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sábado, 4 de septiembre de 2021

Las Clarisas Capítulo I Maitines (segunda parte)

El Provincial se da cuenta de la situación, era evidente que venía de pecar. Debía hablar con él, procuraba proteger al muchacho de las intrigas de la competencia dentro del mundo religioso, percibía su autenticidad, la que él no poseía, su frescura, despertando sus sentimientos paternales, de cierta manera lo hacía sentirse satisfecho de haber aprobado su existencia cuando fue notificado de su llegada al mundo. Se había propuesto orientarlo pero por un camino diferente al de él, escabroso e hipócrita, tanto que a veces sentía asco de sí mismo.  Estaba consciente de lo que era y no quería que David experimentara el mismo infierno de bajas pasiones donde habitaba.  

Deseaba para el joven un desempeño honorable, sin sombras de dudas sobre su proceder, con vocación verdadera, al estar bajo su poderosa protección, se le facilitaría su ascenso dentro de la iglesia, debía indagar sobre aquella aventura que podía ser un obstáculo, esperaba que fuera algo efímero, el despertar de la carne era normal a su edad, lo sabía por experiencia propia.

Luego de finalizada la búsqueda del fugitivo, muy temprano aun, navegando un atrevido sol rojizo sobre un horizonte de peñascos y árboles, Marco aparentando inocencia, se dirige a Santa Ángelus supuestamente a cumplir con sus obligaciones. Sin detenerse recorre el pasillo principal buscando su objetivo.

—              Avísele a la Hermana Superiora que ya llegue para nuestra reunión sobre lo sucedido — Le dice el Provincial a una lega que pasa por su lado.

Con paso rápido entra a la hermosa biblioteca situada al lado de la Sala Capitular, frente al patio central, salpicado de múltiples ventanales que le daban frescor y bañaban de luz a sus altos estantes de oscura madera atestados de libros que forraban el salón alzándose hasta el techo, en un discreto y acogedor rincón tenía un escritorio para su uso personal donde se sentaba a trabajar en algún informe o simplemente leer un buen libro como El Príncipe de Maquiavelo, su favorito que se conseguía en aquel recinto excelentemente surtido, uno de los más cosmopolitas que conocía, sorprendía la variedad de temas existentes y la ausencia de censura en ese lugar, no se conocía como llegaron allí tan magnífica colección literaria, solo leyendas de naufragios y reyes.

                                           Biblioteca de la verdad. Fotografía de ABC

Debido a que leer era uno de los pocos gustos que se otorgaba con cierta libertad, puesto que no amenazaba su autoridad o prestigio, al contrario era bien visto por las religiosas, lo hacía habitualmente.

— ¡Monseñor está leyendo, silencio, no lo molesten!. — Ordenaba la Abadesa.

Así que, al sentir la necesidad de alimentar su espíritu, se encaminaba a este placido ambiente, además de ser una fachada para disimular otras intenciones, como la de ese día.

La Hermana Cristina era la encargada del sitio en cuestión, siempre la observaba en su diario quehacer de acomodar y clasificar los libros en los múltiples anaqueles, usando a veces una escalera rodante para llegar a lo más alto, manteniendo un orden impecable. Se le podía solicitar cualquier texto y diligentemente se dirigía al sector y la fila exacta donde estaban colocados. 

Monseñor la detallaba desenvolviéndose en aquel complejo entorno con gran precisión, daba la impresión de sentirse muy cómoda con la tarea que realizaba, no era la primera vez que la veía pero si la primera que la miraba con detenimiento. Comienza a preguntarse si acaso aquella Hermana era la causante del desazón de David. Estaba al tanto de la sensibilidad del joven y advertía que armonizaba con la literata que tenía enfrente, decide indagar, entonces nota que se acomoda en una de las pulidas mesas de lectura llevando un libro en sus manos del cual cuelga parte de un marcador de cuero repujado, mira para todos lados precisando que están solos, se dirige silenciosamente hasta la mujer, al acercarse la detalla, no era bella pero aquel aire intelectual era atrayente.

—              Buenos días Hermana Cristina, ¿Qué lee con tanto afán?

—       Buenos días, Monseñor. Es Ana Karenina. — Le responde levantando la cabeza hacia él mientras gira el libro para que lo vea.

—              ¿Ana Karenina? Ese libro trata sobre un pecado o, ¿Me equivoco?. — No la veo a usted escrutando un tema tan escabroso como el de ese texto.

—              ¿Por qué no?, un pecado puede tener un valor.   

—           ¿Un valor?, ¿Cómo puede ser eso posible? — Dice el Provincial enarcando ambas cejas sorprendido ante la respuesta.

—              Monseñor, un valor puede no solo ser negativo si no también  positivo. — Insiste mirándolo con sus grandes y expresivos ojos oscuros.

—              ¡Vaya interesante punto de vista, válido en las ciencias exactas pero nunca me lo hubiese planteado en lo moral o en el campo filosófico. — Toma una de las sencillas sillas de espaldar recto procediendo a sentarse junto a ella.

—              A ver explíqueme eso Hermana Cristina, tiene mi atención, la escucho. — Inquiere sobándose su corta y bien cuidada chiva que resaltaba su simétrico mentón.

—              Todo depende del ángulo en que se mire, de quien lo mire y que lo motiva a actuar. — Explica la intelectual, apelando a su razonamiento.

—      No cabe duda que la infidelidad es un pecado, por lo tanto con valor negativo. — Arguye Monseñor denotando cierta consideración creyendo tener la superioridad.

—        Si Monseñor, pero casarse sin amor también es un pecado. — Explica Cristina refiriéndose a la trama de la novela.

—              Casarse sin amor puede ser una necesidad para la sociedad y la familia, de allí provendría su valor positivo. — Explica Marco con suave voz paternal.

—              Bueno tiene razón Monseñor, eso puede tener un valor positivo, hablando socialmente, es indiscutible.

—              Ya veo, ¡Estás en contra del matrimonio por conveniencia social!.

—             No es así, simplemente lo comprendo, es algo aceptado, pero esto a veces conduce a realidades indeseables, fatídicas, hundiéndonos en un mar de desdicha por el dolor que le causamos a otros por su inevitable consecuencia,  la infidelidad, que también cumple un papel positivo al permitir que la sociedad se preserve al ser su drenaje emocional, importancia que usted recalca, por lo tanto de igual valor al matrimonio sin amor, aunque no se admita públicamente. —  Sentencia Cristina.

—              Hermana Cristina, ¿Usted está diciendo que la conducta de Ana Karenina representa un valor positivo? ¿Acaso está de acuerdo con la infidelidad? — Riposta Monseñor bajando más la voz, casi como una íntima caricia.


—              No Monseñor, no lo digo yo, ¡Lo dice usted con su argumento!

Marco queda pasmado, no puede creer como aquella Hermana, a la cual nunca le había prestado atención, lo acaba de vencer en un duelo intelectual que él daba por ganado fácilmente al sentirse superior, lográndolo sin hacer prácticamente ningún esfuerzo, incluso usando sus propios argumentos, era increíble, sin embargo lo había disfrutado, hacía tiempo que no sostenía una conversación tan interesante que le dejara algún aprendizaje, en el Convento no existía esa posibilidad. Ahora entendía la soledad de Cristina la genialidad tiene un precio y es el aislamiento social. Necesitaba conocerla mejor.

A Cristina también le agradaría la conversación con el clérigo, oportunidades como esa de discutir intelectualmente, sin orgullo y prejuicio entre los interlocutores, solo el placer de desarrollar una idea sin que apelen a la jerarquía o a la edad para vencer ante la ausencia de argumentos, era un tesoro invaluable. Pero ella conocía lo traicionero que era Monseñor, sus confabulaciones contra el apreciado Obispo, era como ser amigo de un tiburón que en cualquier momento puede asesinarte. Todo esto lo pensaba metafóricamente, no imaginaba lo asertivo del símil que acaba de recrear en su mente de escritora, cuyo germen llevaba en su interior y cuan cerca estaba de descubrirlo, apenas días después, horas después, tal vez minutos.   

—              Que compleja es usted, por eso siempre la veo sola, sin una amiga a su lado. — Le dice el Provincial asumiendo el papel de amigo.

—              Yo no persigo la amistad por sí misma o para llenar un requisito. ¡Busco el intelecto!

—              Hermana Cristina, dígame, si se puede saber, ¿Por qué usted se metió a monja? — Interroga el sacerdote, cambiando bruscamente de tema.

—              Bueno, yo quede sola en el mundo, perdí a toda mi familia en la epidemia de la gripe y como me gusta mucho leer, estudiar filosofía, no teniendo medios para ingresar a un buen colegio e ir a la Universidad por las condiciones de pobreza en las que quede, tome una decisión. — Hace una breve pausa y luego continúa su relato.

—              Al analizar mi situación, me percate que mi única oportunidad era entrar al Convento, pensando que estaría en un centro de valores y virtudes como el que andaba buscando. Entonces mi padrino me propuso pagarme la dote y conseguirme la admisión en Santa Ángelus.  — Esto se lo digo en carácter de confesión, Monseñor.

—             Guardare el secreto, desahóguese y dígame, ¿Quién es esa persona que le paga la dote? — Pide el taimado Provincial, buscando obtener una información confidencial que le intrigaba y además presentía que le podría ser útil.

—              Sincerarse a veces no cambia la pena o el dolor. Monseñor, no todo se pregunta, no todo se responde, no todo se dice.

—              ¿Acaso es un familiar suyo?. — Insiste Marco curioso, obviando la sutil  evasiva de la bibliotecaria.

—              Le voy a contestar como el análisis de Ana Karenina que le acabo de hacer, la respuesta a  eso también es un valor.

—              ¿Qué quieres decir, acaso envuelve una infidelidad? — Pregunta inquisitivamente Monseñor.

—              Existen situaciones que pueden ser muy complejas de explicar. — Responde esquiva Cristina.

En eso entra Raquel a la biblioteca presenciando la íntima conversación entre esos dos personajes, según su punto de vista no tenían nada en común o ¿Sí?.

Ella consideraba a Cristina como una advenediza pues debido a un golpe de suerte había logrado ingresar a la congregación sin llenar los requisitos necesarios, asignándosele aquella aburrida tarea de librera que no era relevante para el Convento. No entendía que podrían conversar con tanto interés esos dos.  Despertaba su curiosidad.

Ante la interrupción, Marco abandona el interrogatorio, se daba cuenta que era inútil en ese momento, se levanta de la silla, retirándose con un cortes saludo, camina aceleradamente por lo tarde que es, medita en todo lo conversado, concluyendo que debe tener en cuenta a la recién descubierta valiosa Cristina para su proyecto, ganársela inteligentemente.

Raquel se acerca mirando de reojo alejarse al absorto Provincial quien al pasar por su lado ni siquiera la determina quedando desubicada ante la indiferencia del sacerdote, disimula pidiéndole a Cristina “Cumbres borrascosas” una oscura historia de desprecios hacia personas consideradas inferiores, de matrimonios por conveniencia, pero principalmente del trato discriminatorio y vejatorio hacia los hijos socialmente fuera de lugar dentro de familias con valores distorsionados que incitan rencores que llevaron al protagonista a una cruel venganza y la renuncia de la felicidad.

La Bibliotecaria camina con el texto en sus manos mientras observa a Raquel preguntándose ¿Qué tiene que ver la escabrosa trama de la novela con la rígida y obsesiva Raquel?.

—              Aquí tienes el libro. — Dice Cristina alcanzándoselo.

Al tomarlo, ambas se observan por un instante, se escudriñan buscando determinar quién era o qué buscaba la otra, parecían dos felinos midiendo a su contrincante para saber cuan peligrosa eran.

Sus años de experiencia en la biblioteca le había servido para descubrir que los libros solicitados siempre reflejaban la personalidad o las frustraciones o los deseos reprimidos de las lectoras de Santa Ángelus, eso le permitía conocerlas sin necesidad de alternar con ellas.

En el caso de Consuelo, conciliadora, maestra de las novicias y tornera encargada de los niños abandonados en la puerta del Convento, se afanaba sobre temas educativos útiles para sus clases pero su preferido era Oliver Twist, triste relato de un huérfano que señalaba males de la sociedad, como el trabajo infantil al que eran sometidos, su uso para cometer delitos, la indiferencia ante el abandono de los pequeños, el hambre frecuente del que eran objeto, abusos de los cuales ella protegía celosamente a los recogidos allí, destacándola como la Hermana más sensible y autentica dentro de aquel recinto, donde abundaba la doble moral, sin embargo ocultaba un secreto.

En cambio otra que asistía con frecuencia al lugar era Alicia, fanática de la literatura erótica existente en aquellos anaqueles, uno de sus preferidos era Las Flores del Mal, colección de poemas de Charles Baudelaire quien rompería con los paradigmas tanto de la prosa como de la poesía con un contenido sugestivamente sensual, censurado por esta razón y siendo obligado a retirar parte de sus versos, pero misteriosamente allí había una edición completa que era el deleite de esta rubia Hermana de ojos misteriosos. “Mostrando sus senos flácidos y sus ropas abiertas, las mujeres se retorcían bajo el negro firmamento. Y como un gran rebaño de victimas ofrendadas, en pos de él arrastraban un prolongado gemido…”. Otros de sus favoritos, aunque contradictorio, sin embargo Cristina se percataba que no era así, existía una congruencia, más de lo que podía apreciarse a simple vista, eran los libros sobre  santos, como San Agustín, Santa Pelagia y Santa María de Egipto, con intensos conflictos sobre el amor carnal que aquella rubia se devoraba. Años después llegaría a entender la razón de esta afanosa lectura de Alicia.

La Bibliotecaria aprovechaba el tiempo libre en su pasión, leer y escribir, si le hubieran vaticinado que aquello que consideraba un pasatiempo sería su profesión en un futuro muy cercano, no lo hubiera creído y menos que los sucesos vividos durante aquellos días se convertirían en su obra cumbre.

Al notar la hora decide dejar de leer la novela Don Quijote de La Mancha, obra que trataba sobre un idealista soñador que se convierte en caballero andante para ayudar al prójimo y defenderlos de las injusticias. Siempre recurría a el cuando necesitaba paz, como en aquel momento, era una especie de oasis que tranquilizaba su alma de las turbulencias humanas que le eran ajenas e incomprensibles, poseía el don de visualizarlas con gran facilidad, deseaba no tener aquel poder de palpar los angustiantes abismos infernales donde se sumergían las personas a su alrededor que, lamentablemente muchas veces, no podían rescatarse, principalmente las religiosas de Santa Ángelus y ahora también el Provincial, lo cual la atormentaba. 

Procedía a guardar el texto para irse a la misa cuando escucha los alarmantes gritos y el llamado inesperado del campanario, era la segunda vez ese día.


 Campanario Santo. Fotografía JAO


sábado, 28 de agosto de 2021

Las Clarisas. Capítulo I Maitines (primera parte).

Un efímero resplandor incandescente ilumina la negrura del firmamento dejando una zigzagueante marca sobre su faz, era el impetuoso hijo del dios Zeus surgiendo con todo su esplendor de su reino, mostrándole al universo circundante la pequeñez de su existencia, cruza voraz con su deslumbrante furia lumínica desgarrando la noche buscando su objetivo, quien milagrosamente lograría escapar protegido por intercesión de otra diosa.  Ofendido en su orgullo ante la fuga del irreverente, en un ensordecedor retumbo se hunde despiadadamente sobre una nueva víctima transmitiéndole su escarlata pasión, inmolado en lugar de aquel retador de su poder, era un majestuoso y seco cují. 

          

                                                                      La furia de Zeus. Fotografía de JAO                                    

El agonizante árbol cuyas desnudas ramas desplegadas al cielo parecían clamar piedad ante la furia de la tempestad, desconociendo que la sentencia estaba escrita, marcada para su final y que el dios rey de la naturaleza incontrolable no dejaría rendija de escape a sus designios, concediéndosele únicamente la dignidad de morir de pie, envuelto en las llamas del destino, por culpa de un amor fatídico.  

Aquel gigante se retuerce mientras con un último esfuerzo alcanza a desparramar su fosforescencia en la espesura del bosque, el tenue hálito de luz forma un hipnótico juego de sombras y luces que van y vienen, en una de esos parpadeos fulgurante se vislumbra una edificación de altos y grises muros de piedra que revelarían el pecado ocurrido bajo la tormenta, el primero de siete.  

Momentos antes, un joven fraile recién nombrado capellán, habiendo culminado con sus deberes de confesor de Santa Ángelus Dominius, se dirigía a un lado del altar mayor doblando la estola que acababa de retirarse del cuello, buscando la puerta de la sacristía situada detrás de dicho oratorio con el fin de guardar los ornamentos recién usados en la misa, casualmente se encuentra con Alicia, la sacristana, quien venía saliendo del lugar, ambos se miran intensamente, ocurriendo lo inevitable, otra tormenta se iniciaría provocada por el fuego abrasador emanado de aquella esplendorosa Hermana, derritiendo como la cera de una vela las barreras de castidad del fraile, que cual niño inocente sería conducido por la experimentada mujer en el desconocido sendero del amor carnal.

Desnudos, bajo el altar mayor, enredados entre los lienzos y el sagrado misal, explora con sus temblorosas e inexpertas manos los ocultos rincones de aquella embrujadora sirena, armónicamente va recitando los misterios gloriosos como si ese cuerpo fueran las cuentas de un rosario, devotamente, con recogimiento, numeraba cada lugar descubierto: Primer misterio… glorioso, segundo misterio… doloroso, tercer misterio… luminoso. Nada mejor que una noche de tormenta para encubrir gemidos y suspiros.

El dios del rayo presencia la irrespetuosa indiferencia que ante la tormenta manifestaban los protegidos de la diosa Afrodita, despreciando su majestuosidad, girando solo alrededor del arrebato que les producía la lujuria, enfurecido enviaría a sus lumínicos hijos para recordarles su presencia que se desataba en el tormentoso horizonte, originando uno de los hechos acaecidos esa grisácea noche de revelaciones.


                                                                                        El paraíso de la pasión. Fotografía JAO




      

Al llegar al último misterio, el gozoso, el tiempo se detendría, lo circundante desaparecería, no puede definir sus fronteras, sus brazos, piernas, cabeza, se disuelven, flota en una dimensión etérea quedando sometido a una penetrante sensación que desborda su ser, que se derrama incontenible, cual erupción de un volcán, brotando de la serpiente enhiesta, poderosa, causante del pecado original cometido por aquellos otros dos antiquísimos amantes, Adán y Eva, al fin conocería el placer en sus variadas expresiones, novedosa emoción experimentada por vez primera, descubría el paraíso en todo su verdadero significado.

Aquel novato capellán, a quien esta bella mujer, siete años mayor, le  arrebataría su virtud, cobijado bajo el techo de envejecidas tablillas del santo Convento, sin que nadie sospechara el torbellino de pasiones despertado entre ellos aquella funesta noche, comenzaría a dudar sobre su vocación sacerdotal.


—              Alicia, me preocupa que mi alma inmortal pueda ser condenada al infierno por el pecado de la carne cometido que me hace desear cosas que antes no hacía. — Dice el joven con un dejo de angustia, mientras su cuerpo se estremece ante el contacto con la diosa acunada en sus brazos, un temblor incontrolable lo cubre, parecía vibrar.

Estas eran ansiedades muy típicas de todas las épocas y lugares, mayormente en la lujuriosa sociedad de Villafranca, pero existía una solución para evitar la condena, una puerta de escape que consistía en la obtención de indulgencias a través de donativos a la Iglesia, logrando el perdón deseado por los católicos de entonces, en los cuales imperaba la falsa moralidad. De esta forma todos se beneficiaban, pudiéndose pecar sin mayores consecuencias pues la absolución estaba al alcance de un generoso donativo, evitando el temido infierno, por otro lado, estos aportes le servían a la Iglesia para equilibrar sus finanzas.


—              David, lo puedes arreglar comprando una indulgencia.


—              ¿Qué dices?.  Las indulgencias no se obtienen de esa manera, Alicia.


—              ¿Acaso no lo sabes? Proporcionando un generoso aporte monetario, de acuerdo a la gravedad de la falta y por supuesto del poder económico del afligido pecador, se puede obtener un cupo en el "más allá" lo que se conoce como “el cielo”, incluso un lugar en un altar cerca de un famoso santo o de algún ángel.


—              ¿Alcanzar el cielo o un altar con dinero? — Pregunta extrañado David.


—              Si así es, además la familia logra un lugar destacado en el "más acá" al divulgarse muy discretamente su ayuda, mientras más cuantiosa sea, más relevante socialmente serán. —Aclara la Hermana.


—              ¡No digas esa irreverencia, Alicia, debes arrepentirte, hacer penitencia y orar! — Exclama algo exaltado el joven.


La rubia mujer ríe cantarinamente, girando sobre si para sentarse y poder alcanzar el mesón del altar donde estaba un copón conteniendo licor recién servido poco antes por ella, ingiriendo pequeños sorbos mientras jugaba coquetamente con su larga cabellera, al hacerlo observa un anillo que lleva en la mano el joven, el cual gira nerviosamente sobre su dedo índice.


—              ¡Eres demasiado inocente, toma, bebe! — Le susurra al oído sugestivamente, acercándole el cáliz al capellán semejando lo sucedido con la tentadora manzana proporcionada a otro pecador en aquel primer paraíso virginal. Le pasa tiernamente una mano por el cabello, contemplándolo durante unos segundos, recordando otra escena similar cuando temblaba en brazos de Gabriel, su primer amante.


—              ¿Te burlas de mí?. — Exclama el joven, recibiendo la bella copa de plata labrada, inclinándose ligeramente, bebiendo el vino de consagrar.


—              ¡Tal vez! — Responde, saliendo abruptamente de su evocación, se le sube encima besándolo apasionadamente, sacándole audazmente el anillo

.  

—              ¡Regálamelo! — Le exige categóricamente, fijando penetrantemente sus verdosos y picarescos ojos en los hoyuelos que se formaban a ambos lados de los carnosos y provocativos labios de su amante, que delataban cierto grado de malestar. 

Al notar la contrariedad en el rostro del joven, se detiene en su seducción, momento que él aprovecha para contestarle.


—              No puedo dártelo, es un recuerdo de mi padre que me dio mi santa madre!.


—              ¿Tu padre? Dime, ¿Quién es?. — Pregunta, inclinándose de nuevo insinuantemente sobre él, mirándolo profundamente, tanto que parecía quererlo hipnotizar.

Repentinamente un sonido familiar acaba con la ardiente escena que se desarrollaba en la penumbra del presbiterio apenas iluminados por los breves destellos de las encendidas velas, un tintineo de campana surge quebrantando el silencio de la noche y algo más.  

La Hermana Ángela cimbraba angustiosamente la gruesa y áspera cuerda del pesado campanario, su entrenamiento se lo facilitaba al ser la encargada de realizar el llamado a las oraciones por la mañana y la noche, su tarea principal, así como de cualquier emergencia como la de ese momento. Deberes de los cuales era la responsable por su condición de Velo Negro obtenido gracias a que provenía de una familia de la localidad que a pesar de no ser de abolengo sin embargo eran muy adinerados y fieles cumplidores de las normas religiosas.

A lo lejos se escucha una orquesta de desordenadas pisadas que transitaban los lúgubres pasillos del Convento de las Hermanas Clarisas, se dirigen a la pequeña capilla anexa guiadas por un ciego instinto, convocadas por una incrustada formación disciplinaria despertado por el rítmico retumbo, el llamado es inapelable, obedecido instantáneamente, caminan como autómatas hacia un destino incierto, era el comienzo del fin, sin saberlo la condena había sido dictada en el mismo instante que aquel anillo fuera arrebatado a su dueño, tal cual trofeo de guerra.

El alboroto pone en alerta a Alicia, quien eléctricamente se levanta y dice espantada:


—              ¡Apresúrate, sal por esta ventana que te abriré!. Recoge tu sotana y cordón, vístete afuera en el bosque, no hay tiempo, las Hermanas vendrán aquí en un momento. — Indica Alicia, mientras se coloca el negro hábito apresuradamente y esconde el anillo en uno de sus ocultos bolsillos sin que él lo note.

—              Ve, yo me sentaré a rezar en uno de los bancos de la nave simulando que acabo de llegar.


—              ¡No consigo mis sandalias!


—              ¡Vete, salta rápido, yo las busco y te las guardo!


El capellán escapa con más habilidad que el mismo Houdini, motivado por el impulso más antiguo del ser humano, casi simultáneamente se escucha un ensordecedor trueno que parece caer muy cerca.


—      ¿Qué es eso? — Se pregunta Alicia para sus adentros, alzándose ligeramente sobre la punta de sus pies se asoma por el ventanal de la capilla distinguiendo un cují en llamas que ilumina brevemente a su desnudo amante que apenas se aleja del árbol, no puede contener la risa ante la precaria situación del joven que por poco no fuera alcanzado por el rayo.



                                  

                                                        La embriagante desnudez. Fotografía de OMR.

Por dicho percance, la desvergonzada silueta que surgía abruptamente de la edificación perdiéndose veloz en la profundidad de la noche con el fin de ocultarse en el reino de Artemisa, el virginal bosque, dejaría tras sí las pruebas de su delito, el dios Dionisio del éxtasis y la locura le había jugado una mala pasada, tan absorto estaba por la delicada situación que no se percata que otra forma humana también corre pero en sentido contrario.

Aquella noche por esas cosas del destino confluirían tres hechos insólitos, la huida de un prisionero de la cárcel local, la inesperada tormenta y un apasionado encuentro en el altar de la capilla de Santa Ángelus disuelta por culpa de lo sucedido, desatándose una serie de revelaciones iniciadas con aquel impenitente mortal embriagado en placer, libertinaje y vino que terminaría en un final fatídico.

No solo en el presbiterio se pecaba, también en la cocina el fuego estaba encendido entre dos formas humanas apenas visibles sombras, disponían de un encuentro amoroso entre hortalizas y verduras que volaban por los aires ante la intensidad de la pasión, gemidos de placer inundaban el lugar, contrastando con lo acontecido en uno de los claustro,  donde la ausencia del ardor pasional era palpable, un silencioso hombre trataba de cumplir con una obligación impuesta por su ambición, mientras una mujer clavaba sus ojos en el interrogándolo, un sutil reclamo ante la falta de emoción, ni un susurro emitía.

Parecía que por culpa del pecado el Olimpo se había dividido de manera irreconciliable, Zeus y Dionisio en contra, Afrodita y Artemisa a favor, finalmente triunfaría lo masculino sobre lo femenino, era la época.

Sobre la globosa luna se dibujaba la silueta de un enloquecido gallo cacareando repetitivamente, estirando de tal forma su dorado cuello emplumado que daba la impresión de estar a punto de romperse, su cresta y colgantes lóbulos carmesí vibraban al unísono con su alarmante canto nocturno que parecía una advertencia ante la infamia ocurrida por el inminente ingreso violento al lugar, una grave violación a sus normas de clausura, no solo de la prohibición de entrar a personas ajenas al recinto, sino también de ver a las Clarisas en su íntima vida de recogimiento. 

Esto no presagiaba nada bueno, por primera vez el rezo del maitines era sustituido por un correr despavorido por sus largos pasillos, una pesada atmósfera se respiraba en el lugar reforzada por los desaforados ladridos del perro cuidador de Santa Ángelus.    

Mientras en alguna parte del monasterio, dos Hermanas se encuentran e intercambian una breve conversación, sin percatarse que alguien escondido en la oscuridad escucha:


—              Hermana Isabel, Hermana Isabel ¿Usted ha visto a la Hermana Consuelo?

— Pregunta Milagro, una jadeante pelirroja quien alcanza velozmente a la alta figura, denotando una palpable preocupación plasmada en su níveo semblante.


—              La autoridad civil está ingresando al jardín del Convento y la necesitamos. — Acota seguidamente la agitada monja.  


—              Hermana Milagro eso no debe ser, el Provincial de la orden de San Francisco es la única autoridad que le reconocemos el derecho de entrar en los claustros de Santa Clara. — Urge imperiosamente la rechoncha Superiora con una áspera voz que brotaba de su alta figura, mientras sus penetrantes ojos oscuros se centran en la alborotada pelirroja lanzando una mirada que parecía llamear fuego como tizones encendidos al darse cuenta que ella había advertido la sombra que se deslizaba de su claustro.


—              Cierto, pero la Hermana Cristina les abrió la cancela, después de arrancarle a la Hermana Ángela el manojo de llaves, dicen que van a revisar todo para buscar a un prófugo de la ley que se les escapó de la cárcel. — Indica a la defensiva la extrovertida y agradable pelirroja, igualmente regordeta pero algo menos y más baja de estatura que su interlocutora.


—              ¡Dios santo! Estarían quebrantando la clausura, vaya corriendo a avisarle a la Hermana Ángela que reúna a todas las religiosas mediante repique urgente de campanas y se encierren en la capilla hasta nueva orden, yo localizaré a la Hermana Raquel, es imperativo restituir las reglas conventuales. Recuerde Milagro ser discreta como lo soy con usted, conozco el lugar donde esconde sus secretos. — Exclama la rolliza fémina.


—              No es necesario que me amenace, deje eso así, toda la congregación sabe a quién mete en su claustro. — Alza una mano quitándole importancia al asunto y le aclara a la Abadesa…

—              Además ambas nos conocemos muy bien. — Recalca con un tono de burla levantando sus rojizas cejas y continúa...  

—              Espere, no se vaya, eso no es todo, dicen que traerán al señor Obispo mañana sino permitimos la inspección. — Puntualiza la pelirroja abriendo exageradamente sus azules ojos y girándolos alocadamente.


—              ¡Gravísimo! — Exclama Isabel, girando sobre sus talones hundiéndose en la profundidad del oscuro pasillo.

Milagro detecta el nerviosismo de la Abadesa encargada sin comprender el alcance de lo que sucede, sale apresuradamente a cumplir las indicaciones, sus pasos se propagan con un sonido hueco que se atenúan poco a poco a lo largo del corredor presagiando un lúgubre mensaje, sudorosamente corre mientras va cavilando sobre aquella sutil y preocupante amenaza realizada.— ¿Acaso sabe lo de la limosna?.

La Hermana Isabel ordena a las legas y sirvientas dirigirse cual batallón de soldados al portón para impedir el sacrílego paso al recinto, formando un dique de contención mediante una cadena humana enganchadas por los brazos.

                                    Pórtico a lo vedado. Fotografía modificada de Internet

Simultáneamente le indica a Raquel, Consuelo y Milagro, únicas autorizadas por integrar el grupo de las poderosas Hermanas Discretas, a salir para dialogar con la autoridad civil, acordando con ellos revisar todos los claustros, los funcionarios se comprometen a no penetrar en el recinto y esperar afuera mientras las Hermanas realizan su tarea.

Ante esa situación la rolliza Abadesa enclavada en el patio central, impartiendo órdenes a diestra y siniestra, detectaba un peligro que abría una rendija por donde podría ser revelado el secreto escondido en una de las celdas, un riesgo demasiado elevado para ella, hasta podía ir presa, perder todo por lo que había luchado y ambicionado de ocupar definitivamente el máximo cargo, debía impedirlo.

Designa a la Hermana Berta como la encargada de efectuar dicha inspección, su escogencia se debía a un motivo clave para Isabel, esta no sería exhaustiva, era imposible para una sola persona, pero esa era su misión, disimular hacerlo, el plan acordado entre ambas.

Estando en ese quehacer la curiosa Hermana encontraría debajo del altar mayor unas sandalias distintivas de los franciscanos, las toma entre sus rústicas y retacas manos, les da vuelta observándolas minuciosamente, no tienen barro, pulcritud que le indican que no pertenecen al fugitivo, su esmerado aspecto le resultan familiar y cae en cuenta que algo misterioso sucedió allí y decide ocultar el hecho momentáneamente, tal vez aquello le serviría más adelante en su rencor contra la Hermana Raquel, quien la había desplazado del ansiado lugar de asesora de la Abadesa encargada. Concluye que debe descifrar el misterio antes de revelar el hallazgo realizado en aquel lugar que no concordaba.   

Esa noche nadie durmió, fue de terror, de ansiedades, de búsqueda por un lado y ocultamiento apresurado por otro, al despuntar el sol todavía el fugitivo no había sido encontrado, por lo que la autoridad civil se retira exhausta, empapados y hambrientos. 

A todas estas en el monasterio de los frailes, David entra corriendo casi chocando con una espalda ancha y fuerte que conocía, deteniéndose abruptamente, en ese momento la figura gira lentamente, quedando los dos frente a frente, presentándose una inesperada situación para ambos, el Provincial lo examina minuciosamente con unos sagaces y escrutadores ojos, fingía encontrarse supervisando la estructura de madera expuesta a posibles incendios ocasionado por los relámpagos, pero la realidad era otra, enarca una ceja al ver la empapada figura de su pupilo, quien hace esfuerzos para disimularlo sacudiendo fuertemente su sotana y pasando repetitivamente su mano por su húmeda cabellera, al no poder evitarlo, su nerviosismo lo delata aún más.

Un refulgurante coche negro goteaba profusamente los restos de lluvia que se deslizaban por sus costados semejando un llanto desconsolado, un triste lamento que al caer producían un sonido que tenuemente surgía del cobertizo detrás del monasterio como un quejido acusador. Conocía su fatídico futuro, fugazmente vislumbrada durante la atropellada huida.


—              Padre David ¿De dónde viene así tan mojado?. Además,  descalzo.


—              ¿Y sus sandalias? — Pregunta el alto y serio sacerdote de entrecejo quebrado.


—              Disculpe Monseñor, salí a ver que le pasaba a los caballos que relinchaban muy nerviosos y me topé con la furia de la tempestad, al saltar sobre la cerca del corral perdí mis sandalias. — Responde el joven capellán de Santa Ángelus Dominius, cuyo negro cabello revuelto parecía declarar otra realidad, una pecaminosa.


—              Está bien, vamos a la casa parroquial a cambiarse la sotana y secarse. Allá esta María, su madre que lo puede atender.

Cuando el muchacho se quita la prenda, su espalda revela unos sospechosos y pecadores arañazos. 


—              Hijo. ¿Cómo le sucedió eso?. — Exclama la afligida María.

Marco se acerca a ver el llamativo incidente, instintivamente David, enrojeciéndosele sus mejillas, inútilmente trata de cubrirse al darse cuenta de lo que estaba aconteciendo. Alicia lo había hecho durante el momento culminante de la pasión, quería dejar constancia que era de su propiedad, marcarlo como una res.

                                                                                   Pecado capital. Fotografía de JAO

— No es nada, responde impaciente. — Al caerme me arañe con unas piedras.

El rostro de Marco cambia de expresión, de protector preocupado a animal salvaje al acecho de su presa. David no puede sostener su escrutadora mirada y sale huyendo dejando una sombra de dudas tras sí. 

Continuara....