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jueves, 13 de septiembre de 2018

Capítulo 61 Adolescencia tardía.


Suena el timbre anunciando el recreo, una algarabía ensordecedora inunda el ambiente, la muchachada sale del salón a disfrutar un rato de esparcimiento, corren escaleras abajo hacia el patio situado en la planta baja, los recibe un gigantesco escudo pintado con sus clásicos colores sobre la superficie, símbolo tradicional de identidad del colegio, cubierto momentáneamente por aquel enjambre. Durante las vacaciones, antes de entrar a bachillerato había cumplido quince años, fue una fiesta restringida a la familia, estábamos reuniendo dinero para comprar un nuevo carro tan necesario para mis movilizaciones a Caracas a los controles médicos. Mi mama Helena me regalo mi primer reloj con pulsera de oro, época que los ahorro eran en este metal pues el dólar no era atractivo por su estabilidad, a veces incluso bajaba, así que la costumbre era tener prendas o morocotas de oro.   
Era una adolescente que por primera vez alternaba con el sexo opuesto fuera de los miembros de la familia, un mundo vedado por las monjas del colegio donde había culminado la primaria, cualquier contacto con ellos, un simple saludo, darse la mano o mirarse era un pecado, en cambio allí era algo cotidiano. Para evitar accidentes, durante el recreo me quedaba arriba, el bachillerato se impartía en el segundo piso, permanecía recostada en la baranda del largo corredor, bajaba una vez al día, al irme. Desde mi furtiva atalaya, observaba la escena que transcurría bajo mis pies, predominando la figura de los varoniles jóvenes que despertaba sensaciones extrañas en mí, era una experiencia desconocida.
Había iniciado estudios en el colegio La Salle, los cuales ese año abrieron los cursos de primero, segundo y tercero para la mujer, completando así el bachillerato mixto, una experiencia iniciada el año anterior, novedosa para la institución. El uniforme al principio era un jumper, luego fue cambiado a pantalón y camisa pues los muchachos se paraban debajo de la escalera a ver picones de las muchachas, un día el director del plantel se dio cuenta de que la razón del aglomeramiento en la escalera no era una cuestión de caballerosidad para darnos el paso a la damas, eran razones hormonales.
Conformábamos un grupo de jóvenes que nos atraía lo prohibido, hoy nuestros parámetros resultarían risibles, una de esas era fumar a escondidas en el baño, los varones tenían la desventaja de su sexo que permitía a los hermanos lasallistas entrar al suyo y capturarlos para llevarlos a la seccional a firmar el aterrador "libro de vida”, si acumulabas tres eras expulsado. Las mujeres gozábamos la cualidad novedosa del recato femenino, que convertía a nuestro baño en zona vedada a los curas, fuera de su control y fumar era nuestro reto ejercido impunemente bajo sus narices, pero un día nos enviaron a las limpiadoras, unas féminas traidoras a su género, para atraparnos in fraganti en nuestro reducto emancipado y ser llevadas a la dirección. Recuerdo que mi amiga Estela Crespo y yo permanecíamos asustadas, esperando en la antesala ser atendidas, mientras imaginábamos el castigo que nos darían. Estando en estas cavilaciones finalmente aquella gigantesca puerta de madera oscura se abrió y la secretaria nos invitó a pasar, nosotras lo que deseábamos era correr sin detenernos hasta estar a salvo fuera del alcance de aquella amenazante autoridad. Al entrar estaba el director de pie, vestido de civil, sorprendiéndome que no llevara la sotana habitual, nos invitó a sentarnos, mientras lo hacíamos observé que sobre su escritorio había una caja de cigarrillo, el siguió mi mirada, procediendo inmediatamente a tomarla en sus manos, amablemente nos las acercó preguntándonos, quieren uno? a lo cual las dos respondimos a coro: no señor director, muchas gracias, nosotras no fumamos! Con una cálida sonrisa la colocó nuevamente sobre el escritorio informándonos que en su nueva política estaba convertir la dirección en un recinto disponible a los alumnos para fumar, libre de restricciones a cambio de que no lo hiciéramos más en el baño, luego nos dijo que podíamos retirarnos, sin recibir una amonestación, estábamos asombradas, salimos aliviadas y al mismo tiempo decepcionadas por perder el emocionante sabor del peligro de ser expulsadas por violar una norma, ahora abolida, ya no valía la pena fumar.
Aquellos dos primeros años en La Salle fueron un descubrimiento de la tormenta hormonal de la adolescencia, la asociación de hombres y mujeres condujo a situaciones insospechadas, no solo entre los alumnos sino entre los clérigos. La primera novedad fue cuando descubrimos la relación sentimental entre el cura que nos daba castellano y la biblioteconoma, estábamos pendientes de cuando ella cruzaba rumbo a su oficina, la veíamos desde el ventanal de nuestro salón que daba al corredor, sigilosamente los muchachos iban a espiarlos, la irreverencia de nuestros juventud no tenía limites, un día dibujamos en el pizarrón sus nombres dentro de un gran corazón con un letrero arriba afirmando, son novios, esto trajo como consecuencia un escándalo, sin saberlo habíamos destapado una situación inesperada para los curas del colegio y las autoridades superiores, interrogatorio van y vienen, fuimos castigados dejándonos en el salón hasta tarde resolviendo ejercicios de matemática, conminados a prometer no inventar más calumnias, los números usados como remedio para nuestras mentes calenturientas. Pero luego ocurrió otro amorío, el cura que nos daba matemática con una alumna de quinto año, situación que conmocionó al colegio, delicadísimo, los padres de la menor podían acusar al colegio de abuso sexual de uno de sus miembros, esto sirvió para demostrar que el caso anterior no eran fabulas de los jóvenes, había le necesidad de resolver el problema de raíz y así se hizo, esta valiente actitud de los curas del colegio de reconocer los errores, me recordaron los sabios consejos escuchados en  mi vida familiar, era el deber ser. Ambos abandonaron las sotanas y tiempo después se casaron con las protagonistas de los hechos.
En julio 1969 nuevamente fui sometida a otra intervención quirúrgica, sería la última, de allí en adelante me negué a seguir operándome, necesitaba liberarme de aquel círculo, aceptarme como era finalmente, algo tardíamente comenzaría mi adolescencia. Tenía una pierna más larga que la otra, casi 8 cm, por lo que debía usar una bota con un gran tacón para nivelar. Esto fue lo corregido con un injerto de fémur, extrajeron 6 cm de la más larga y la injertaron en la más corta, procedimiento realizado en el Hospital Universitario de Caracas, por mi edad ya no era atendida en el Hospital Ortopédico Infantil. Estuve 5 meses en cama hasta diciembre, enyesada ambas piernas hasta la cintura, sin poder asistir a clases, pero gracias a los hermanos lasallistas, mis compañeros quienes colaboraron llevándome las tareas y algunos profesores dándome clases a domicilio, lo logre. Palparía nuevamente la dimensión humana del director del Colegio La Salle, conocido por mí el año anterior con la experiencia de los cigarrillos, Juan José Osteriz, llegado a conducir una época conflictiva, necesitando una mano fuerte pero a la vez suave en el trato femenino, en un conservador colegio con apenas un año de abiertas sus aulas a la mujer venezolana, hasta entonces exclusivamente masculino por más de 50 años desde su fundación en 1913. Este maestro me brindaría su apoyo para salvar el año escolar, en su carácter de director y de conformidad con el consejo de profesores, aprobó no contabilizar mis inasistencias, promediar las notas obtenidas en el segundo y tercer lapso para cubrir el primero, además mudaron el salón a la planta baja para que en enero de 1970 pudiera asistir a clases, era el tercer año de bachillerato. Recuerdo que la química al principio se me dificultó pero el profesor me ayudo a nivelarme. Aprobé ese año con un buen promedio de notas, pasando a cursar los dos últimos años de bachillerato, cuarto y quinto, donde conocería a otra gran educadora, Yolanda de Rojas, profesora de biología, quien me ayudo a descubrir mis aptitudes hacia la medicina, un germen que llevaba en mi interior heredado de mi bisabuela Bartola, modelado por el calor humano de mi médico traumatólogo Dr. Alfredo Coronil, entonces no tenía conciencia de ello, de alguna manera ella lo intuyo, exigiéndome dar lo máximo como estudiante, a desarrollar todas mis potencialidades, de cierta forma represadas por los paradigmas inculcados en la primaria, su técnica fue a través del reto, una herramienta que usaba hábilmente, recuerdo como en cuarto año presentando el examen final de biología se acercó a mi exclamando, Cordido que haces aquí, pensé que ibas a eximir. En cuarto año, al promediar 16 puntos no se presentaba examen final, se eximia, me había faltado un punto para obtener lo requerido, yo sabía que ella lo sabía, ella sabía que yo lo sabía, por lo que era una ironía. Me revolví en aquel pupitre con mi orgullo herido, así que en quinto año me propuse eximir, demostrar que si podía, el reto era mayor, en ese año se necesitaba 19 o 20, lo cual me permitía dejar bien claro que el año anterior no lo había hecho porque no quise y no porque no podía, ese año cuatro alumnos eximimos biología y los cuatro nos graduamos de médicos, ella había parteado mi esencia de médico. Otra gran maestra fue Justina Guerra, nos dio matemática en primer año y física en cuarto, pero además de revelarnos los secretos de las fórmulas, con su manera única de dar clases, nunca se sentaba, caminaba entre nosotros incansable, mezclando números y filosofía, repentinamente nos pedía interpretar fragmentos de algún escrito, al terminar de dar nuestra opinión, nos revelaba el significado original, luego nos aclaraba que la interpretación no pertenece al emisor de la idea sino al que la escucha, casi siempre alejadas una de la otra, habiendo tantas interpretaciones como el número de receptores. Así nos enseñó que no existían malas palabras sino malas interpretaciones, si alguien te ofendía con un insulto, era que lo aceptabas así.        
En este colegio experimente la labor incomparable del modelaje amoroso para transformarnos en los futuro ciudadanos de bien que nos conducirían hacia horizontes promisorios, no solo en el saber científico sino también en principios y valores, la más alta responsabilidad del ejercicio profesional que debe caracterizar al educador, del cual mis maestros Juan José Osteriz, Yolanda de Rojas, Justina Guerra y otros que se pierden en mi memoria, serían, junto a las vivencias con mi madre y mis tías alrededor de la mesa de costura, un ejemplo de vida para mí.
Esta última cirugía marcaria mi vida, un ante y un después, mi prima Mariadelina Castro venía todas las vacaciones a pasarlas en Barquisimeto en la casa de la 37, éramos compinche, comenzamos a disfrutar juntas de la edad de la pandilla, a dejar el nido de la niñez, con nuevos amigos conseguidos en el vecindario, muchachos fuera del entorno de primos y compañeros de estudio, cualquier motivo era una excusa para reunirnos, nuestra preferida eran las parrilladas. Recuerdo de irnos escondidos para la carretera de Pavía a buscar chivos, esto nos hacía sentir el sabor del peligro. Una vez los dueños de los animales, creíamos hasta ese momento que eran salvajes, nos vieron y nos carrerearon con una escopeta, salimos huyendo, los muchachos se montaron al carro andando, protagonistas de una película emocionante, vivencias inolvidables, los años locos.
Los juegos con Gisela Orozco, dos años mayor que yo, era otra cosa, algo serio, a ella le gustaba simular estar en una escuela, nosotros éramos los alumnos y ella la profesora, nos explicaba materias de su nivel, gracias a esto aprendíamos por adelantado, no permitía dudas o inseguridades, atacaba las demostraciones de debilidad hasta que demostrábamos seguridad, sino no podías andar con ella. Me gustaba compartir con ella porque conocía cosas de la vida que despertaban mi curiosidad, pero ella me sacaba el cuerpo por ser menor, sin embargo, después de cumplir 15 años, nos igualamos, salíamos juntas en pandilla, con sus amigos y los míos. Aprendí a fumar con ella pero sobre todo a sentirme segura de mis conceptos y de mi misma.
Otro acontecimiento fue la llegada a nuestras vidas de Homero Izquiel, un hijo de mi tío Martín Orozco. Los tres Oswaldo, Homero y yo nos convertimos en inseparables, recuerdo nuestras tardes de juego de cartas en la 37 con Antonia Richa de Gassan, cuñada de mi tía Ana, a quien le hacíamos trampas para ganarle y ella nos dejaba hacerlo, simulando no darse cuenta. Otras veces salíamos al autocine en grupo o a pasear por Barquisimeto, mi mama nos prestaba el carro, una vez haciendo pique con otros amigos nos detuvieron y se llevaron detenido a mi primo Oswaldo, cuando las morochas fueron a la comisaria, les informaron que habíamos violado todas las reglas, éramos menores de edad, sin título de manejar, exceso de velocidad, tragarnos la flecha en la Av 20, finalmente desobedecer la voz de alto y darnos a la fuga.
Los viajes a la playa eran frecuentes, siempre andábamos un grupo con la Nena e Iván Pérez, sus hijos, Homero, la morocha Adelina con Oswaldo y Rebeca y algún otro primo que nunca faltaba.
Como nos divertíamos con las locuras de mi tío Iván. Una vez nos llevó de viaje sin pararse en ningún lado, solo nos daba a comer cambures de un racimo que había comprado previamente, imagínense que es pollo, nos decía, mientras las morochas en medio de aquella trifulca, le exigían que se detuviera en un restaurante para comer. Las risas eran incontrolables. Fue un viaje inolvidable. 
Con varias compañeras de trabajo de mi mama Helena, entre ellas Sofía Yépez, siempre amigas, fuimos a conocer los Andes Merideños.
Las montañas de Mérida me impresionaron por su belleza, el frío era penetrante, me hacía recordar el histórico y sacrificado paso de Simón Bolívar por estos picos nevados.
Un paisaje único, cubierto con piedras grises y blancas tiradas al azar sobre un terreno tejido de frailejones, arbusto típico aclimatado a estas alturas, como los campesinos usan estas piedras para demarcar sus parcelas, característico de estos paramos andinos, aquí no se ven divisiones de estacas de maderas con alambres de púas como sucede en el resto del país. Incluso se construyen viviendas e iglesias de piedras como la que está situada en Apartaderos.
Uno de los sitios turísticos más famosos de Mérida es el teleférico, fue considerado el más largo y alto del mundo, llega hasta el pico Bolívar, por supuesto otro sitio son los Chorros de Milla, hermoso parque zoológico con caminerías, lagunas, etc.
Cambiamos el carro Opel por un Mercedes Benz en 1969, se lo compramos con apenas 6 meses de uso a un enamorado de Gisela, llamado Diego Cuesta que se fue  a estudiar un postgrado a EEUU.
Durante esta época fuimos a recorrer el oriente del país en el carro nuevo, invitamos a Rebeca, María Elena y Luisita Reyes con su novio Max Pérez, quien ayudo a manejar a mi mama Helena, conocimos Puerto La Cruz,  sus saltos de agua y los sitios históricos, allí abordaríamos el ferry con destino a la isla de Margarita.
También pasamos por San Juan de Los Morros donde vivía mi papá, a conocer a mis hermanos, Ricardo, Oswaldo, Tulio y Dalia. A partir de ese momento nos mantendríamos siempre en contacto.
Fue otra de las aventuras inolvidable para todos nosotros quienes disfrutamos intensamente este viaje, sobretodo el de la isla de Margarita.
Recuerdo que Max Pérez encendió los limpiaparabrisas y el dispensador de agua para enjuagar el vidrio frontal del carro que estaba sucio y mi mama Helena le dijo que recortara la velocidad porque nos podíamos colear por la carretera mojada por la lluvia, todos nos reímos y le explicamos que el que se estaba moviendo no era el carro sino el ferry, donde nos habíamos montado. Creo que por esta historia a mi mama Helena la apodarían a partir de entonces como La Pantera Rosa. 
Mi mamá Helena recibiría varios diplomas en Sanidad por su labor y desempeño, uno de ellos fue en 1971. Para ella esto fue muy satisfactorio pues representaba un reconocimiento a su dedicación y su trayectoria dentro del Ministerio, que habia iniciado como Higienista Escolar en los planes de vacunación masiva, despistajes de desnutrición y otras enfermedades en niños en edad escolar. Luego pasaría a trabajar como asistente de Odontología asignada a una escuela, que era la Costa Rica, la cual poseía un pediatra, un odontologo y mi mamá quienes brindaban cobertura a los niños en las áreas de nutrición, control de niño sano, cura de caries, vacunación, a los fallos de peso se enviaban a los comedores escolares y en las vacaciones a las Colonias Nutricionales como las ubicadas en Catia La Mar, Colonia Tovar y Mérida, para la recuperación de peso, cuando regresaban venian repuestos. Era la Venezuela con Seguridad Social, proteccion al niño y al adolescente de manera efectiva.
Llegamos al año de 1972 culminando los estudios de bachillerato graduándome junto a mis compañeros con los que inicie, como una de las más destacadas alumnas, obtuve entre otros el premio La Salle que se otorgaba al alumno más sobresaliente del colegio. Esas vacaciones cumpliría 20 años daría inicio a una nueva etapa de la vida, pero antes realizaría un sueño…
Corredor del segundo piso del Colegio La Salle
Mi atalaya desde el segundo piso del Colegio La Salle
 El escudo en el patio del Colegio La Salle
 Hermano Cristobal
El Catire, portero del Colegio La Salle











 





viernes, 3 de agosto de 2018

Capítulo 60 Regreso a casa.


Una vez más Helena hace maletas para dejar a Caracas, desciende las fotografías colgadas en la pared, su amiga la observa calladamente, ayudándola, mientras la mujer continua con la febril actividad, vaciando aquel pequeño y cálido rincón que había fungido de hogar, sube sus enseres a un transporte de mudanza, otros los deja de regalo. Regresaba a Barquisimeto, era el convulsionado año de 1958 posterior al derrocamiento de Pérez Jiménez, una gran inestabilidad política dominaba el quehacer diario salpicado por diferentes intentos de golpes contra el gobierno de transición, impulsándola a tomar la dura decisión ante la nueva realidad, era peligroso quedarse, ante todo estaba su niña quien necesitaba seguridad. Además a pesar de que Eligio Anzola había regresado del exilio pues ya no era un fugitivo político, ni su entorno era perseguido, sin embargo Vicente tampoco regresaría, había formado otra familia. Así que esta vez la despedida era definitiva, sin promesas susurradas de retornar a la ciudad, Helena lo sabía. Ese día, juraría no dejarse arropar por la nostalgia, vencería la adversidad.    
Llega a la casa de su hermana Ana Dolores, quien la recibe en el porche con un cálido y apretado abrazo, como al hijo perdido que regresa al hogar, sin un “te lo dije”, entre ellas no existían críticas, solo amor, amor del bueno, incondicional. Pepita también la recibe, había regresado anteriormente de acompañar a Helena en Caracas. Ya se habían casado las dos últimas solteras, Yolanda y La Nena, abandonando el nido. Luego a principio de 1960 llegarían de Cabimas, mis tíos Andrés y Roselia a residenciarse igualmente en la 37. Así fue este hogar salían unas y llegaban otras.
Conformaríamos una gran familia en el que no existían las medias tintas a la hora de ser solidario con un miembro caído en las turbulentas aguas del destino, jamás mi tía Ana argumento problemas económicos o su necesidad de intimidad matrimonial para negarse a tender una mano a una hermana que necesitara su ayuda. Estas excusas ni siquiera eran imaginables, se resolvían de alguna manera. La casa ocupaba casi una cuadra de largo, el cuarto matrimonial estaba en la parte delantera, independiente, contaba hasta con una antesala, los demás ambientes estaban hacia el fondo, separados por una gran distancia y una media pared, además se inculcaba el respeto a los adultos, bastaba una mirada para uno quedarse quieto, nunca escuche gritos ni amenazas de daños físicos de parte de ellos. Para mis tres tías mayores, ante todo estaban sus hermanos, eran como sus hijos, se sumaba mi tío Teodoro, solidario y generoso, identificado con su esposa, almas complementarias, corazones que latían a un mismo ritmo. No cabían los resentimientos, el poder adquisitivo no transformaba a nadie en un ser superior o inferior, nunca vi distingos en esa casa por motivos fatuos, se respetaba a todos pero sobremanera a Mamayu, la mayor de las hermanas Castro, quien era el faro familiar, casualmente la de menor poder adquisitivo.
Los primeros recuerdos de mi existencia, que vienen a mi memoria, son en esta casa, caminando por el jardín. Un día, la caja oscura donde me encontraba encerrada, se abrió y como un estallido, repentinamente salte de la nada hacia la luz del sol que se esparcía por todos lados deslumbrándome, el verdor de sus plantas, el roció que destellaba sobre las verdes hojas, sobre mí, el cielo azul con la miríada de nubes blancas como copos de algodón de formas cambiantes, típicas de Barquisimeto, me detalle a mí misma, mi vestido, estaba aquí, por primera vez tuve conciencia de mi existencia, del yo.
Este jardín fue el sitio predilecto de juego de mi niñez, pasaba horas observando la naturaleza, los pequeños reptiles, la guerra entre bachacos, las mariposas con sus alas multicolores revoloteando sobre las flores de las cayenas escarlatas. Esperaba que mis tías se acostaran a la hora de la siesta, para ir a jugar afuera, pero el chirrido del aparato ortopédico, delataba mi presencia, escuchándose por la ventana del cuarto de mi tía Ana, que daba al jardín, caminaba lentamente, con mucho cuidado, como un felino, embelesándome con la luz y el verdor, la brisa acariciando mi rostro, el olor a monte, aun hoy puedo pasar horas disfrutando un bello día, soleado o lluvioso. A veces me parece escuchar a mi tía mandándome a reposar, hábito que finalmente con los años adquirí, hoy día, soy yo la que le dice a mi nieto que se vaya a reposar.
Mi sexto cumpleaños fue la primera actividad social que organizó mi mama Helena, poco después de la llegada a esta casa, retomando las tradiciones familiares. Vinieron hasta los que no residían en Barquisimeto, asistieron mis 22 tíos y los 15 primos directos que existíamos para la época, igualmente los hijos de las hermanas de mi tío Teodoro, integrados a nuestra familia como una sola, fue una fiesta muy alegre y colorida, novedosa para mí. Uno de los asistentes fue Álvaro Méndez, dos años mayor que yo, el primer primo en fallecer en un trágico accidente de tránsito viniendo de la carretera de Pavía, famoso lugar donde se come chivo. Esto ocurrió en el año de 1971, posterior a la muerte de mi tío Enrique. Nos encontrábamos en El Toronal cuando llegaron a llevarnos la mala noticia, allí no había teléfono, tuvieron que ir personalmente, el dolor fue intenso, era aún muy joven, tenía entonces 21 años.
Luego vino el ingreso al colegio, ese mismo año, en uno cuyo nombre era Santa Ana, situado cerca de la casa, en la carrera 18 con calles 35 y 36, no lo olvidare, me impresionó conocer a las monjas, pensé que eran unos pingüinos gigantes, despertando en mi un extraño sentimiento, indescifrable para entonces. Allí estudie la primaria junto a mis primas Gisela Orozco y las Roscioli.
Viajar a El Toronal, uno de mis paseos preferidos, sería primordial para mi madre Helena, lo hicimos casi inmediatamente al regresar de Caracas, ir nuevamente a su querencia, era como un ritual que convocaba al clan, especie de iniciación mágica, realizada en esta fuente de los orígenes de la familia.
Las visitas, las fiestas y paseos entraron a formar parte de mi rutina, andar rodeada de un gran grupo familiar, lo cual no sucedía en nuestra cotidianidad en Caracas, me resultaba extraño pues estaba acostumbrada a la soledad e intimidad solo con mi madre.
Salíamos con la morocha Adelina, su esposo Martín Orozco y sus hijos, frecuentemente pasábamos los domingos en la finca Santa Ana, arrendada por mi tío, por la vía a Yaritagua, sembrada de caña de azúcar, había un tanque de agua para riego que usábamos para bañarnos, él se zambullía hasta alcanzarnos por debajo del agua para pellizcarnos ocultamente, haciéndonos creer que eran peces, gritábamos del susto, lo cual causaba mucha gracia a los adultos. También viajábamos a las playas de Boca de Aroa donde llegábamos a posadas familiares. Otras veces salíamos en el carro Volkswagen de ellos, a dar vueltas por las calles de Barquisimeto, apretados porque no cabíamos, sin embargo nos divertíamos mucho, Adelina y Helena nos exhortaban a leer los avisos de los comercios para que practicáramos la lectura, época de Bodegas y Boticas.
Una salida especial era la visita a la tía Julianita en Duaca, en la cual disfrutábamos de los relatos contados por ella, parecía que encendías un radio sintonizado en el siglo XIX. Aquellas historias de mi bisabuela Bartola, las intrigas de las corrientes políticas de los azules contra los amarillos, de godos y liberales, se grabaron en mi memoria hasta hoy día, más tarde me instaron a escribirla. Nunca olvidare a esta ancianita vestida con un camisón pulcramente blanco, su cabello totalmente blanco, las sabanas de la cama, hasta su bacinilla era blanca, todo blanco, oliendo a agua de rosas, detestaba la suciedad y los malos olores, por eso solo usaba ese color que le permitía mantener su obsesión de la limpieza, me invitaba a sentarme a su lado para que la oyera, era una extraordinaria narradora oral.
Las navidades en la casa de 37 eran otro gran acontecimiento, como un llamado de la naturaleza, se iniciaba una efervescencia que electrizaba a todos, un corre y corre, la ropa para los estreno, sacar del depósito los adornos del arbolito, comprar los ingredientes para hacer las hallacas, las bebidas, los fuegos artificiales, pintar la casa para las dos grandes reuniones del 24 y el 31, buscar las mesas, traer de las otras casas suficientes sillas. Lo más importante era llamar a todos, no pasar por alto a ningún familiar, pues era imperdonable que faltara alguien. Era una fecha que cualquier impase o diferencia quedaba olvidado.  
La llegada del niño Jesús era parte del ritual, las cartas pidiendo los regalos, siempre el encabezado era: Querido niño Jesús, este año me porte muy bien, hice todas mis tareas, a continuación se agregaba el largo listado de peticiones. Tenía una gran imaginación, fantasías infantiles como la de pedir unos enanitos de carne y hueso, de verdad, quería tener estos pequeños seres humanos, por ser imposible de complacer, llegaban otros regalos, pero entre ellos se asomaba una carta del “niño Jesús” con las razones de las fallas, no se debía jugar con seres vivos, ellos sentían y sufrían. En vista de esto, una vez se me ocurrió pedir la varita mágica, con la que se fabricaban los regalos en navidad, la idea en mi mente era hacerme lo que quisiera, casi nada, esto me caracterizó toda mi vida, aspirar siempre lo máximo, por supuesto que allí estaba nuevamente la infaltable respuesta del “niño Jesús” explicándome que no podía dármela pues se quedarían los demás niños sin regalos.
Otro recuerdo que atesoro de mi infancia vividos en este hogar donde crecí, era ver a mis tías, Ana y Roselia junto a Pepita, elaborando un vestido, volcadas sobre una gran mesa de madera redonda, semejante a la de los caballeros medievales, pero con múltiples cajones en su borde, en bajo relieve, servían para guardar fichas, pues este mueble estaba elaborado especialmente para jugar barajas, actividad que se practicaba todas las noches por mis familiares.
Esta mesa tenía múltiples personalidades, además de las dos mencionadas, servía de soporte de tortas y confites de cuanto cumpleaños se celebraban en la numerosa parentela, otras veces para almorzar informalmente los domingos, pues se encontraba en el corredor del fondo de la casa que daba a un sombreado jardín interno con árboles de mangos, aguacates, uno de níspero, hasta de semeruco y limón; también se usaba para hacer la tarea escolar o los juegos de mesa de los niños.
Cuando la utilizaban para la costura, era inundada de múltiples objetos con formas, colores y tamaños diferentes que cautivaban poderosamente mi atención, hoy día me doy cuenta que soy muy visual. La amarilla cinta métrica, que al desenrollarla revelaba su oculto secreto, contenido en las numerosas rayas negras numeradas que permitían medir los trazos; unas almohadillas cubiertas como un puercoespín, de agujas y alfileres, los alfileteros; los hilos policromos me hipnotizaban, botones de diversos tamaños y colores, cierres cortos y largos, brillantes listones de sedas, encajes, tijeras; minúsculos objetos de cristal llamados canutillos, especie de piedrecitas resplandecientes que eran una incógnita. Un espectáculo sensorial era el despliegue de la tela sobre la mesa, caía ondulando en el aire mientras desprendían un aroma a nuevo inconfundible, luego de estirarla les colocaban encima los patrones de costura, unos dibujos en papel que se compraban en la avenida 20, para ser calcados con ayuda de las tizas se marcaban unas líneas sobre ellas, que servían de guía para recortar, después de esto finalmente se llevaba a la máquina de coser, una Singer negra, instalada en un mueble especial con un pedal inferior, el cual al ser presionado con un movimiento rítmico de los pies, arrancaba el motor girando, emitiendo un chirrido característico, balanceando la aguja de coser, arriba, abajo, una y otra vez, zurciendo mágicamente las piezas de telas, nunca pude descifrar este misterio. Mi curiosidad no tenía fronteras: para que sirven esas piedrecitas tan pequeñas? Ellas me respondían que a pesar de su tamaño, al unirlos entre sí, se transformaban en lo central del traje al darle brillo y luz, un realce inigualable. Les inquiría sobre los dedales metálicos, que se colocaban en sus dedos cual casco de soldado, para que los usan? me explicaban que se protegían de los pinchazos de las agujas, pues no se debía dar puntada sin dedal para no salir herida. Mientras ellas se movían alrededor de la mesa ejecutando aquella labor, yo iba detrás preguntando: Por qué tu cortas y ella cose? Amorosamente me explicaban que cada persona nace con una habilidad especial que le permite realizar un trabajo perfecto, yo insistía en mi inquietud: Como saberlo? hija, debes descubrirlo por ti misma con el estudio y la dedicación. Crecí escuchándolas reconocer equivocaciones en la costura, volviendo sobre sus pasos para enmendar el error. Las tres en igualdad de condiciones, un equipo. Así fue que durante las calurosas tardes barquisimetanas envuelta en la mágica atmosfera de estas mujeres cosiendo, mientras esperaba a que mi madre llegara del trabajo, asistía sin saberlo a un valioso aprendizaje de vida, tales como, la importancia de la organización en equipo, el delegar tareas al que mejor lo pudiera realizar, a planificar, a tomar precauciones en los riesgos, asumir responsabilidades en las consecuencias de las tomas de decisiones, la grandioso que puede llegar a ser lo pequeño, basta colocarte en el lugar correcto para brillar; la igualdad basada en tu desempeño, reconocer los errores sin ningún complejo, ni culparse una a la otra, pues eso no conducía a ninguna parte, lo importante era corregirlos y obtener del caos existente, el objetivo deseado, que surgía poco a poco, producto de un trabajo disciplinado en conjunto, como sus vestidos, el logro de la meta planeada. Hoy día me doy cuenta que asistí a estas clases magistrales, que marcaron mi forma de ser gracias a las vivencias alrededor de esta mesa de costura de estas maravillosas mujeres.      
Helena se integraría rápidamente a su trabajo en Sanidad y conocería a Sofía Yépez, iniciando una amistad que duraría toda la vida. Con ella y sus hijas realizábamos viajes a las Colonias recreativas del Ministerio de Sanidad, la de los Teques y Catia la Mar.
Durante estos años no sentí ninguna diferencia motora con respecto a mis primos, ellos adaptaban sus juegos a mis capacidades, no corrían ni lanzaban las cosas con fuerza para que yo participara. Recuerdo a mi primo Luís Gustavo Castro persiguiéndome, el caminaba despacio como un robot para no darme alcance. Con mi primo Oswaldo Orozco, hijo de la morocha, era con quien más jugaba, éramos inseparables, hasta teníamos un idioma propio que solo entendíamos nosotros, juntos inventábamos tremenduras, en unas navidades, accidentalmente con una estrella de bengala, le quemamos el vestido de mi prima María Elena Castro, que era muy llorona y se formó tremendo escándalo, por eso nos castigaron, que consistía en separarnos, ya habíamos volados todas las flores de cayena a punta de traquitraqui. Recuerdo una vez, estando hospitalizada en Caracas, mi mamá Helena me preguntó si había algo que quisiera que me llevara, le dije que sí, quería ver a Oswaldo, pues me hacía mucha falta. Mi vida, a pesar de mis diferencias funcionales, como se dice hoy en día a los discapacitados, fue la de una niña común y corriente.
A la edad de 9 años en 1961 hice la Primera Comunión, hasta esta fecha no había caído en cuenta de la existencia del pecado, solo conocía las rubieras o pequeños desastres, que merecían un regaño o un castigo leve, según la gravedad del asunto, pero terminábamos siendo perdonados por nuestros padres o tíos. La existencia de un pecado mortal por el cual el hombre había perdido el derecho a la vida eterna, me sorprendió, no lograba imaginar que podía ser tan malo para merecer un castigo tan radical, así que cuando llego la hora de la confesión de mis pecados mortales, requisito entonces para poder comulgar, no encontraba que decir, buscaba en mi interior algo muy serio, tan grave que mereciera tal calificativo y no lo descubría. Mi alma sabía que no lo había cometido. Lo peor fue cuando llegue al confesionario y el padre que me iba a escuchar estaba oculto detrás de una ventanilla, esto me pareció extraño, mi mama Helena cuando me “confesaba” de una tremendura lo hacía mirándome a los ojos, siempre me explicaba que esa era la ventana al alma, no podías mentir si te estaban mirando a los ojos. Por este principio inculcado, le pedí al padre confesarme mirándonos la cara, esta petición le extraño.
Nuevamente fui internada en el Hospital Ortopédico Infantil, después de la primera comunión, perdí el segundo grado a pesar de que en el hospital existía una escuela, el colegio no reconoció lo cursado allí. Mi mama Helena me visitaba cada 15 días pues no había necesidad de que los familiares estuvieran todos los días, el hospital suministraba los cuidados, incluso la ropa de cama y la personal, que era una bata azul. Nos daban un vaso de jugo de naranja en la mañana y uno de chocolate caliente con pan dulce en la noche, estábamos bien atendidos. Era la Venezuela del progreso.
Luego, en 1962 ocurrió la muerte trágica de mi tío Martín, fue la primera perdida de un familiar adulto de la que tuve conciencia, cuando mi abuelo Pancho falleció en 1955 estaba hospitalizada, era apenas una niña de 3 años, para darme cuenta. Durante ese año las hermanas Castro se dedicaron a la recuperación de la morocha Adelina. Mi tía Ana se la trajo a su casa, donde permaneció un año. La 37 se convirtió en un constante ir y venir de caldos de gallina, ponche caliente con papelón, visitas a diario de toda la familia a colaborar. Gisela también se vino con mi tía, luego cuando su madre se restableció, con ayuda económica de sus hermanos, alquilo una casa cerca da allí, pero Gisela no quiso dejar la 37, aquí se sentía segura, se fue cuando se casó.
En la casa de la 37 nos sentábamos a la mesa no menos de diez personas diariamente, recuerdo que era de mal comer, pero un gato pícaro me ayudaba, le pasaba los alimentos por debajo de la mesa, donde estratégicamente se colocaba el felino, también la muchacha encargada de cuidarme, colaboraba, engordaba ella y yo seguía flaca, por esto mi mama Helena se percató, despidiéndola. Nunca olvidare a Pepita con los huevos tibios que me preparaba nadando en bastante mantequilla, caminando detrás de mí con la cuchara en la mano para dármelo, mientras yo huía, entonces ella me amenazaba con no dejarme meter el dedo en la masa cruda de las tortas que ella elaboraba, cosa que me gustaba por su dulce sabor, su chantaje era efectivo, finalmente comía.   
Cuando tenía 11 años fue los quince años de mi prima María Elena, se celebraron aquí en 1963, mi vestido me encantaba por los colores pasteles del arco iris, pero me realizaron un peinado que no me gustaba por lo cual anduve con una cara de cañón. Esta fiesta fue grandiosa, vino a maquillar a mis tías y primas, un pariente que se había convertido en un famoso estilista, Francisco Paredes, el que fuera pajecito de la boda de la prima Haydee junto a mi prima Gisela, conocido en el mundo artístico como Françoise Paredes, moriría de una extraña enfermedad, después en mi estudios de medicina, me daría cuenta que había sido de los primeros casos de la estigmatizada enfermedad del Sida, por eso el misterio. 
Mi mama Helena en 1964, se compra su primer carro, un Opel, me sentía muy feliz cuando llegaba a buscarme al colegio pues ya no tendría que irme a pie. A partir de ese momento retomamos nuestros paseos nuevamente con mis primos, estos se habían reducido por la pérdida del carro en el accidente que ocasionó la muerte de mi tío Martín Orozco. Lo primero que hicimos fue ir a El Toronal manejando mi mama, en ese viaje cuando pasamos un tramo del camino boscoso, accidentalmente matamos un cunaguaro que al saltar de un árbol cayo sobre nuestro carro.
En este carro, manejando mi primo Martín Enrique Orozco, a quien mi mama quería como un hijo, me llevaban a las consultas médicas a Caracas, también se lo prestaba para que saliera con su novia, yo sentía celos de esto.
En 1964 fui operada por segunda vez de la columna para darle estabilidad y corregir la escoliosis, una desviación debido a la polio. Durante casi un año estuve con un yeso desde la barbilla hasta la cadera. Mi niñez transcurrió entre intervenciones quirúrgica: de la columna, de la pierna izquierda, de la rodilla derecha, de la mano izquierda, cirugías realizadas por el Dr. Alfredo Coronil Ravelo, especialista en traumatología ortopédica, sus pacientes lo llamábamos papi Coronil, mi admiración hacia fue otro marcador en mi vida. Por esto repetí cuarto grado pues no lo curse regularmente. Era el segundo grado que repetía en el colegio Santa Ana. Había iniciado mis estudios de primaria de 6 años en 1958, culminé 8 años después en 1967, por la poca comprensión y apoyo de las monjas, recuerdo que hasta 5to grado era muy retraída, demostraba poco interés en los estudios, había llegado a creer en que era imposible desempeñarme escolarmente, recuerdo a mi madre tratando de estimularme, me compraba libros, un pupitre para hacer las tareas en el jardín que tanto me gustaba, me ayudaba en hacer los dibujos de las tareas, nunca tenía el cuaderno presentable para fin de año, ella me ofrecía premios pero era difícil de complacer, no me gustaban las chucherías ni los juguetes solo me llamaba la atención los animales, finalmente, un día, cuando pase para 6to grado, caí en cuenta que todo estaba en mí, que lo podía lograr, finalmente desperté de ese mundo de pesimismo, me propuse salir adelante. Mis notas subieron de un promedio académico de entre 9 o 10 puntos hasta entonces, a 17 ese último año, a pesar de esto las monjas no creyeron que este rendimiento fuera genuino. Los pronósticos que le participaron a mi mama Helena, era que estaba incapacitada mentalmente para continuar mi escolaridad, le recomendaron inscribirme en cursos de cocina o bordado. Por supuesto mi mama Helena no siguió sus sugerencias, por consejo de su compañero de trabajo, pariente por parte de mi padre, el Dr. Humberto Cordido, me inscribió en un colegio mixto, opinaba que los sacerdotes eran más humanos que las monjas y así se inició mi adolescencia.








jueves, 14 de junio de 2018

Capítulo 59: Polio y dictadura.


Helena viviría en Caracas siete años, en ellos vería el inicio y también la caída del dictador Pérez Jiménez, sumergida en sucesos tanto políticos como sociales dentro de un auge económico sin precedentes en el país. En los tres primeros años de su retorno se daría inicio y culminación de la construcción de las monumentales torres de El Silencio, la puesta en marcha de la televisión, la muerte de Evita Perón, el nacimiento de su única hija, el asesinato de Leonardo Ruiz Pineda, la convocatoria por parte de la dictadura a unas elecciones, el triunfo inesperado de Jóvito Villalba y su desconocimiento, la dictadura de Pérez Jiménez con su feroz represión, mientras por otro lado surgía la orquesta la Billo con sus éxitos presentados en el club El Paraíso de furor en esos días, la gira del modista Cristian Dior al Tamanaco donde exhibiría su colección de ropa femenina, un mosaico contradictorio. En este lapso mis padres se separan definitivamente.
Helena, a pesar de estos turbulentos acontecimientos, mantiene un entorno cotidiano alrededor de su pequeña hija evitando que afectaran sus vidas, anima juegos infantiles, realiza visitas a los abuelos paternos, va a paseos a la playa, participa en las fiestas de carnaval en las plazas de la ciudad, pero también propicia la integración con la familia en Barquisimeto.
En 1955 la pandemia de poliomielitis que recorría el mundo entero, afectaría a la población infantil de Venezuela. Helena recuerda que la primera vacuna en salir al mercado, apenas en abril de ese año, conocida como Salk, de  aplicación intramuscular, no era confiable y el pediatra que me controlaba le recomendó esperar pues se comentaba la existencia de varios casos de parálisis en los primeros niños que les fue aplicada, como ella trabajaba en Sanidad estaba al corriente de estas dudas. Grandes estrellas de Hollywood participan en campañas de lucha contra la polio, entre ellas Elvis Presley promociona la vacunación y Marilyn Monroe presta su imagen para la Marcha de los Dimes (moneda de 10 centavos) con el fin de recolectar fondos para la rehabilitación de las secuelas motoras en niños pobres. A principios de los 1960s la Salk sería reemplazada por la vacuna Sabin oral.
Termina el mes de Julio con la celebración de mi tercer cumpleaños, se cerraba un ciclo para abrir uno nuevo.
Un día a finales del 55, un llanto despierta a Helena en la oscuridad de la noche, se levanta con un sobresalto que le ahoga el pecho, se coloca apresuradamente las pantuflas dirigiéndose a la habitación donde dormía su hija, tenía fiebre alta, intensos dolores musculares, no podía tocarla porque se quejaba, estaba muy decaída, ante lo serio del cuadro, mi madre despierta a la señora Genoveva y a su esposo quienes la trasladan al médico. Al principio el diagnostico fue meningitis, pero la realidad era otra, se trataba de la epidemia de parálisis flácida o poliomielitis. Los médicos le explican que esta enfermedad no producía incapacidad mental como la meningitis, trataban de consolarla. Fui internada de emergencia en el Hospital Antipoliomielítico de Caracas, conocido a partir de 1956 como Hospital Ortopédico Infantil donde permanecí en estado crítico, en terapia intensiva, conectada a un respirador o pulmón artificial como lo denominaban en esa época, era una especie de tubo metálico donde colocaban al paciente con insuficiencia respiratoria debido a la afectación de los músculos respiratorios. A un hermano de mi papa, Mario, que acompañaba a Helena, el médico le participa que ante la gravedad de mi cuadro debían prepararse para lo peor, ante esta noticia ella se refugia en la devoción que sentía por la Virgen del Carmen, se dirige a una capilla donde de rodillas con la cabeza cubierta con una mantilla ruega por la vida de su hija, ofrece su vida a cambio.
Al llegar a la puerta de la sala donde estaba hospitalizada su hija, sale el Dr Alfredo Coronil, médico tratante quien le informa que la niña estaba fuera de peligro. En pocos días comenzaremos con la rehabilitación integral, para eso debemos dejarla aquí en el hospital un tiempo. Esta institución estaba dotada con una escuela para los niños hospitalizados, con medicinas, insumos, ropa tanto al paciente como de cama, los familiares no tenían que llevar nada, solo daban apoyo moral. Las enfermeras nos despertaban a primera hora de la mañana para tomarnos la temperatura, nos atendían las 24 horas del día, nos bañaban, cambiaban las sabanas de las camas, nos vestían con una bata azul, hacían las curas y suministraban el tratamiento. A media mañana repartían un vaso de jugo de naranja y antes de dormir una taza de chocolate caliente con un pan. Ningún familiar tenía que dormir en sillas o en los pasillos para estar pendientes de los pacientes, esto no ocurría.
En diciembre de ese año Eligio Anzola es trasladado del campo de concentración de Ciudad Bolívar a Caracas para ser expatriado con destino a Brasil, es nombrado oficialmente Secretario General, cargo que ocupa hasta el 23 de enero de 1958. Mi padre se radica definitivamente en San Juan de Los Morros, un lugar donde su pasado político era desconocido, estaba seguro.
Los años de 1955 a 1958, mi mamá Helena los pasa en un ir y venir al hospital, rige la dictadura de Pérez Jiménez, ella recuerda que una vez llegando a visitarme, llovía torrencialmente y le pidió al chofer del autobús que la dejara frente a la entrada del hospital para no mojarse, a lo cual le contesto que no podía, pues allí no había parada y lo multaban si lo hacía, hasta la licencia de manejar se la quitaban, por ende se quedaba sin trabajo.
Así transcurren estos años, ocupada solamente por mi larga recuperación, cosa que ya era suficiente. Pepita quien se había venido a vivir con nosotras, se regresaría a Barquisimeto. Queda sola en la gran ciudad, se dice a si misma que no permitiría que la adversidad la sometiera, se propone superar los obstáculos uno a uno, día a día, surge la antorcha que brilla, la Helena con herencia de guerrera. 
Fueron años duros para ella, la muerte de su padre, mi abuelo Pancho, ocurre casi simultáneamente con mi enfermedad y su divorcio. Los años de juventud despreocupada habían quedado atrás. Su rostro comenzaría a mostrar las huellas de la vida.
Al ser dada de alta dos años después, con los aparatos ortopédicos adaptados, con dos pares de zapatos, uno blanco y otro negro, totalmente gratuitos, ya rehabilitada para retomar la vida cotidiana, sucedería otro peligroso acontecimiento político, impulsando a Helena a irse definitivamente de Caracas, dejar atrás su sueño de vivir en la gran ciudad, cambiar de rumbo, regresar con sus hermanas, a su ciudad natal, Barquisimeto.  
Era plena navidad de 1957, Helena pendiente de las ofertas para comprar el niño Jesús para su hija, que nuevamente vive con ella, tiene encendida la radio, escucha Radio Cultura y su programa el Hit Parade, que trasmite una canción de la Sonora Caracas, cuando repentinamente interrumpen la programación para anunciar los resultados de la consulta popular realizada apenas unos días atrás, el 15 de diciembre, según había triunfado Pérez Jiménez quien regirá un nuevo periodo de gobierno, igualmente se ratificaban a todos sus candidatos al Congreso Nacional, Asambleas Legislativas, Estadales y Concejos Municipales. Todo el poder en sus manos. La noticia no  despierta en Helena ninguna sorpresa, como empleada pública sabía que eso sucedería.   
Pérez Jiménez había impulsado una consulta popular o  plebiscito buscando cubrirse de legalidad de origen. Según la constitución, al vencerse el periodo de gobierno, debían celebrarse elecciones directas, secretas y universales con la participación de diversos candidatos, a sabienda que perdería la contienda tal cual estaban establecidas en la ley, decide cambiarlas por una no prevista en la constitución. El problema del dictador era que se había visto obligado a robarle el sorpresivo triunfo electoral a Jóvito Villalba, para obtener el poder del periodo que culminaba ese año, esto generó una inestabilidad política que lograría obviar gracias a una brutal represión realizada por la policía política conocida como Seguridad Nacional, además los altos precios del petróleo lo habían favorecido al mantener al país en un alto desarrollo económico. Pero la férrea oposición a su Gobierno de parte de la Junta Patriótica, integrada por los partidos opositores AD, COPEI, PCV y URD serían un elemento perturbador, necesitaba ganar unas elecciones que le dieran visos de constitucionalidad ante el nivel internacional, por eso inventa el plebiscito, que si podía manipular lo que no logró hacer con las elecciones anteriores, no podía correr riesgos. Los partidos opositores alegaban que este mecanismo carecía de legalidad, denunciaban además que los resultados estaban arreglados, que los empleados públicos eran amenazados para votar por el Si, por lo que llaman a la población a no participar.
Helena, que esas navidades eran su séptimo año en la ciudad, sería testigo de excepción pues trabajaba en el Ministerio de Sanidad y Asistencia Social desde hacía 12 años, siendo su único ingreso, vital para los gastos que ameritaba su hija en la recuperación de las secuelas de la polio, había sido dada de alta con un diagnóstico de una cuadriplejia, afectación a las cuatro extremidades de manera asimétrica. Ella me contaba que el voto se implementó mediante dos papeletas, una con el SI y la otra con un NO, se las entregaban al entrar a la mesa de votación, debidamente sellada por el órgano electoral para no ser falsificadas, el elector introducía la elegida en la caja correspondiente y la otra, estaban autorizados llevársela, esto permitió a la dictadura el control del voto, pues los empleados públicos debían entregar la papeleta con el NO en la entrada del trabajo a la mañana siguiente o de lo contrario eran despedidos, mi madre me confesó, que aun en contra de su voluntad y principios, voto SI, no tenía otra salida, su trabajo le era vital.    
A pesar de los sobornos, la represión y amenazas, ganaba el SI, negándose los miembros del órgano comicial, por la presión del régimen a alterar los resultados, prefirieron renunciar en masa, lo que obliga a ser sustituidos por uno nuevo, nombrado en pleno proceso de conteo de votos, quienes cambian los resultados del No por el SI a favor de la dictadura.
A pesar del agitado clima y el rechazo general, Marcos Pérez Jiménez fue confirmado el 20 de diciembre de 1957 nuevamente como presidente. La acción civil de políticos y estudiantes en contra no sería en vano, los sucesos del fraudulento proceso electoral aumentaron el descontento nacional hacia el gobierno, terminando en los eventos del 23 de Enero de 1958, que sacaron a Pérez Jiménez del poder y del país, huyendo una madrugada a bordo de la histórica Vaca Sagrada.
Posterior a estos sucesos nos quedamos unos meses viviendo en Caracas, mientras le otorgaban el traslado que había solicitado para regresar a Barquisimeto, necesitaba el apoyo familiar. Este le fue concedido en los inicio de la democracia, Helena se iría definitivamente de la cosmopolita Caracas.
Sentíamos que poco a poco recuperábamos la felicidad pérdida y que todo volvía a la normalidad de antes, Helena y su hija nuevamente sonreirían, ante ellas estaban nuevos retos por vencer.
Comenzábamos otra etapa en nuestras vidas, con nuevas emociones para ambas, Helena extrañaría la capital con todo su calidoscopio cultural donde nadie se ocupaba de la vida de los demás, no existían los escándalos típicos de los pueblos del interior y la mujer tenía iguales derechos que el hombre o tal vez era una apariencia pero no se escandalizaban.
Mi mama Helena se dedicaría a recuperar la relación madre-hija algo distanciada por la larga separación de tres años, yo extrañaba la enfermera Andreína que me había cuidado en el Hospital todo ese tiempo. A mediados de ese año, en mi sexto cumpleaños estábamos en la casa de la 37, de mi tía Ana y tío Teodoro.
A partir de entonces se ocuparía que su hija fuera una persona común y corriente, normal, no una especial a quien había que tener consideraciones. Mis tíos, primos, Pepita y ella conformarían un entorno donde yo sentía que era una más, igual a todos. Nunca permitió que me sintiera minusválida, suplía mis menoscabos motores cubriéndolos sin que nadie lo notara, cuando le preguntaba si podía hacer algo, respondía ¡claro que sí, querer es poder!