de consulta de la Abadesa en la toma de decisiones cruciales tales como la expulsión de alguna monja; luego seguían en importancia la Hermana encargada de la selección de las nuevas admisiones a la congregación, la Portera encomendada de las llaves lo que implicaba el control de salidas y entradas, siendo las clandestinas las que generaban su gran poder, la Tornera o comisionada de la vigilancia de la exclusa colocada en la puerta del Convento donde dejaban a los niños abandonados; la Vicaria del Coro, una especie de director de orquesta que regulaba el orden del canto, la Maestra cuya responsabilidad era enseñarle a las novicias el latín, labores de mano, además de la formación espiritual, en fin, el “arte” de ser monja durante el año de noviciado, la Sacristana encargada de la sacristía, la Librera responsable de la biblioteca, por ultimo las enfermeras, refectoleras o asignadas al comedor, cillera o jefa del almacén o granero y la Administradora de los ingresos, puesto clave. Una organización que designaba un papel a desempeñar a cada quien.

Las Velo Negro no sólo se distinguían por la larga lista de privilegios en el cual el menor era el derecho al uso del color en su cofia, más relevante eran los honores propios de su condición como ocupar un asiento reservado en el coro y el comedor además de poseer un ajuar particular elaborado con finas telas que se notaba a simple vista. Pero no solo era la calidad de sus hábitos, sus suculentos alimentos o sus “Oficios Divinos” sino el tipo de habitación que utilizaban, esto incluso dividía en dos niveles a las propias Velos Negros, unas en un distinguidísimo grupo de mayor status económico y otras no tan ricas.

Las familias más poderosas construyeron celdas particulares para sus parientas religiosas, una especie de pequeñas casitas aisladas que contaban con cocina, horno y chimenea, alcoba y oratorio en la planta alta; cuartos para criadas a su servicio en la planta baja, permitiéndoles llevar una vida cómoda gracias a sus generosas dotes y propinas pagadas a la iglesia. Nada de humildad solo vanidad.

Estos claustros estaban situados a orillas del jardín, poseían huerto propio, corral o gallinero y cuarto de aseo o letrinas.


 

                                                                           Claustro virginal. Fotografía de JAO

Esta privacidad permitía violar ciertas normas, principalmente la castidad. Los tejados rojos de estos Conventos fueron testigos de innumerables deslices, incursiones clandestinas, quedando el reguero de piedras o tejas rotas en los solariegos patios como testigos mudos de las pasiones prohibidas.

Debido a que las oportunidades de  conseguir con quien pecar eran escasas, lo común era hacerlo con su  confesor por ser el que estaba más a mano por estar autorizados a entrar a discreción, dándoles una nueva razón para volver al recinto. Esto traía como consecuencia los indeseados embarazo que las obligaba al asesinato de los recién nacidos, enterrados en las gruesas paredes de los conventos o tirados a los ríos, o abandonados en los bosques cercanos, salvándose si algún caminante casualmente los encontraba, la mayoría morían de frío o servían de alimento a los animales. En el mejor de los casos estos recién nacidos eran dados en adopción o abandonados en las exclusas, recogidos por la Tornera, dedicada a este oficio, actuando así como un orfelinato, algunos de estos eran entregados a familias adoptivas, otros se quedaban allí permitiendo a la verdadera madre, una Hermana, dedicarse secretamente a su crianza, hecho que originaría la primera protesta por la desigualdad de género realizadas por estas Clarisas.

Paralelamente a sus estrictas normas se desarrollaba un mundo subterráneo de sexualidad tanto en hombres como en mujeres, cuyas impúdicas historias, a pesar de los esfuerzos de disimulo, se filtraron hasta hoy día. Una de las que contribuyó a estas revelaciones fueron los sucesos acaecidos en la semana fatídica que marcarían de escarlata a Villafranca.