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miércoles, 7 de junio de 2017

Capitulo 50 Un matrimonio.

Helena experimentaría una serie de sucesos que la llevarían a dejar los apegos al mundo de sus hermanas, permitiéndole volar por cuenta propia hacia nuevos horizontes llenos de retos, atrás quedaba el mundo agrícola de El Toronal, casi sin darse cuenta, los continuos viajes entre la ciudad y la hacienda, como una especie de marea que va y viene, en torno de su niñez, desaparecía poco a poco, ahora pasaba más tiempo en la ciudad. Pero la salida del hogar de sus hermanas mayores y su gemela fue un terremoto emocional para ella, un derrumbe del mundo que la hacía sentirse protegida, segura, impulsándola a transformarse en la antorcha que brillaría, iluminando al mundo de Helena.  
Todo comenzó con el matrimonio de su hermana mayor, ella había conocido a Pablo Anzola cuando acompañaba a su padre a comprar un carro, un Ford A en la concesionaria ubicada en la calle Comercio, entre las calles 30 y 31, propiedad de William Henry Phelps. Su futuro marido, se desempeñaba  en el departamento de repuestos y mecánica, donde aprendió el oficio con los modelos de los años 1924 a 1926, los cuales llegaban desarmados en grandes cajas de madera, transportados desde el puerto de La Guaira, en el ferrocarril Bolívar, hasta la estación del tren, situada en donde hoy está la moderna Catedral de la ciudad, de aquí se trasladaban en el tranvía traccionado por caballo hasta el local donde eran ensamblados y vendidos. Para 1927 Pablo trabajaba en la Corporación Venezolana del Motor en Barquisimeto, destacándose por lo que es enviado a Caracas, en uno de sus viajes a Barquisimeto se compromete en matrimonio con María de Lourdes, el cual deben aplazar por la muerte del abuelo Teodoro Giménez ocurrida en 1931.
La novia era la primogénita del matrimonio Castro Giménez, nacida a tres meses de iniciarse la Primera Guerra Mundial, acontecido en Barquisimeto, un 9 de septiembre de 1914, en casa de sus abuelos en Santa Rosa a donde había acudido la madre a dar a luz, un suceso familiar de gran preocupación pues un parto era muy riesgoso en esos tiempos. Su nombre de María, por su madre y el de Lourdes escogido por la devoción hacia la virgen de Lourdes, además María de Lourdes era una combinación usada en la familia materna. Sus padrinos fueron su tío Sixto Giménez y su abuela Adelina Meléndez de Giménez, fue realizado el 5 de febrero de 1915 en la ciudad, donde se quedarían para que la recién parida se recuperara, luego las navidades y esta celebración.
El corre y corre de los preparativos del matrimonio no dejaban espacio para la tristeza de la inminente salida del hogar de la primera descendiente, Lourdes de 19 años para la fecha en cuestión, el novio de 25 años, un pícaro Duaqueño, parrandero y muy sociable, el cual vivía independiente desde los 7 años, sería quien despertaría el deseo en Helena de conocer Caracas a través de su narrativa de la vida de la capital. Habiendo cumplido el periodo de los dos años de luto obligatorio, se casarían un 1 de julio de 1933 luego vendría la espera de un mes para llevarse a su esposa de la casa paterna, los apuros para irse se veían mal en esta época, finalmente lo harían, Helena recordaría aquel triste día de la despedida, ellos se radicarían en Caracas hasta 1935 fecha en la que regresan a Barquisimeto por la muerte de su suegra. Mamayu asume su papel como la sucesora de su madre, para el cual había sido educada, por ser la hija mayor, una tradición desde la Colonia, ella organizaría la mudanza con su familia, huyendo de los recuerdos de la muerte de María Adelina, principalmente Pancho Castro consumido por la tristeza, lo hacen a una casa ubicada en la carrera 19 con calle 34.
Pasarían cuatro años en los que la rutina se instala nuevamente en el hogar, las cuatro casaderas llevaban una intensa vida social. Elena, una joven de 16 años, disfruta de los paseos de moda en la ciudad, navegar en canoas en la laguna de Patarata acompañada por los amigos solteros, si estaba en la casa vivía pendiente de los jóvenes que silbaban en la esquina, contraseña para que ellas se asomaran a las ventanas, a sentarse en los pollos para conversar, ellas adentro y los muchachos afuera parados en la acera, solo se podían tocar las manos entre los balaustres o rejas protectoras. Las fiestas en la plaza Bolívar, con las orquestas Mavare y La Banda del Estado Lara que tocaban retretas, unas fiestas diurnas tradicionales de los días domingos, sus hermanas Ana y Roselia bailando en la plaza, otra actividad social era ir a los toros coleados donde Adelina conoció a Martín quien era integrante del grupo de amigos que frecuentaban a las jóvenes Castro.
De esta época, Helena recuerda el incidente donde Martín Orozco, novio de la morocha Adelina, al pasar por la calle frente a la casa, ve a Elena asomada en la ventana muy arreglada, confundiéndola por su gran parecido con ella, se molesta porque a él no le gustaba que se maquillara, le reclama a Adelina pero Elena le aclara que era ella la que estaba esperando a su enamorado, Rafael Antonio Daza Soteldo.
Frecuentaban el cine-circo Arenas, que era descubierto por los lados pues estaba situado en un balcón, las sillas se podían mover colocándolas donde se quisiera y también recuerda el cine-teatro Bolívar, donde acudían a ver las películas mexicanas de moda del cual era fanático Martín Orozco.
Se tomaban fotografías profesionales en los estudios como el de Vegas, Marchena, Balestrini, D’Lima, impresiones Capitol, fotos Rod, etc. Esta moda se debía a que Amabilis Cordero, un duaqueño, funda a partir de 1920, estimulado por los hermanos González, un estudio fotográfico ubicado en la carrera 19 con 31, originando un hobby en los ciudadanos Barquisimetanos, especialmente en las hermanas Castro quienes vivían cerca, a solo tres cuadras de allí, por lo que transitaban por enfrente al dirigirse a la escuela Leopoldo Torres, ubicada en esta misma carrera con la calle 30 por lo que su paso era obligatorio, de regreso de clases se paraban a curiosear en la vitrina.
Después en 1928, este estudio se convertiría en uno de cine conocido como “Estudios Cinematográficos Lara” el cual es mudado a otro local, quedando en esta vía otros estudios fotográficos abiertos de renombre en la ciudad. Amabilis Cordero filma su primer mediometraje, desarrollada a partir en una obra del hermano Nectario María titulada, Los milagros de la Divina Pastora (1928) con el sello de “Artistas Unidos de Barquisimeto” estrenada el 8 de Julio de ese mismo año en el Teatro Cine Bolívar de la ciudad, situado en donde estaba su antiguo estudio y después estaría el cine Florida. Gracias a esto se establece una gran afinidad por el cine y la fotografía. Barquisimeto era la ciudad con mayor salas de cine del país.
En 1936 la ciudad tenía algo más de 40 mil habitantes, permaneciendo estancada hasta esta fecha en que se da inicio al avance tardío del siglo XX estableciéndose realmente posterior a la muerte del dictador Juan Vicente Gómez, estimulado por el gobierno del sucesor Eleazar López C. El cambio más relevante fue la lucha de la mujer contra las restricciones políticas, educativas y sociales, esto se expresó a través del vestuario, revolucionado por los modistas internacionales y las publicaciones sobre la moda, de la cual las hermanas están al tanto y siguen con actualidad.
A pesar del luto iniciarían un cambio, se recortarían el cabello a lo Coco Chanel mostrando una imagen acorde con los nuevos tiempos, era la época de la rebeldía juvenil, de la moda estudiantil, la exploración del entorno social como no se había visto antes en Venezuela. Los viajes a El Toronal se caracterizan por primera vez por el acompañamiento de los jóvenes de Aguada Grande, principalmente los Sánchez. Elena recuerda que cuando escuchaban el galopar de los caballos, todas corrían a escuchar las serenatas, luego se vestían para salir a conversar. Venía Horacio Sánchez, Pedro Carlos Fuentes enamorado de Roselia, Salvador Sánchez enamorado de Ana.
Ella también recuerda que bajaban en grupo a Aguada Grande montadas a caballo a todo galope, las más atrevidas eran Elena, Ana, Bolivia y Roselia, las otras dos Rosario y Adelina eran temerosas de los caballos. Los habitantes del pueblo salían a recibirlas, era un acontecimiento verlas, decían que estaban llegando las hijas de Panchos Castro, escandalizados comentaban irónicamente que venían solo hombres pues no estaban acostumbrados a ver mujeres a caballo, en pantalones y el cabello corto, ellas disfrutaban este reto.
Visitaban las fincas en las montañas cerca de El Toronal y Elena recuerda que una vez bajando a galope comenzó a llover, ella veía el borde del camino hacia el precipicio, los caballos patinaban en el barro, sin embargo logro frenar al animal, llegando sanas y salva, mojadas, jadeantes pero nunca asustadas, eran muy intrépidas. 
Teniendo 17 años, junto a su morocha visitarían en una oportunidad a la abuela Bartola en Río Tocuyo, la verían rodeada de gente extraña a quien ella atendía en sus necesidades de sanación recetando hierbas medicinales o sus actividades de espiritismo, allí presenciarían una discusión de Pancho con su madre, nunca supieron el motivo pues su padre les ordeno salirse de la habitación, pero les llamo la atención el hecho, nunca los habían visto pelearse, estaban muy compenetrados, cuál fue el motivo de esta acalorada discusión?. Existen varias teorías, una solicitud que abandonara sus actividades paranormales, deshiciera la atadura hecha con sus conocimientos rosactuz y chamánicos en El Toronal, que se mudara con el o todas estas.
Del año 1937 en adelante serían los noviazgos de las tres hermanas Adelina, Ana y Roselia con Martín, Teodoro y Andrés. Los tres hombres eran amigos y realizaban las visitas juntos, el que llegara primero se sentaba en el confidente de dos puestos con su novia pegadita a su costado, una gran ventaja, los otros dos les tocaban las sillas individuales, no podían ni tocarse las manos pues eran vigilados por Pepita. Si salían con el enamorado, eran acompañadas por dos chaperonas, Pepita con una hermana o cualquier otro familiar, típico de esta época de la rígida educación victoriana. Siempre iban todas en caravana a diferentes fiestas, de carnaval, en la plaza, a los toros, de la familia, a El Toronal, tenían pocas amigas, la parentela era muy grande, suficiente para cubrir las necesidades de socializar. Era la época de las familias tipo clan o mejor dicho tipo tribu.



































miércoles, 26 de abril de 2017

Capitulo 49 Nace un mundo.

Elena nace el 12 de mayo de 1919, lo hace acompañada por su morocha Adelina, dentro de un ambiente rural donde prevalecían aun las costumbres del siglo XIX en un país de apenas tres millones de habitantes, ocurre en El Toronal, en la habitación de la abuela conocido como “el cuarto largo” por su longitud, que daba al de los santos con sus velas encendidas para que ayudaran en tan difícil trance. Para este suceso viene de la ciudad, Adelina Meléndez madre de la parturienta pues se pensaba que iba a nacer el hijo varón por la barriga tan grande que lucía, viaja en el transporte público que ya existía para entonces entre Barquisimeto y Siquisique. Un mes después ocurre la fatídica muerte del venerable José Gregorio Hernández, de 55 años de edad como consecuencia de un accidente automovilístico en la Caracas de tranvías y escasos automóviles que andaban a 30 Km/h.
Es traída al mundo por su abuela Bartola quien era una comadrona muy diestra o “práctica” de la medicina, gracias a lo cual este riesgo parto gemelar se logra sin mayores consecuencias, llega rodeada por sus 3 hermanas mayores quienes representarían un papel fundamental en su vida. Bartola es quien escoge su nombre por dos razones, una pública debido a Santa Elena y la otra oculta en su significado que en griego es la antorcha que brilla, al ser vidente, presiente su destino.
En estas fechas se registraron los mas altos precios del café y la mayor cantidad despachada a pesar de que ya se estaba exportando petróleo, el país era prácticamente un monoexportador agrícola de este rubro, sin embargo su producción tenía las horas contadas por diferentes causas, entre las que estaría la Primera Guerra Mundial, la Gran Depresión, luego se suma la aparición del petróleo y la masiva producción cafetalera del Brasil, inundando los mercados internacionales a mas bajo precio. Debido a las desacertadas políticas agrícolas oficiales ante el valor del bolívar, una moneda muy fuerte, ubicándose su valor para enero de 1934 en 3,06 Bs./US dólar, encareciendo internacionalmente los precios de los productos de exportación, que no pueden competir en igualdad de condiciones, provocando la caída del cultivo de café, que disminuye los ingresos de los productores. Durante la Segunda Guerra Mundial cae gradualmente su producción, aumentando simultáneamente la necesidad vertiginosa de combustible por los países en conflictos, iniciando un auge petrolero que desplazaría al mundo agrícola por el industrializado.
La niñez de Elena transcurre en El Toronal jugando con sus hermanas, las muñecas de trapos confeccionadas por una costurera que laboraba en la hacienda y pequeños utensilios de alfarería elaborados en La Unión. También poseían muñecas de celuloide compradas en Barquisimeto. Los favoritos eran las correrías al aire libre por la hacienda, deslizándose por el cerro de concha de café, del subi y baja artesanal de madera que estaba en el patio frontal, de los juegos del escondite, de cuando se encaramaban en las matas de cambur que se doblaban con su peso, en la de mamón que era tan alto que producía vértigo, del alfeñique que comían en El Trapiche, de las travesuras con su morocha, del sobrenombre de su hermana menor Bolivia, el pájaro amarillo por el pelo amarillo y lo encaramadora en los árboles que era. Recuerda que a mi tía Ana, para molestarla, la llamaban la negra, por ser morena como la abuela Adelina Meléndez, a ella no le gustaba, que era muy curiosa, tanto que una  vez le  pregunto a una visita si también se tiraba gases, este le explica que era un acto que lo realizaba todo el mundo. Cuando se enteraron de la indiscreción de la niña por el comentario del visitante, el abuelo le pidió disculpa al señor y este le contesto: Ud tiene una niña muy avispada, a mi tía Ana le llamaron la atención y castigaron.
Mi mama Elena me hablaba de los remedios caseros como la cataplasma caliente de huevo revueltos con hierbabuena para los vómitos, la colocaban sobre el estomago y ella se comía levantando el vendaje, cuando la descubrían se armaba un revuelo pues se suponía que estaba en ayuno, también recuerda la bosta de vaca hervida en leche, que se colaba para luego ser ingerida para que brotara el sarampión.
Mi mama Elena se acuerda que no les permitían maquillarse hasta no tener 15 años, por lo que se metieron a escondidas en el cuarto de su madre a pintarse la boca con los cosméticos de ella, cuando escucharon sus pasos venir, corrieron a limpiarse la cara con el reverso del vestido para que no las descubriera. Otra cosa prohibida era estar con las hermanas mayores cuando recibían los enamorados, con el fin de que no se enteraran de las cosas de mujer. Pepita se sentaba con ellas en el confidente a vigilarlas, mientras estaba el novio de visita, solo se tocaban las manos cuando ella se descuidaba, sentían curiosidad por lo que sucedía con los enamorados, que no las dejaban ver. Recuerda que sus hermanos varones usaban pantalón corto hasta cumplir los quince años, por lo que despectivamente les decían que era un pantalón corto. Las hembras tenían que usar medias tobilleras.
Viajaban a las haciendas de café en las cercanas montañas de Parupáno, a Barquisimeto donde iban frecuentemente a visitar a los  bisabuelos Teodoro Giménez y Adelina Meléndez en la casa de Santa Rosa. Recuerda cuando vino al matrimonio de la tía Panchita en 1925, dejándola maravillada los  tranvías traccionados a caballo que transitaban por las calles de tierra, también presencian asombradas la caída de granizo que se le disolvían en la mano, nunca experimentado en El Toronal.
Dos años después ocurre la muerte de la bisabuela Adelina, época que ella y la morocha de 8 años de edad están residenciadas definitivamente en Barquisimeto para iniciar estudios en la escuela Leopoldo Torres, situada en la carrera 19 con calle 30 donde trabajaba de directora, la prestigiosa maestra Bolivia Tovar, la cual tenía un defecto en la cadera por lo que caminaba ladeándose, muy amiga de la abuela María Adelina razón de su escogencia, allí cursan primero, segundo y tercer grado, sin saberlo habían comenzado una nueva etapa de sus vidas.
Ellas iban al colegio en autobús que recuerda cuadrados con asientos duros, otras veces se iban a pie, vivían con la tía Angelina, hermana menor que la abuela, en la calle González Pacheco, junto a su hermana Ana Dolores, quien estudiaba externa en el Inmaculada donde Roselia y María de Lourdes estaban interna, pues no cabían todas en casa de  su tía. Sus padres les mandaban desde la hacienda alimentos con el chofer Ramón Navarro, que venía acompañado de un obrero cuando no lo hacia su madre, llegaban con sacos de jojotos, caraotas, racimos de cambures, carne seca, café, etc. Posterior sus padres se mudan aparte a la casa Nº 20 en la misma González Pacheco, cerca de la tía Angelina, hoy calle 35 entre carreras 16 y 17, cerca de la Plaza y la Iglesia de Nuestra Señora de San Juan. La abuela pasaba temporadas allí, cuando se iba a El Toronal quedaban a cargo de Pepita, en quien ella delegaba su autoridad para cuidarlas y disciplinarlas. En 1929 las morochas son cambiadas al colegio Inmaculada, externa al igual que su hermana Ana, la primogénita había culminado sus estudios, acompañaba a su madre en la hacienda.
Las vivencias de estos años  son los de principios de siglo durante la dictadura de Gómez, recorrían la ciudad, viendo surgir el Barquisimeto moderno. Presencia el asfaltado de las calles, como los autobuses y automóviles colman poco a poco las angostas calles. La casa de la calle González Pacheco es frecuentada por los tíos, primos y amigos, entre ellos: Ana Amalia, Etelvina, León, Ramón, etc. En 1930 se inaugura el acueducto, se instala la electricidad, el Mercado Municipal donde hoy esta el Edificio Nacional, el Teatro Municipal pasa a llamarse Teatro Juárez, se construye la sede de la gobernación, la Plaza Lara, se trae el pedestal para la estatua ecuestre del Padre de la Patria ubicado en la plaza Bolívar antigua plaza Miranda, igualmente se inaugura un ala del Hospital “La Caridad” y la cárcel “Las Tres Torres”. Mi mama Elena recuerda la muerte del abuelo Teodoro Giménez de 72 años de edad en 1931, ella tenía 12 años, la vistieron de negro con manga larga, lo cual ella no quería. Su curiosidad la lleva al cementerio cerca de la iglesia de San Juan, que lo estaban  mudando, durante las exhumaciones de los cadáveres, ella con la morocha presencian cuando sacan los cuerpos, algunos de los cuales eran mujeres jóvenes vestidas de blanco.
Una de las actividades favoritas, en la ciudad, era pasar por los estudios fotográficos, al salir de clases pues les quedaba en la vía, en la esquina de la calle 31 con la carrera 19, de moda en Barquisimeto, desarrollando el gusto por la fotografía, no tan formal, diferentes a las realizadas a principios de siglo, adquieren una cámara fotográfica que usaban con frecuencia, gracias al cual se tiene un amplio registro de los acontecimientos cotidianos de sus vidas. Eran buenas fotógrafas al tener la oportunidad de aprender en estos estudios de donde eran clientes asiduas.
Al culminar la primaria en 1932 viajan con su madre a El Toronal donde nacería muerto su onceavo hermano, le decían a su hermana menor, Yolanda que por era su culpa pues por estar saltando había caído sobre el vientre de su madre. En 1933 van a Barquisimeto donde asisten al matrimonio de su hermana mayor María de Lourdes, quien se muda a Caracas con su marido, recuerda que la despedida fue muy triste para ellas y sus padres. Transcurren 2 años con otros abortos de su madre que cada vez esta peor de salud, los embarazo agravaban su hipertensión lo que las obliga a mudarse a Barquisimeto definitivamente dejando atrás el mundo de El Toronal. Las morochas, como todo joven, se mantienen al margen del delicado estado de salud de su madre, continúan su alegre vida social con primos y amigos.  
En noviembre de 1935 después de una larga agonía, el médico de cabecera que venía a realizarle sangrías en los brazos y el drenaje de liquido de las edematizadas piernas mediante pinchazos, no logra mejorarla, finalmente su madre muere y las navidades de ese año, las morochas con su hermana Roselia pasan el duelo en El Toronal con su padre, devastado ante esta pérdida. Ana Dolores se queda en Barquisimeto trabajando en el negocio La Estrella Roja perteneciente al libanés Mansur Yebaile, salía a pasear y visitar a sus amigas en el carro de sus padres llevada por el chofer.

Las morochas regresan a la ciudad en enero de 1936, están por cumplir 17 años, darían inicio a una nueva etapa de sus vidas, sin la presencia de su madre, con su hermana mayor María de Lourdes, quien retorna de Caracas donde estaba residenciada con su esposo, para hacerse cargo de la familia, rol para el que fuera preparada durante su vida.





miércoles, 22 de marzo de 2017

Capitulo 48: De la prosperidad a la quiebra.

A principios del siglo XIX, el actual municipio Urdaneta formaba parte del cantón Carora, los pobladores mayoritariamente tenían formación militar, temidos por su carácter aguerrido, tan así que no acataban órdenes del gobierno local de Barquisimeto, sus alzamientos eran seguidos por todo el país, determinando la política nacional.
Este municipio que nace como un conjunto de pueblos doctrineros dependientes de Carora, fue un sitio central en la historia de Venezuela, llegando a mediados del siglo XIX a ser más importante que la misma Carora, tal era la relevancia de esta región que los caudillos que deseaban apoderarse del poder político del país se dirigían en primer lugar a tomar Siquisique, su control representaba un triunfo seguro pues era el centro económico y político-militar del país. Así vemos como aquí se protagonizan la guerra federal comandada por Juan Crisóstomo Falcón, la de Guzmán Blanco, la de Joaquín Crespo, la de Cipriano Castro, etc. Hechos poco o nada resaltados en la historia de Venezuela.
En 1856 deja de pertenecer al cantón Carora, pasando a ser un cantón separado, incluso sería una dependencia federal, gobernada directamente a través de una autoridad civil y militar, según decreto dado en Coro el 22 de febrero de 1875, siendo presidente el General Antonio Guzmán Blanco, cuenta la historia que llegaron a tener más de 30 generales en su haber.
El municipio Urdaneta era un territorio con grandes avances, ya en el año de 1844, en el sitio llamado “Santa Lucia”, a dos kilómetros de Siquisique se había establecido la primera hacienda regadiza de caña. Al año siguiente se construyó la famosa trilla para el café en Aguada Grande y en 1846 el primer trapiche en Siquisique, lo cual permitía producir productos procesados como el café trillado y el papelón, de gran demanda en los mercados nacionales e internacionales, aportando aun más riquezas a la región.
Las comunicaciones terrestres eran por las rutas de los arrieros conocidas como Camino Real, que transitaba de Coro a Siquisique, para llegar a Río Tocuyo y Carora, que se comunicaban con Quibor, El Tocuyo y Barquisimeto, poblados con grandes movimientos migratorios y comerciales entre ellos. Existen escritos de la época que lo demuestran “Las mulas cargadas de sal tenían que pagar 8 reales al salir de Coro y 8 más, cada una, al pasar por Carora, vía El Tocuyo”.
Estos viajes se realizaban en bestia, a pesar de que el siglo XIX fue el siglo del ferrocarril y el telégrafo, esto solamente se implemento en unas pocas ciudades, quedando el campo a merced del tránsito a lomo de bestias, a pie o en carretas, realizados a no más de 16 Km. / hora, por lo que estos desplazamientos duraban varios días, semanas e incluso meses, enfrentando grandes dificultades y el riesgo de muerte por diferentes causas como enfermedades o accidentes.
Las bestias eran mulas, burros y caballos en menor cuantía, todos traídos de España, su cría era esencial en la época anterior al automóvil, único medio de transporte tanto para las personas como las cargas, todo hacendado tenía rebaños de estos animales.
El camino real, ruta de la sal, del chivo o del cocuy, como también se conocía por ser las principales mercancías transportadas por este camino, al igual que el contrabando traído de Curazao, negocio muy prospero; partía de Coro, adentrándose por la sierra de San Luís por un camino sinuoso entre montañas descollantes en belleza por su verdor y frescura, con puentes de doble arco de ladrillos que posibilitaban el paso por los cauces de los ríos, construidos desde la Colonia. A lo largo de esta senda existían innumerables caseríos y posadas, que mantenían sus economías con los viajeros, pudiéndose obtener un techo para dormir en chinchorros, comida y agua limpia para asearse, facilitando estos desplazamientos que duraban unos 7 días, saliendo al pie de la montaña de Guacamúco, por la parte norte de Siquisique, comunicando con varios caseríos, entre ellos: Los Planes, Guacamúco, La Cumbre, La Torta, Topeyes, Tinajitas.
Al llegar, los viajeros se encontraba con una casa colonial de bahareque de forma alargada, techada con corteza de dividivi y tejas, con corrales grandes cercados con varas de maguey y cubiertos con paja conocidos como enramadas que le daban un gran frescor, ideal para el acomodo de animales, tenía mucho movimiento por la gran afluencia de personas que transitaban por este camino, generando un constante bullicio de un ir y venir, convirtiéndolo en el segundo parador en importancia por las comodidades prestadas, después del puerto fluvial de “La Aduana” por el sur.
Aquí se conglomeraban los comerciantes con sus arreos de burros o mulas, que bajaban de la montaña cargados con sus mercancías tales como: maíz, caraotas, café, verduras, hortalizas, pieles de chivo, etc. El dueño de la posada hacía gala de su cordialidad y como todo buen anfitrión, siempre compartía con gran algarabía sus palitos de cocuy con los viajeros
Mientras los ayudantes descargaban y les daban pasto a los animales para luego llevarlos al río a que tomaran agua, los dueños de arreos se dirigían al pueblo negociando, ya fuere vendiendo, comprando o realizando diligencias como registros de nacimientos, trayendo algún enfermo par ser recetado, disfrutar de alguna actividad social como las fiestas patronales o religiosas, compromisos con las extensas parentelas o simplemente un paseo por el pueblo o la iglesia parroquial.
Siquisique, considerado una especie de puerto fluvial gracias al majestuoso caudal del río Tocuyo, incluso en el año de 1843 existió un proyecto con presupuesto aprobado para hacerlo navegable hasta las costas de Falcón, el cual no se llego a concretar. En el 2003 una creciente desenterró un barco de vapor, en el sitio conocido como “playa el vapor” confirmando la leyenda del naufragio y de que era surcado por estos buques. Este era un poblado sumamente fresco pues lo cobijaban grandes árboles de cujíes, cedros, caoba, veras, maporas, tamarindos y mamones. Por sus calles siempre había un gran movimiento comercial, estaban salpicadas de pulperías bastante surtidas de: Maíz en concha para hacer la harina “tostá” y las arepas “pelás”, sal en granos de Coro, caraotas, quinchoncho, café, papelón, huevos, templones. Se encontraban otros paraderos más pequeños de diferentes precios, donde además de abastecerse se podía dormir y alimentarse con un plato de comida caliente.
Atravesando el pueblo estaba la calle Comercio por donde se llegaba al río para continuar viaje a Carora. Había que vadearlo, se hacía en el sitio conocido como “el paso de las canoas”, que pertenecían a unos habitantes que tenían un negocio de transporte en lanchones o canoas, para pasajeros, enseres e incluso animales, ellos eran muy diestros maniobrando estas embarcaciones a punta de remo en las turbulentas aguas, evitando las pérdidas de bienes. En este paso existía una casa de tejas, conocida como “El Sorrento”, especie de aduana, con grandes cuartos que se utilizaban para el almacenamiento de mercancías y largos corredores enladrillados donde los viajeros esperaban el turno de embarque, si este se prolongaba por las grandes crecidas del río Tocuyo, podía pernotarse en ellos colgando las hamacas o chinchorros, sirviendo de posada. Al cruzar este paso, se encontraban las vegas de Santa Cruz y Peña Amarilla con pastizales que crecían de forma natural, situadas del otro lado de la confluencia de los ríos Tocuyo y Baragua, perdiéndose de vista el verdor del paisaje, allí los arrieros alimentaban a las bestias.
Al continuar la marcha para llegar a Río Tocuyo se tomaba un camino poblado con grandes casas solariegas, algunas daban hospedaje para descansar y comer, imprimiéndole un gran dinamismo a esta ruta, muy concurrida y prospera debido al intenso tránsito de estos numerosos arreos de bestias, carretas, carruajes y hombres a caballo, quienes mantenían estas economías.  
En Siquisique existían escuelas no solo para varones sino también para mujeres, decretadas por el Ilustre Americano, como era conocido Guzmán Blanco debido a su educación y cultura obtenida en Francia, dándole un gran impulso social y educativo al municipio Urdaneta, por la Ruta de la Sal se traen fonógrafos, pianos, billares, bicicletas, periódicos, etc. En el año 1886 llega la imprenta a Siquisique, ese mismo año circula el primer periódico llamado el “Eco de Urdaneta. En 1890 se inaugura el alumbrado público de la localidad que funcionaba con una planta, entre las 6 pm hasta las 11 pm. El 22 de enero de 1901 es inaugurado el telégrafo.
En 1902 Siquisique sufrió el ataque de la guerrilla al mando de los hermanos Generales Ceferino y Manuel Castillo que venían de Baragua, en este hecho pierde la vida el General Antonio Álvarez que era el Jefe de Guarnición y de Gobierno, cuyo cuartel estaba en la casa denominada la "Patriótica". El 17 de junio de 1903 fue firmado el tratado de paz entre los Generales Lázaro González, Jefe del Gobierno y el General alzado Miguel Gutiérrez, gracias a este tratado vendría la paz y el progreso que necesitaban los habitantes para el crecimiento de sus economías que a partir de este momento se intensifica, ya para las fiestas patronales de Siquisique realizadas en marzo de 1908 es estrenado el primer vehiculo de cuatro puertas como signo de prosperidad local. Un factor que benefició la economía y sus exportaciones fue el auge ferrocarrilero, a través del Ferrocarril Bolívar, en 1916 salieron desde Barquisimeto al puerto de Tucacas, 3.027 kilos de cacao, 201.265 de azúcar, 93.758 de aguardiente, 933.239 de maíz, 4.312.159 de café y 2.776.554 de papelón, todos de producción local.
En el valle de Moroturo del municipio Urdaneta, además del cacao, caucho y el grano del dividive conocido como el grano de oro, también se extraía madera, allí abundaban gigantescos árboles de cedro y caoba, se cuenta que era necesario rodearlos más de 6 hombres para poder cortarlos y luego transportados en lanchones por el Río Tocuyo hasta pasar el “Salto” que era una cascada, continuando en barcos rumbo a España, la madera era tan valiosa como el oro, pues era usada para construir los barcos.
Entre la vegetación de Urdaneta se destacan las propias de regiones xerófilas como el cují, el yabo, la vera , el curarí, la úbeda, el dividive, el buche, el cardón de lefaria, la guazábara, la tuna española, el orégano, el cocuy, el semerúco, la zábila, el sisal, etc. La fauna incluye venados, puercos de monte, conejos, lapas, zorros y chivos. Los reptiles: lagartijas, cascabeles, mapanares y entre las aves se encuentran: loros, palomas, gavilanes, guacharacas, el cucarachero, la chuchuba, el turpial, el cardenal y el cardenalito, una especie de ave prácticamente en extinción, etc. Por otro lado están las montañas de Parupáno con su vegetación exuberante, que incluía caoba y cedro,  contrastando con su clima frió que permitía el cultivo del mejor café suave del mundo, introducido de Europa desde el Siglo XVII.
Es en este municipio donde se residencian a finales del siglo XIX el bisabuelo Teodoro Giménez y posteriormente el abuelo Pancho Castro, trabajaron en el cultivo de la caña de azúcar y del café logrando una gran bonanza con este rubro, era una economía diversificada y sin intervencionismo del estado.
Era la época de oro para el interior del país, predominando sobre la ciudad, tanto en lo económico, lo político como poblacional, con una relación de 65% a 35%, gracias al libre comercio que imperaba en estos prósperos tiempos. El agricultor o ganadero vendía sus productos directamente a los compradores internacionales, recibiendo su valor en morocotas o pachanos, monedas de oro. A finales del siglo XIX la caída del valor del oro acarreó la creación de un patrón internacional, pudiéndose intercambiar todas las monedas con un valor fijado por la paridad con este metal precioso, habían de 10, 20 y de 100 bolívares llamadas pachanos, creados a partir de 1879 cuando se prohíbe la circulación del peso extranjero, las morocotas eran las monedas de 20 dólares americano que circuló gran parte de este siglo. También existían las de ½ y un real de plata de menor valor, así como las de cobre equivalente a un ¼ y un 1/8 de real.
La riqueza quedaba en el campo donde se invertía nuevamente en construcciones de obras, haciendas, viviendas, importación de adelantos tecnológicos y artículos de lujo, bienes o en las compras a los pequeños productores, bodegas, paradores, creando un circulo de estimulo al comerciante de cualquier ramo.
Este auge duraría unos 50 años antes de entrar en una paulatina decadencia a partir de 1935 durando hasta nuestros días.
Actualmente Urdaneta, uno de los 9 municipios que conforman el Estado Lara, hoy de gran pobreza debido al quiebre de sus cultivos, el ultimo fue el de sisal, está dividido territorialmente en cuatro parroquias: la de Siquisique capital Siquisique, la de San Miguel capital Aguada Grande, donde está ubicado El Toronal, la de Moroturo capital Santa Inés y la parroquia Xaguas capital Baragua.




lunes, 13 de febrero de 2017

Capitulo 47 Pepita y sus duendes

Una mujer observa aquella chiquilla de cabellera con visos amarillos bañados por el sol, repentinamente es descubierta, le lanza un jubiloso saludo: madrina, madrina! La ve acercarse, por un momento se diluye el tiempo, está a punto de decirle Julianita, cuando se da cuenta de que el parecido con su hija era innegable, en ese instante decide intervenir en su destino.     
Se llamaba Petra, el femenino de Pedro, extraño para ser el nombre de una niña de un pequeño caserío como La Unión, evidentemente fue escogido por la devoción a San Pedro, ella nacería con el nuevo siglo, nunca se pudo precisar la fecha exacta.
La madre, una de las mujeres del grupo a quienes ayudo Bartola a emigrar de Río Tocuyo en busca de nuevos horizontes, tenía dos hijos cuando queda embarazada de Goyo Castro, el cual colaboraba con su madre dándole apoyo logístico a estas personas, conformados por parientes pobres, indígenas o simples campesinos desplazados, uno de estos emigrantes sería Teófila Matute, conociendo al futuro padre de su hija, el cual le ofrecería sustento ante sus carencias y desamparo, la consecuencia sería esta hija, Petra Matute o simplemente Pepita.
Es traída a vivir a El Toronal, Goyo no podía criarla por estar casado y la esposa no la aceptaba. En esta época era costumbre que los hijos habidos fuera del matrimonio, como única manera de tener acceso a la posición social que les pertenecía por derecho de nacimiento, era ser separados de sus madres para ser criados dentro de la familia de su padre, ocultando su origen, en algunos casos hasta el apellido materno, así había ocurrido con Bartola, años atrás una Nieto había intercedido por ella, la vida tenia extraño recovecos, idéntica razón, el inmenso parecido de ambas a sus abuelas.
Cuando María Adelina se entero de que era sobrina de Pancho Castro, acepto llevársela con ella, ya conocía su afable personalidad, dándole una posición respetable dentro del hogar, acorde a su sangre pero en secreto, otro más de la familia. Se convierte en la mano derecha de la abuela, estaban muy unidas, tenía autoridad para disciplinar a sus hijos, le era fiel de manera incondicional.
Era cuentista de las leyendas de la zona, cada historia guardaba un significado educativo, principios y valores inculcados a través del folclor Venezolano, que sabiamente utilizaba a la perfección. Crecí escuchando los cuentos de espantos, de duendes, de Tío Tigre y Tío Conejo a su alrededor, narrados en la hacienda durante las vacaciones, allí no existían ni televisión, ni radio, ni teléfono.
Estos cuentos fueron herramientas poderosas en nuestra educación, por ejemplo: La Sayona, el espanto que se le aparecía a los hombres infieles, siempre era Pancho el protagonista. Años después me enteraría de los líos del abuelo, entendiendo el por qué ocupaba el lugar de este personaje. La historia comenzaba con un anochecer de luna llena, el abuelo montado a caballo rumbo a Aguada Grande, donde tenía una mujer con varios hijos, lo que no se aclaraba en la narrativa, repentinamente en la penumbra veía la silueta de una mujer de espalda que caminaba por la orilla de la carretera con igual rumbo, al acercarse para piropearla, creyendo que se trataba de una soltera del pueblo, ella volteaba a mirarlo permitiendo ver su horripilante rostro, era de terror, según se decía los espantaba hasta matarlos del susto, Pancho se salvaba, al correr de regreso a su casa, puerto seguro vedado a La Sayona,  jurando no volver a faltarle a su mujer.   
Para enseñarnos el amor y respeto a la madre usaba el del espanto de la Llorona, Pepita comenzaba a hablar con una voz gruesa, que producía escalofríos pues el entorno era propicio al estar inmerso en la espesa oscuridad de la noche, en la hacienda eran más profundo que en la ciudad, una breve pausa para el dramatismo: una mala hija, había matado a su propia madre, al momento de morir esta la maldice, condenándola a recorrer por siempre los caminos, llorando con el rostro oculto. La versión masculina de esta historia era la del Silbón, quien había asesinado a sus padres quedando condenado a cargar un saco con los huesos de ellos, sonándolos mientras silbaba. Un argumento infalible era cuando a uno de nosotros se nos ocurría ser malcriado, Pepita lo miraba a uno y decía “te va a salir La Llorona o el Silbón”, eso bastaba para corregirnos.
Existían otra leyenda de la Llorona, la segunda era la mala madre que había asesinado a su bebe recién nacida, es maldecida por los vecinos, convirtiéndose en un espanto que lloraba llamando a su hija, se decía que robaba niños que andaban solos, separados de sus familiares, cuando Pepita nos cuidaba siempre nos advertía “no salgan solos afuera pues se los puede robar La Llorona” método efectivo para permanecer bajo el perímetro de su mirada.
Había uno, que arrancaba lágrimas a cántaro, era el cuento del Amor de Madre, ejemplo de la devoción incondicional de una madre, dispuesta hasta dejarse matar por su hijo y aun así perdonarlo. Esta era la historia: una mujer algo madura logra milagrosamente tener un hijo, cuando este se hace adulto, se enamora surgiendo el conflicto con la suegra, la muchacha le solicita al joven, como prueba de amor, que le arranque el corazón a su mama y se lo traiga, si quiere volver a verla. Al principio el muchacho duda pero finalmente ante la separación de la novia, la complace, mientras corría con el corazón guardado en una caja, se tropieza cayendo al suelo estrepitosamente, sorpresivamente de la caja surge la voz de su madre que le pregunta: ¿te hiciste daño, hijo? Esta historia nos dejaba bien asentado que amor de madre, hay uno solo.
Los más fascinantes eran de los duendes, existían gran variedad de ellos, tanto de sexo como de tareas a cumplir, buenos y malos, gigantes y pequeños. Unos secuestraban a las personas, como le sucedió al hermano mayor de Pepita, según contaba ella, un día se perdió, nunca se supo de él, se lo había llevado una duenda.
Otros duendes cuidaban el ambiente, entre estos estaban los custodios de las nacientes de las aguas y de los calvarios, sitios marcados por una cruz. Cuando un familiar fallecía, al terminar el novenario, se acostumbraba salir en romería por el camino rezando cinco misterios alternados con un canto fúnebre, en el lugar que se finalizaba, allí se plantaba una cruz con el nombre del difunto, esto eran los calvarios, donde todos los meses se le colocan flores al difunto, si alguna persona intentaba profanar sus alrededores, era espantado por el duende guardián.  
Uno de las más interesantes y populares es El Ceretón, un duende que se apoderaba de las jóvenes solteras, haciéndose invisible lograba entrar a las casas, robándose a la mujer deseada. Cuando una muchacha se desaparecía de su casa, empezaban los rumores de haber sido el Ceretón el culpable. Una vez pasando vacaciones en El Toronal, una de las jóvenes visitantes salió a montar caballo, como no regresaba, inmediatamente comenzó la historia de que se la había llevado un Ceretón, al final del día apareció, quedando su honra a salvo pues era obra de un duende, con esta explicación se satisfizo la familia.    
Pepita también contaba las historias de Bartola, entre las cuales estaba la de las morocotas enterradas, sus trances, el poder de alejar malos espíritus. Las de la emboscada al bisabuelo Teodoro, donde intentaron matarlo lo que motivo la salida de El Toronal, épocas convulsionadas. 
Además de vivir en El Toronal, se mudaría a la casa de los abuelos en Barquisimeto, encargándose de la familia. Después de la muerte de la abuela, junto a Mamayu, pasa a ser una madre sustituta, terminó de criar a Enrique a quien quería como a un hijo. Fue la chaperona de los amores de las solteras, siempre las acompañaba durante los paseos y las visitas de los enamorados. Ella llevaba los mensajes ocultos de mi tía Roselia a su novio Andrés Sánchez, buscado por contrabando quien se escondía en la casa de la tía Pancha, ubicada en la calle 31 donde vivía la familia Ramírez Giménez, después que se vinieron de Santa Rosa debido al largo trayecto que recorrían las niñas para ir a la escuela de Barquisimeto. Cuando la casa de la carrera 19 se disolvió, después de los matrimonios de Ana y Roselia, Pepita se mudaría a vivir con la morocha Adelina ayudándola a criar a los niños. Varios años después se iría a Caracas donde se encarga de mi cuidado mientras mi mama Helena trabajaba. Finalmente regresa a casa de mi tía Ana en la calle 37 donde transcurre el resto de su vida.
Pepita como la llamábamos todos cariñosamente, nunca se casó ni tuvo hijos, un día me confesó que en su vida existió una gran pasión, un amor imposible que no pudo realizar.
Ella era delgada, muy activa, siempre risueña, alegre, la recuerdo realizando alguna tarea, su pasión era la repostería, se movía febrilmente elaborando las tortas de piña volteada, los pastelitos de carne, las crujientes torrejas azucaradas, los tequeños de queso, los canapés multicolores, los suspiros rematados con crestas largas para los cumpleaños de los niños de la familia. Me pegaba a su falda, para en un descuido, meter un dedo en la dulce masa para probarla, me gustaba mucho, ella me decía que me iba a doler la barriga porque estaba cruda. Otras veces la contemplaba en las calurosas tardes de Barquisimeto, cosiendo, tarea más tranquila que la repostería, lo hacía en una maquina Singer negra la cual tenía un pedal inferior que al presionarlo con un movimiento rítmico de sus pies, emitía un chirrido al girar el motor que movía la aguja que recorría la tela cosiéndola hasta lograr el producto final.
El único mal que ella padecía era la migraña, cuando esto sucedía se encerraba en su cuarto con las persianas cerradas, en la oscuridad pues la luz le molestaba, se quedaba quieta, callada, era  extraño verla así, mis tías ordenaban que nadie hiciera ruido para no molestarla, todos caminábamos de puntilla. Ella muere en 1990, en el ancianato de Santa Rosa.




sábado, 7 de enero de 2017

CAPITULO 46 La abeja reina

Los diferentes aromas se entremezclaban en la hacienda, el dulce del melado de papelón en el Trapiche, el aromático del café en la Trilla, de leña del fogón en la casa, de la bosta de la vaquera, del corte de los pastizales y la caña, sumergidos en este mundo de olores y colores, la vida transcurría de manera diferente, para las niñas entre las clases, el rezo del rosario en el cuarto de los santos, jugar por la hacienda, el favorito era ir a la Trilla a lanzarse cerro abajo sobre el colchón de cascaras del café usado como un tobogán, buscar melcochas en el trapiche conteniendo el miedo a las nubes de abejas que lo rodeaban, corretear en busca de cambures en el sembradío, localizar conejos recién nacidos en las cuevas, bajar nidos de pajaritos de los arboles, montar a caballo, recibir las visitas de amigos y familiares, las salidas el domingo para la misa en Aguada Grande o cualquier otro evento social en el Club.
El abuelo Pancho se ocupaba en las labores de supervisión en el campo, una gran tarea por lo diversificado de la finca y la gran cantidad de obreros, sus frecuentes viajes de negocios a Barquisimeto, a la finca de café en las serranías de Parupáno para resolver cualquier problema.
Pero en la casa de El Toronal, una especie de colmena que albergaba la abeja reina, alrededor de quien revoloteaban todos prestos a cumplir sus órdenes, se daba otra actividad, vital para la familia, eran los partos de María Adelina, un suceso feliz pero temeroso, el riesgo era conocido. La madre del abuelo siempre venía de Parapara para atenderla, era su comadrona de confianza, un ritual exclusivo de las mujeres quienes en medio de un tumultuoso corre y corre, órdenes cruzadas, murmullos intercambiados entre ellas al chocar en el corredor, preparaban lo necesario para el nacimiento, estos ocurrían con una frecuencia de aproximadamente 2 años, a veces menos a veces más.
La habitación de la abuela era conocido como “el cuarto largo” por su longitud, daba por una puerta interna al recinto de los santos que se mantenía con sus velas encendidas para que ayudaran a la parturienta en tan difícil trance. Lo primero era disponer de suficientes sabanas limpias para la cama, sobre ella se colgaba un mecate enlazado a una viga del techo para que la madre se afincara para pujar. Si era de noche ocurría entre las danzantes luces de las velas y las lámparas de querosén que impregnaba el ambiente de algo mágico. Se disponía de abundante agua hervida, telas y utensilios para el parto, alumbramiento y atar el cordón umbilical del recién nacido, esterilizados en una gran olla que se colocaba sobre topias o piedras en medio de las cuales se ubicaba la leña encendida, colocado sobre un mesón de cemento que estaba en la cocina, cuyo techo de maguey ennegrecido por el humo arrojado por los fogones del quehacer diario le daban al recinto un olor ahumado característico. Este proceso garantizaba evitar una infección, el resto dependía de la destreza de Bartola quien era famosa por ello, al escucharse un fuerte llanto que inundaba la casa, indicaba que todo había salido bien y se procedía al festejo.
A la recién parida se le daba sancocho de gallina durante una semana y a las visitas se les obsequiaba una bebida llamada embolado, una preparación a base de cocuy y frutas, la cual se enterraba en un recipiente de cerámica con la boca sellada, desde que se conocía del embarazo y duraba toda la preñez, tiempo suficiente para que adquiriera su agradable sabor dulzón.
Uno de los más difíciles había sido el parto gemelar, cuarto de María Adelina con 24 años de edad, acaecido en 1919 dentro de un entorno agrícola y rural en una Venezuela de apenas tres millones de habitantes. Para este suceso viene de la ciudad, Adelina Meléndez madre de la parturienta ya que se pensaba que iba a nacer el hijo varón por la barriga tan grande que tenía, viaja en el transporte público que existía para entonces entre Barquisimeto y Siquisique. Mi abuelo Pancho había organizado una fiesta e invitado a los vecinos y peones para festejar el supuesto nacimiento del hijo varón, privilegio otorgado solamente a este sexo y no a la mujer que no era motivo de celebración en esa época. En plena celebración nace una hembra, pero Bartola se da cuenta que viene otro y se lo informa a su consuegra Adelina, que está con ella ayudando en el parto, es la encargada de salir a darle la noticia del nacimiento de la niña a Pancho, le explica que son dos niños, el segundo puede ser el varón, le dice. Cuando ocurre el segundo nacimiento, otra hembra, es Bartola la que sale a darle la noticia a su hijo, hasta allí llego la fiesta, Pancho manda a irse a los invitados, arroja los toneles de bebidas cerro abajo, negándose a conocer a las morochas.
A finales del año de 1926 María Adelina estaba nuevamente embarazada, en doce años de matrimonio tenía siete niñas en seis partos, su suegra adelantaría el viaje ante el presagio de que esta vez sería el varón que su hijo deseaba, aunque el ya no lo decía, había aprendido a ser discreto desde el suceso de los huevos de la pata.
Acontece que Bartola estaba ansiosa, enfrentaba una inminente decisión que rondaba su mente y su corazón, impulsándola a violar el secretismo del oro que poseía, por eso trae consigo la talega con las morocotas para su hijo, entrega que nunca era personal. Estas eran enviadas con gente de su entera confianza, un indio de la tribu Castro, quien la dejaba escondido entre las ramas de un árbol situado en la entrada, acordado para tal fin, al verlo Pancho sabía del depósito, confirmado por un intercambio de señas secreta, esperaba que el emisario se fuera para bajar tiempo después a recogerlo sin que nadie lo viera, así resguardaba su oculto origen. De ahí la extrañeza de su hijo, pues no estaba al tanto de las cavilaciones de su madre, quien había comenzado a despedirse.
Sucedía que las niñas estaban ya grandecitas, la mayor María de Lourdes contaba con 12 años, acababa de culminar sus estudios que para la mujer abarcaba hasta 6to grado, regresando a vivir a El Toronal, ella era sumamente observadora, inteligente, nunca se sabía en qué pensaba, sus penetrantes ojos oscuros le hacía temer a Bartola que pudiera poseer el don de la clarividencia permitiéndole este desentrañar el misterio que rodeaba a su padre y sus orígenes, sospecha que con cada pregunta que le hacia la niña se afianzaba mas, no podía eludir su mirada inquisidora, a veces volteaba instintivamente pues sentía que ella la estaba observando curiosamente.
Las otras niñas se preocupaban menos por el tema de los antepasados y únicamente les interesaba lo relacionado a la vida social, la moda en vestidos, fiestas y bailes. La otra diferente, era Elena quien sentía una intensa curiosidad por sus libros de recetarios médico.
El mundo de los espíritus había comenzado a dominar su realidad, a veces caía en trance sin ningún control de su voluntad, cada día se hacían más demandantes, a pesar de que siempre cumplía con las ofrendas y de prenderles velas a las ánimas en pena, incluso aun estando en El Toronal, actitud que molestaba el espíritu fuertemente católico de su nieta mayor, la solución era inevitable.
Al ocurrir el nacimiento de Francisco Segundo, el hijo varón, inesperado para Pancho, quien corrió a preparar una celebración de forma intempestiva, originando en la hacienda un revuelo de preparativos: maten un torete, preparen el guarapo de caña, saquen las mesas para el patio, llamen a la gente, ordenaba el abuelo eufórico. Fue una gran algarabía que mi mama Elena recuerda vívidamente. Se encendieron brasas en el patio frontal con la carne asándose, luego la cortaban en pedazos repartiéndola comiéndola con las manos, también una mesa que sacaron para acomodar los vasos para la bebida. 
Mi mama Elena sentía curiosidad por el significado de ser varón, junto a su morocha decide investigar el misterio, se introducen a escondidas al cuarto para revisar al niño, sorprendiéndose al ver sus genitales diferentes, se lo levantan estirándolo para verlo mejor, en ese momento entró Clisanta, la niñera, descubriéndolas, quien le avisa a la abuela lo que estaban haciendo las morochas, ellas se fueron a esconder debajo de la cama para salvarse de que les pegaran.
Cuando todo volvió a la calma, Bartola ve que su hijo está completo en sus deseos, salvada su vida, acomodado económicamente, a lo cual ella había contribuido a lo largo de todos estos años, se  percata que su tutela ya no es necesaria, debe desaparecer de su vida para no colocar en peligro este logro, las preguntas de sus nietas, principalmente la mayor estaban colocando en riesgo.
Luego nacería Enrique Pastor en 1928, el último que atendió Bartola, un parto muy difícil que casi ocasiona la muerte de la madre, ella le colocó el nombre de un hijo de su querido pariente o quizás hermano Gregorio Nieto. Elena no guarda recuerdos de este nacimiento pues estaba estudiando en Barquisimeto, ya contaba con 9 años, junto a su morocha Adelina y su hermana Bolivia apenas dos años menor asistían a la escuela Leopoldo Torres.
Para esta época la vida era mayoritariamente en la ciudad y el tiempo en el mundo de El Toronal era solo en las vacaciones, el mundo tricolor de Bartola había desaparecido definitivamente. Cuando nació su hermana menor, Yolanda Rafaela, en la maternidad de Barquisimeto en 1930 se completaría el mundo de las hermanas, Elena era una adolescente de 11 años ávida por conocer su entorno y vivir su destino, iniciando así el mundo de Helena.          


  

domingo, 25 de diciembre de 2016

La concordia

Posterior a la muerte del dictador Juan Vicente Gómez, en diciembre de 1935, es sustituido en el poder por el General Eleazar López Contreras, quien se propone como una de sus metas la reconciliación del país, ordenando la demolición de la temida y odiada cárcel de La Rotunda, liberando todos los presos políticos, la construcción de un monumento conmemorativo, encargando la obra al arquitecto Carlos Raúl Villanueva,  en el mismo lugar donde habían sucedido los horrores de la dictadura, siguiendo el estilo usado en el Museo de Los Caobos.  
Así en la esquina de Glorieta a Hospital se erigió este hermoso templete monóptero como un símbolo de paz y reunificación del país, rodeado por una plaza que sería llamada de La Concordia en homenaje a los "luchadores de la libertad en América" inaugurada en 1940, caracterizado por sus columnas acanaladas semejante a las griegas, rematado por un techo cónico con tejas de barro cocido denotando una influencia colonial española, una mezcla de estilos bellamente logrado. 
Mi madre Helena Castro, quien se había independizado de su familia, residenciándose en Caracas entre 1942 y 1947 con el fin de estudiar, se tomaría varias fotografías en esta plaza, en ellas se pueden apreciar además del templete, el Santuario Nacional Expiatorio, el Hospital de La Caridad, las escalinatas, jardines y bancos del lugar.
Este bello monumento fue demolido en 1961 en el gobierno de Rómulo Betancourt, despojándonos no solo de la memoria histórica, de una invaluable obra artística, sino también del mensaje implícito de reconciliación, único camino que conduce hacia la paz, un recordatorio tan vigente hoy, tal cual lo fuera en el pasado.