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lunes, 13 de febrero de 2017

Capitulo 47 Pepita y sus duendes

Una mujer observa aquella chiquilla de cabellera con visos amarillos bañados por el sol, repentinamente es descubierta, le lanza un jubiloso saludo: madrina, madrina! La ve acercarse, por un momento se diluye el tiempo, está a punto de decirle Julianita, cuando se da cuenta de que el parecido con su hija era innegable, en ese instante decide intervenir en su destino.     
Se llamaba Petra, el femenino de Pedro, extraño para ser el nombre de una niña de un pequeño caserío como La Unión, evidentemente fue escogido por la devoción a San Pedro, ella nacería con el nuevo siglo, nunca se pudo precisar la fecha exacta.
La madre, una de las mujeres del grupo a quienes ayudo Bartola a emigrar de Río Tocuyo en busca de nuevos horizontes, tenía dos hijos cuando queda embarazada de Goyo Castro, el cual colaboraba con su madre dándole apoyo logístico a estas personas, conformados por parientes pobres, indígenas o simples campesinos desplazados, uno de estos emigrantes sería Teófila Matute, conociendo al futuro padre de su hija, el cual le ofrecería sustento ante sus carencias y desamparo, la consecuencia sería esta hija, Petra Matute o simplemente Pepita.
Es traída a vivir a El Toronal, Goyo no podía criarla por estar casado y la esposa no la aceptaba. En esta época era costumbre que los hijos habidos fuera del matrimonio, como única manera de tener acceso a la posición social que les pertenecía por derecho de nacimiento, era ser separados de sus madres para ser criados dentro de la familia de su padre, ocultando su origen, en algunos casos hasta el apellido materno, así había ocurrido con Bartola, años atrás una Nieto había intercedido por ella, la vida tenia extraño recovecos, idéntica razón, el inmenso parecido de ambas a sus abuelas.
Cuando María Adelina se entero de que era sobrina de Pancho Castro, acepto llevársela con ella, ya conocía su afable personalidad, dándole una posición respetable dentro del hogar, acorde a su sangre pero en secreto, otro más de la familia. Se convierte en la mano derecha de la abuela, estaban muy unidas, tenía autoridad para disciplinar a sus hijos, le era fiel de manera incondicional.
Era cuentista de las leyendas de la zona, cada historia guardaba un significado educativo, principios y valores inculcados a través del folclor Venezolano, que sabiamente utilizaba a la perfección. Crecí escuchando los cuentos de espantos, de duendes, de Tío Tigre y Tío Conejo a su alrededor, narrados en la hacienda durante las vacaciones, allí no existían ni televisión, ni radio, ni teléfono.
Estos cuentos fueron herramientas poderosas en nuestra educación, por ejemplo: La Sayona, el espanto que se le aparecía a los hombres infieles, siempre era Pancho el protagonista. Años después me enteraría de los líos del abuelo, entendiendo el por qué ocupaba el lugar de este personaje. La historia comenzaba con un anochecer de luna llena, el abuelo montado a caballo rumbo a Aguada Grande, donde tenía una mujer con varios hijos, lo que no se aclaraba en la narrativa, repentinamente en la penumbra veía la silueta de una mujer de espalda que caminaba por la orilla de la carretera con igual rumbo, al acercarse para piropearla, creyendo que se trataba de una soltera del pueblo, ella volteaba a mirarlo permitiendo ver su horripilante rostro, era de terror, según se decía los espantaba hasta matarlos del susto, Pancho se salvaba, al correr de regreso a su casa, puerto seguro vedado a La Sayona,  jurando no volver a faltarle a su mujer.   
Para enseñarnos el amor y respeto a la madre usaba el del espanto de la Llorona, Pepita comenzaba a hablar con una voz gruesa, que producía escalofríos pues el entorno era propicio al estar inmerso en la espesa oscuridad de la noche, en la hacienda eran más profundo que en la ciudad, una breve pausa para el dramatismo: una mala hija, había matado a su propia madre, al momento de morir esta la maldice, condenándola a recorrer por siempre los caminos, llorando con el rostro oculto. La versión masculina de esta historia era la del Silbón, quien había asesinado a sus padres quedando condenado a cargar un saco con los huesos de ellos, sonándolos mientras silbaba. Un argumento infalible era cuando a uno de nosotros se nos ocurría ser malcriado, Pepita lo miraba a uno y decía “te va a salir La Llorona o el Silbón”, eso bastaba para corregirnos.
Existían otra leyenda de la Llorona, la segunda era la mala madre que había asesinado a su bebe recién nacida, es maldecida por los vecinos, convirtiéndose en un espanto que lloraba llamando a su hija, se decía que robaba niños que andaban solos, separados de sus familiares, cuando Pepita nos cuidaba siempre nos advertía “no salgan solos afuera pues se los puede robar La Llorona” método efectivo para permanecer bajo el perímetro de su mirada.
Había uno, que arrancaba lágrimas a cántaro, era el cuento del Amor de Madre, ejemplo de la devoción incondicional de una madre, dispuesta hasta dejarse matar por su hijo y aun así perdonarlo. Esta era la historia: una mujer algo madura logra milagrosamente tener un hijo, cuando este se hace adulto, se enamora surgiendo el conflicto con la suegra, la muchacha le solicita al joven, como prueba de amor, que le arranque el corazón a su mama y se lo traiga, si quiere volver a verla. Al principio el muchacho duda pero finalmente ante la separación de la novia, la complace, mientras corría con el corazón guardado en una caja, se tropieza cayendo al suelo estrepitosamente, sorpresivamente de la caja surge la voz de su madre que le pregunta: ¿te hiciste daño, hijo? Esta historia nos dejaba bien asentado que amor de madre, hay uno solo.
Los más fascinantes eran de los duendes, existían gran variedad de ellos, tanto de sexo como de tareas a cumplir, buenos y malos, gigantes y pequeños. Unos secuestraban a las personas, como le sucedió al hermano mayor de Pepita, según contaba ella, un día se perdió, nunca se supo de él, se lo había llevado una duenda.
Otros duendes cuidaban el ambiente, entre estos estaban los custodios de las nacientes de las aguas y de los calvarios, sitios marcados por una cruz. Cuando un familiar fallecía, al terminar el novenario, se acostumbraba salir en romería por el camino rezando cinco misterios alternados con un canto fúnebre, en el lugar que se finalizaba, allí se plantaba una cruz con el nombre del difunto, esto eran los calvarios, donde todos los meses se le colocan flores al difunto, si alguna persona intentaba profanar sus alrededores, era espantado por el duende guardián.  
Uno de las más interesantes y populares es El Ceretón, un duende que se apoderaba de las jóvenes solteras, haciéndose invisible lograba entrar a las casas, robándose a la mujer deseada. Cuando una muchacha se desaparecía de su casa, empezaban los rumores de haber sido el Ceretón el culpable. Una vez pasando vacaciones en El Toronal, una de las jóvenes visitantes salió a montar caballo, como no regresaba, inmediatamente comenzó la historia de que se la había llevado un Ceretón, al final del día apareció, quedando su honra a salvo pues era obra de un duende, con esta explicación se satisfizo la familia.    
Pepita también contaba las historias de Bartola, entre las cuales estaba la de las morocotas enterradas, sus trances, el poder de alejar malos espíritus. Las de la emboscada al bisabuelo Teodoro, donde intentaron matarlo lo que motivo la salida de El Toronal, épocas convulsionadas. 
Además de vivir en El Toronal, se mudaría a la casa de los abuelos en Barquisimeto, encargándose de la familia. Después de la muerte de la abuela, junto a Mamayu, pasa a ser una madre sustituta, terminó de criar a Enrique a quien quería como a un hijo. Fue la chaperona de los amores de las solteras, siempre las acompañaba durante los paseos y las visitas de los enamorados. Ella llevaba los mensajes ocultos de mi tía Roselia a su novio Andrés Sánchez, buscado por contrabando quien se escondía en la casa de la tía Pancha, ubicada en la calle 31 donde vivía la familia Ramírez Giménez, después que se vinieron de Santa Rosa debido al largo trayecto que recorrían las niñas para ir a la escuela de Barquisimeto. Cuando la casa de la carrera 19 se disolvió, después de los matrimonios de Ana y Roselia, Pepita se mudaría a vivir con la morocha Adelina ayudándola a criar a los niños. Varios años después se iría a Caracas donde se encarga de mi cuidado mientras mi mama Helena trabajaba. Finalmente regresa a casa de mi tía Ana en la calle 37 donde transcurre el resto de su vida.
Pepita como la llamábamos todos cariñosamente, nunca se casó ni tuvo hijos, un día me confesó que en su vida existió una gran pasión, un amor imposible que no pudo realizar.
Ella era delgada, muy activa, siempre risueña, alegre, la recuerdo realizando alguna tarea, su pasión era la repostería, se movía febrilmente elaborando las tortas de piña volteada, los pastelitos de carne, las crujientes torrejas azucaradas, los tequeños de queso, los canapés multicolores, los suspiros rematados con crestas largas para los cumpleaños de los niños de la familia. Me pegaba a su falda, para en un descuido, meter un dedo en la dulce masa para probarla, me gustaba mucho, ella me decía que me iba a doler la barriga porque estaba cruda. Otras veces la contemplaba en las calurosas tardes de Barquisimeto, cosiendo, tarea más tranquila que la repostería, lo hacía en una maquina Singer negra la cual tenía un pedal inferior que al presionarlo con un movimiento rítmico de sus pies, emitía un chirrido al girar el motor que movía la aguja que recorría la tela cosiéndola hasta lograr el producto final.
El único mal que ella padecía era la migraña, cuando esto sucedía se encerraba en su cuarto con las persianas cerradas, en la oscuridad pues la luz le molestaba, se quedaba quieta, callada, era  extraño verla así, mis tías ordenaban que nadie hiciera ruido para no molestarla, todos caminábamos de puntilla. Ella muere en 1990, en el ancianato de Santa Rosa.




sábado, 7 de enero de 2017

CAPITULO 46 La abeja reina

Los diferentes aromas se entremezclaban en la hacienda, el dulce del melado de papelón en el Trapiche, el aromático del café en la Trilla, de leña del fogón en la casa, de la bosta de la vaquera, del corte de los pastizales y la caña, sumergidos en este mundo de olores y colores, la vida transcurría de manera diferente, para las niñas entre las clases, el rezo del rosario en el cuarto de los santos, jugar por la hacienda, el favorito era ir a la Trilla a lanzarse cerro abajo sobre el colchón de cascaras del café usado como un tobogán, buscar melcochas en el trapiche conteniendo el miedo a las nubes de abejas que lo rodeaban, corretear en busca de cambures en el sembradío, localizar conejos recién nacidos en las cuevas, bajar nidos de pajaritos de los arboles, montar a caballo, recibir las visitas de amigos y familiares, las salidas el domingo para la misa en Aguada Grande o cualquier otro evento social en el Club.
El abuelo Pancho se ocupaba en las labores de supervisión en el campo, una gran tarea por lo diversificado de la finca y la gran cantidad de obreros, sus frecuentes viajes de negocios a Barquisimeto, a la finca de café en las serranías de Parupáno para resolver cualquier problema.
Pero en la casa de El Toronal, una especie de colmena que albergaba la abeja reina, alrededor de quien revoloteaban todos prestos a cumplir sus órdenes, se daba otra actividad, vital para la familia, eran los partos de María Adelina, un suceso feliz pero temeroso, el riesgo era conocido. La madre del abuelo siempre venía de Parapara para atenderla, era su comadrona de confianza, un ritual exclusivo de las mujeres quienes en medio de un tumultuoso corre y corre, órdenes cruzadas, murmullos intercambiados entre ellas al chocar en el corredor, preparaban lo necesario para el nacimiento, estos ocurrían con una frecuencia de aproximadamente 2 años, a veces menos a veces más.
La habitación de la abuela era conocido como “el cuarto largo” por su longitud, daba por una puerta interna al recinto de los santos que se mantenía con sus velas encendidas para que ayudaran a la parturienta en tan difícil trance. Lo primero era disponer de suficientes sabanas limpias para la cama, sobre ella se colgaba un mecate enlazado a una viga del techo para que la madre se afincara para pujar. Si era de noche ocurría entre las danzantes luces de las velas y las lámparas de querosén que impregnaba el ambiente de algo mágico. Se disponía de abundante agua hervida, telas y utensilios para el parto, alumbramiento y atar el cordón umbilical del recién nacido, esterilizados en una gran olla que se colocaba sobre topias o piedras en medio de las cuales se ubicaba la leña encendida, colocado sobre un mesón de cemento que estaba en la cocina, cuyo techo de maguey ennegrecido por el humo arrojado por los fogones del quehacer diario le daban al recinto un olor ahumado característico. Este proceso garantizaba evitar una infección, el resto dependía de la destreza de Bartola quien era famosa por ello, al escucharse un fuerte llanto que inundaba la casa, indicaba que todo había salido bien y se procedía al festejo.
A la recién parida se le daba sancocho de gallina durante una semana y a las visitas se les obsequiaba una bebida llamada embolado, una preparación a base de cocuy y frutas, la cual se enterraba en un recipiente de cerámica con la boca sellada, desde que se conocía del embarazo y duraba toda la preñez, tiempo suficiente para que adquiriera su agradable sabor dulzón.
Uno de los más difíciles había sido el parto gemelar, cuarto de María Adelina con 24 años de edad, acaecido en 1919 dentro de un entorno agrícola y rural en una Venezuela de apenas tres millones de habitantes. Para este suceso viene de la ciudad, Adelina Meléndez madre de la parturienta ya que se pensaba que iba a nacer el hijo varón por la barriga tan grande que tenía, viaja en el transporte público que existía para entonces entre Barquisimeto y Siquisique. Mi abuelo Pancho había organizado una fiesta e invitado a los vecinos y peones para festejar el supuesto nacimiento del hijo varón, privilegio otorgado solamente a este sexo y no a la mujer que no era motivo de celebración en esa época. En plena celebración nace una hembra, pero Bartola se da cuenta que viene otro y se lo informa a su consuegra Adelina, que está con ella ayudando en el parto, es la encargada de salir a darle la noticia del nacimiento de la niña a Pancho, le explica que son dos niños, el segundo puede ser el varón, le dice. Cuando ocurre el segundo nacimiento, otra hembra, es Bartola la que sale a darle la noticia a su hijo, hasta allí llego la fiesta, Pancho manda a irse a los invitados, arroja los toneles de bebidas cerro abajo, negándose a conocer a las morochas.
A finales del año de 1926 María Adelina estaba nuevamente embarazada, en doce años de matrimonio tenía siete niñas en seis partos, su suegra adelantaría el viaje ante el presagio de que esta vez sería el varón que su hijo deseaba, aunque el ya no lo decía, había aprendido a ser discreto desde el suceso de los huevos de la pata.
Acontece que Bartola estaba ansiosa, enfrentaba una inminente decisión que rondaba su mente y su corazón, impulsándola a violar el secretismo del oro que poseía, por eso trae consigo la talega con las morocotas para su hijo, entrega que nunca era personal. Estas eran enviadas con gente de su entera confianza, un indio de la tribu Castro, quien la dejaba escondido entre las ramas de un árbol situado en la entrada, acordado para tal fin, al verlo Pancho sabía del depósito, confirmado por un intercambio de señas secreta, esperaba que el emisario se fuera para bajar tiempo después a recogerlo sin que nadie lo viera, así resguardaba su oculto origen. De ahí la extrañeza de su hijo, pues no estaba al tanto de las cavilaciones de su madre, quien había comenzado a despedirse.
Sucedía que las niñas estaban ya grandecitas, la mayor María de Lourdes contaba con 12 años, acababa de culminar sus estudios que para la mujer abarcaba hasta 6to grado, regresando a vivir a El Toronal, ella era sumamente observadora, inteligente, nunca se sabía en qué pensaba, sus penetrantes ojos oscuros le hacía temer a Bartola que pudiera poseer el don de la clarividencia permitiéndole este desentrañar el misterio que rodeaba a su padre y sus orígenes, sospecha que con cada pregunta que le hacia la niña se afianzaba mas, no podía eludir su mirada inquisidora, a veces volteaba instintivamente pues sentía que ella la estaba observando curiosamente.
Las otras niñas se preocupaban menos por el tema de los antepasados y únicamente les interesaba lo relacionado a la vida social, la moda en vestidos, fiestas y bailes. La otra diferente, era Elena quien sentía una intensa curiosidad por sus libros de recetarios médico.
El mundo de los espíritus había comenzado a dominar su realidad, a veces caía en trance sin ningún control de su voluntad, cada día se hacían más demandantes, a pesar de que siempre cumplía con las ofrendas y de prenderles velas a las ánimas en pena, incluso aun estando en El Toronal, actitud que molestaba el espíritu fuertemente católico de su nieta mayor, la solución era inevitable.
Al ocurrir el nacimiento de Francisco Segundo, el hijo varón, inesperado para Pancho, quien corrió a preparar una celebración de forma intempestiva, originando en la hacienda un revuelo de preparativos: maten un torete, preparen el guarapo de caña, saquen las mesas para el patio, llamen a la gente, ordenaba el abuelo eufórico. Fue una gran algarabía que mi mama Elena recuerda vívidamente. Se encendieron brasas en el patio frontal con la carne asándose, luego la cortaban en pedazos repartiéndola comiéndola con las manos, también una mesa que sacaron para acomodar los vasos para la bebida. 
Mi mama Elena sentía curiosidad por el significado de ser varón, junto a su morocha decide investigar el misterio, se introducen a escondidas al cuarto para revisar al niño, sorprendiéndose al ver sus genitales diferentes, se lo levantan estirándolo para verlo mejor, en ese momento entró Clisanta, la niñera, descubriéndolas, quien le avisa a la abuela lo que estaban haciendo las morochas, ellas se fueron a esconder debajo de la cama para salvarse de que les pegaran.
Cuando todo volvió a la calma, Bartola ve que su hijo está completo en sus deseos, salvada su vida, acomodado económicamente, a lo cual ella había contribuido a lo largo de todos estos años, se  percata que su tutela ya no es necesaria, debe desaparecer de su vida para no colocar en peligro este logro, las preguntas de sus nietas, principalmente la mayor estaban colocando en riesgo.
Luego nacería Enrique Pastor en 1928, el último que atendió Bartola, un parto muy difícil que casi ocasiona la muerte de la madre, ella le colocó el nombre de un hijo de su querido pariente o quizás hermano Gregorio Nieto. Elena no guarda recuerdos de este nacimiento pues estaba estudiando en Barquisimeto, ya contaba con 9 años, junto a su morocha Adelina y su hermana Bolivia apenas dos años menor asistían a la escuela Leopoldo Torres.
Para esta época la vida era mayoritariamente en la ciudad y el tiempo en el mundo de El Toronal era solo en las vacaciones, el mundo tricolor de Bartola había desaparecido definitivamente. Cuando nació su hermana menor, Yolanda Rafaela, en la maternidad de Barquisimeto en 1930 se completaría el mundo de las hermanas, Elena era una adolescente de 11 años ávida por conocer su entorno y vivir su destino, iniciando así el mundo de Helena.          


  

domingo, 25 de diciembre de 2016

La concordia

Posterior a la muerte del dictador Juan Vicente Gómez, en diciembre de 1935, es sustituido en el poder por el General Eleazar López Contreras, quien se propone como una de sus metas la reconciliación del país, ordenando la demolición de la temida y odiada cárcel de La Rotunda, liberando todos los presos políticos, la construcción de un monumento conmemorativo, encargando la obra al arquitecto Carlos Raúl Villanueva,  en el mismo lugar donde habían sucedido los horrores de la dictadura, siguiendo el estilo usado en el Museo de Los Caobos.  
Así en la esquina de Glorieta a Hospital se erigió este hermoso templete monóptero como un símbolo de paz y reunificación del país, rodeado por una plaza que sería llamada de La Concordia en homenaje a los "luchadores de la libertad en América" inaugurada en 1940, caracterizado por sus columnas acanaladas semejante a las griegas, rematado por un techo cónico con tejas de barro cocido denotando una influencia colonial española, una mezcla de estilos bellamente logrado. 
Mi madre Helena Castro, quien se había independizado de su familia, residenciándose en Caracas entre 1942 y 1947 con el fin de estudiar, se tomaría varias fotografías en esta plaza, en ellas se pueden apreciar además del templete, el Santuario Nacional Expiatorio, el Hospital de La Caridad, las escalinatas, jardines y bancos del lugar.
Este bello monumento fue demolido en 1961 en el gobierno de Rómulo Betancourt, despojándonos no solo de la memoria histórica, de una invaluable obra artística, sino también del mensaje implícito de reconciliación, único camino que conduce hacia la paz, un recordatorio tan vigente hoy, tal cual lo fuera en el pasado.   





sábado, 3 de diciembre de 2016

Capitulo 45 Vida en El Toronal

En El Toronal el día se iniciaba con diversas actividades, por un lado el ordeño de las vacas, antes de las cinco de la mañana, luego los animales se llevaban a los pastizales donde pastoreaban todo el día. Se atendía el corral de los cochinos, se alimentaban con las mazorcas de maíz y los desperdicios de la cocina de la casa, al estar bien gordos se mataban para obtener su carne y la manteca de su tocino, que se cocinaba para ser almacenado en latas mantequeras.
Los obreros encargados de la caña de azúcar, revisaban la siembra, desmalezaban, resembraban y cuando estaba a punto, se cortaba para ser llevada al trapiche artesanal. Estos ingenios eran fabricados a mano con madera de la región para elaborar el papelón, las melcochas y alfeñiques. Una vez la caña en el sitio, era troceada para introducirla fácilmente en el molino, movido por mulas. De aquí salía una tubería que transporta el jugo de caña hacia las pailas o recipientes de bronce donde se hervía, utilizando el bagazo seco como combustible, hasta lograr la consistencia deseada, luego se vertía en un recipiente de madera llamado “tacha” o “artesa” donde se agitaba con una gran pala de madera durante algunos minutos para finalmente vaciarlo en las hormas de madera en forma de cono, se dejaba enfriar y luego se desmoldaba. Al estar listo se bajaba a la Mercuriana, casa de compra ventas del abuelo, ubicada en La Union, allí se comercializaba.    
Por otro lado, los trabajadores que se encargaban del café eran dos grupos, uno eran los encargados de sembrar, desmalezar y recolectar una vez maduro, en la hacienda ubicada en las montañas de Parupáno, para ser enviado en mulas a El Toronal donde lo recibían el grupo encargado de procesarlo en La Trilla, una edificación diseñada especial para el trillado del café, construida alrededor de 1911, abarcaba secarlo al sol en un patio enladrillado donde se esparcía el grano húmedo removiéndolo de vez en cuando con unas palas especiales para que secara uniforme, luego se pasaba al interior a descascarar en un molino gigante artesanal, consistía en un canal de madera en forma circular por donde rodaba una gran rueda también de madera, tirado por un burro, de aquí se recogía para colocarlo en el venteador, un aparato que soplaba viento dejando limpio los granos, que caían a un lado para ser recogidos y seleccionados a mano por las mujeres, encargadas de almacenarlos en sacos que cerraban cosiendo con grandes agujas e hilo pabilo, finalmente eran enviados para la venta a la casa Blohm en Barquisimeto, cargados en arreos de 8 burros, a razón de dos sacos de aproximadamente 50 kilos cada uno.
En este patio enladrillado también se secaban las mazorcas de maíz sembradas en la hacienda, se les retiraba las hojas dejando solo la última, nuevamente puesto al sol y almacenado en sacos para ser colocados en la troja, una habitación especial donde se ahumaban para que no les cayeran insectos. Estaban además otros obreros trabajando en el campo en las diferentes siembras de hortalizas, cambures, tabaco y hierbas medicinales para el consumo de la familia, así como el mantenimiento de las lagunas artificiales para que no desaparecieran con los deslaves.
Mientras esta febril actividad se desarrollaba en el campo, en la casa el día se iniciaba con la labor de las mujeres en la preparación del desayuno, se pilaba el maíz para hacer las arepas, se tostaba el café para luego colarlo y mezclarlo con la leche de vaca recién ordeñada, se cocinaban los huevos que se recogían del gallinero, también los de patos que por ser mas grande rendían para alimentar a mas personas, se asaban cambures y se hacían rosquillas dulces en el horno artesanal de barro. Las niñas se despertaban muy temprano con el sonido del trajinar de las faenas del campo, el canto de los gallos y los pájaros, salían presurosas de la sala donde dormían todas juntas dirigiéndose a la cocina atraídas por el olor de los alimentos, allí las esperaban María Clisanta y la Toña, encargadas de darles el desayuno y asearlas para que se vistieran. Mi madre Helena rememoraba de una vez que se levanto primero, muy temprano y se fue a desayunar, encontrándose con cambures asados con leche recién ordeñada que le gustaban mucho, quedando con ganas de repetir, así que se fue a la sala donde dormían, se despeino, se cambio de bata para hacerse pasar por su morocha Adelina, regresando a la cocina bostezando como acabada de despertar y le volvieron a dar el desayuno, creyendo que era la otra niña, cuando se presentó Adelina reclamando su comida se armo una trifulca, a partir de entonces las gemelas fueron marcadas para diferenciarlas, a una le pusieron zarcillos y la otra una pulsera.
El almuerzo era entre las 2 y 4 de la tarde, se comía granos, carnes principalmente de chivo, hervidos, etc; la cena era ligera antes de dormir, a cada quien les daban una taza de leche caliente con papelón, clavo de olor y un pan dulce horneado en la casa, el cual fermentaban con una levadura de fabricación casera hecha con una mazamorra de maíz enfuertada.
Del caserío La Unión venía una maestra contratada para darles las primeras lecciones de su educación, esperando que estuvieran mas grande ante de ser enviadas internas al colegio de mujeres de Siquisique donde la abuela había estudiado, este era el proyecto original de María Adelina, luego del impase de los huevos de la pata retomo su sueño de darle una vida con mejores oportunidades de estudios en Barquisimeto. También les enseñaban a tocar guitarra, a coser y bordar. Hay una anécdota de mi tía Roselia sentada en el escalón de la entrada de la Salita con las piernas abiertas para sostener la guitarra. Al llegar el abuelo, ella le preguntó que si le gustaba lo que estaba interpretando y él respondió que sí pero le recomendó que antes se colocara en una posición correcta, pues estaba mostrando todas sus piernas, ella sintió una gran vergüenza, después de lo cual no siguió en las clases, hasta aquí llegaría el gusto musical.
Mi mama Elena evoca un sube y baja que su madre les mando hacer en el patio, era un tronco de madera en forma de Y clavado en el suelo, en la bifurcación se apoyaba otro tronco largo que estaba atado y en los extremos cada una se sentaba para balancearse. También el cajón del almud, que el abuelo tenía para detallar los granos para la venta, lo usaban para meterse dentro del más grande con las piernas enrolladas, mientras las otras hermanas lo empujaban rodando como si fuera un carrito. Los recuerdos de Helena son tan vividos que cuando los escucho, parece que estuvieran sucediendo en ese momento, como la historia de una visita que llego a El Toronal y mientras esperaba en la Salita que lo atendieran, como este salón tenía dos puertas, las morochas se asomaban sincronizadamente desde cada puerta, escondiéndose una y apareciendo la otra. Cuando mi abuelo llego a atender el señor este le dijo que tenía una hija que parecía un pájaro pues se aparecía detrás de una puerta y no había terminado de ocultarse cuando ya estaba en la otra, mi abuelo riéndose le aclaro que eran dos niñas idénticas, cada una en cada puerta y se las sacó del escondite para que las viera, quedando asombrado ante el parecido.
En unas navidades mi abuela encargo a María de Lourdes como hija mayor que comprara los regalos del niño Jesús, adquiriendo un par de gallos unidos por una base que se le daba cuerda y estos peleaban picoteándose, pensando que era un regalo ideal para las morochas se los trae, pero estas al verlo, se pelean queriendo cada una su juguete por separado por lo que le cortaron la base de unión dañando el mecanismo por lo cual los gallos no pelearon mas, las morochas las castigaron y esas navidades se quedaron sin regalo.
Otra remembranza imborrable era la llegada de la menstruación, a cada niña le confeccionaban un bolso con unos 3 paños de tela gruesa de forma alargada y con 4 tiras en cada extremo para atarlo a la cintura. No les explicaban para qué eran, cuando sucedía el sangrado se asustaban porque creían que se estaban muriendo. Estos paños servían de toalla sanitaria, luego se tenían que lavar lo cual realizaba la encargada de ese oficio y se volvían a usar.
Visitaban la finca de café en las montañas, iban en yegua o en burro, llevando las hamacas y la comida. Aquí dormían y se quedaban hasta 3 días, era una casa con suelo de tierra apisonada con salones amplios para almacenar el café. Igualmente revive las tardes donde todas se reunían a escuchar los relatos de la Mamatola, que venía a visitarlas y les narraba historias de sus antepasados españoles o del folklor sentadas a su alrededor en el suelo con las piernas cruzadas, en el corredor principal o en el patio frontal.
Al finalizar la semana, todos los obreros se reunían en el patio frente al corredor principal donde Antonio José (Toño) Gómez, administrador y sobrino de Pancho, se encargaba, de acuerdo a las actividades registrado en un libro, de cancelarles el salario, el cual podía ser en efectivo o en mercancía como granos, telas o carnes.  






 


martes, 8 de noviembre de 2016

Capitulo 44 La reconciliación.

Un día María Adelina cae en cuenta que la añoranza se había apoderado de su alma, se revela inesperadamente, asustándola como si se tratara de un espectro, meditaba en como resolvería la raíz de su nostalgia cuando recibe aquella carta de su cuñada Julianita, quien le advierte que según comentarios, Pancho había mudado a su amante a El Toronal, le escribe: “María si no te vienes inmediatamente, perderás definitivamente a tu marido, me consta que te ama pero ellos lo hacen de una forma diferente a nosotras, los hombres son cuerpo nosotras espíritu, aquel día del suceso de los huevos de la pata en el cual te fuiste a casa de tus padres, yo lo vi llorar, pero ahora dice que su vida se ha roto varias veces y siempre lo superó, que lo hará de nuevo, de ti depende, no lo permitas. 
Así que decide venirse sorpresivamente, se lo dice a sus padres, quienes ya lo intuían, esto ocurre a mediados de 1924, será la despedida definitiva de su casa, de su cuarto de soltera, siente que es la última vez que vivirá con ellos, dejará de ser la hija consentida para convertirse finalmente en la mujer de Pancho Castro, mientras prepara su viaje acaricia con una mano ansiosa los objeto del entorno. Al salir de allí contempla todo a su alrededor como absorbiendo lo que serán sus recuerdos, iniciará un nuevo vaivén en su vida, al arrancar el vehículo no volteara a mirar a sus padres que la despiden en la puerta. 
La trae el chófer en el carro que le había dejado su marido, gracias a las mejoras del camino, se recorre en menos de un día, lleva a las morochas de 5 años y Bolivia de 3 años, este viaje es muy diferente al realizado cuando recién casada, aquella era una niña temerosa ante lo desconocido, ahora era una mujer que sabía lo que quería y como tomarlo.  
El abuelo Pancho que andaba a caballo y estaba en La Unión, la ve venir por la carretera, atravesándose detiene el carro y le pregunta: a donde se dirige Ud?, ella responde que va para El Toronal; él dice: ud no puede ir allí, simultáneamente saca el arma que siempre cargaba, apunta al chófer amenazante, ordenándole: “de la vuelta y regrese inmediatamente a Barquisimeto”. Ella le responde a Pancho que no se va, que esa es su casa y dirigiéndose al chófer le indica que continué, extrayendo igualmente un arma que cargaba escondida debajo de la falda, apuntándolo en la sien, le ordena que suba inmediatamente, aclarándole que ella si va a disparar sino obedecía la orden.
En vista de esta inesperada reacción, el abuelo sube a galope cortando camino por la colina, gritando y meciendo el sombrero: “ahí viene María” ante lo cual, asombrados los  peones que estaban en los cañaverales, preguntaban “¿Cual María, Don Pancho?” no deducían a cuál de las dos se refería, pues ambas mujeres se llamaban igual. Sin detenerse, Pancho desde el lomo del caballo, aclaraba “cuál va a ser, pues, María: la mujer mía”.
Cuando finalmente María Adelina llegó arriba, el estaba acostado en un chinchorro colgado en el corredor, refrescándose el rostro con el sombrero, con una mirada picaresca le pregunta: a quien buscas? aquí no hay nadie. Ella entra a la casa revisando, parecía una leona olfateando los objetos escudriñando los olores que delataran la presencia de la invasora. Pero la amante había sido expulsada, casi que lanzada por la parte posterior de la casa, que daba al cerro donde estaba el caserío El Turagual, las mujeres que trabajaban en la casa, rápidamente eliminaron todo rastro de ella. Una ventaja de El Toronal era su ubicación estratégica para huidas por la parte posterior.
Después de este episodio se reconciliarían, una nueva noche de bodas ocurriría en El Toronal, pero esta vez ella llevaría las riendas de la relación, con una pasión no experimentada hasta entonces, Pancho queda maravillado de aquella fogosa mujer que había llegado de la ciudad, en abril de 1925 nacería otra hembra, Rosario, ya eran siete niñas.
El abuelo Pancho ya no hacia ningún comentario imprudente con respecto al sexo de la recién nacida, diplomáticamente exclamó: “que nazcan todas las hembras que quieran” estaba feliz con el regreso de su esposa. Luego, en septiembre de ese año, viajarían a Barquisimeto para asistir al matrimonio de su hermana Panchita, llevarían a su nueva hija de 5 meses de edad. 
Es en esta ocasión que llevan a María de Lourdes y Roselia a fotografiarse con el uniforme del colegio y los libros nuevos. La foto de Roselia se extravió.
En agosto de 1926, vuelve a viajar, para llevar a las morochas y a Ana Dolores a iniciar estudios en la escuela Leopoldo Torres donde trabajaba su amiga Bolivia Tovar, las deja con su hermana en Barquisimeto, ya que así podían ir a la escuela, la casa de sus padres en Santa Rosa quedaba muy lejos. Es en estos años teniendo a 4 niñas en Barquisimeto que María Adelina le dice a Pancho que deben comprar una casa, pues quiere tener la suya, estaría ubicada en la misma calle donde ya vivía su hermana Angelina, la calle González Pacheco.
La abuela tenía un carácter fuerte, siempre cargaba un revolver en una funda amarrado con correas a la pierna, alcanzándolo sorpresivamente a través de un orificio ubicado en el bolsillo del vestido, desenfundándolo rápidamente. En una oportunidad trataron de abrir el baúl donde guardaban las morocotas, al escuchar el sonido de una campana que le había instalado ella, a modo de alarma, nadie conocía cómo abrirlo sin que sonara, sorprendiendo al ladrón, lo atrapó lanzándolo al suelo, cuando llegaron a auxiliarla, ella lo había dominado.
En varias ocasiones amenazó a Pancho, llegando a dispararle pues era un mujeriego, único defecto que tenía, según Mamayu su hija mayor quien escuchaba las disputas detrás de la gran puerta de madera azul, preocupada por lo que sucedía. El interrogatorio era en privado, en la Sala, fueron dos ocasiones memorables, la de los huevos de patas y otra anterior a ese episodio, el cual estuvo envuelto en el escándalo. Pancho salía todos los días bien temprano a supervisar las cosechas, los obreros y el ordeños, eso decía, pero también estaba pendiente de las mozas del caserío, un día ocurrió un suceso con una casada, a quien había enamorado, ambos habían convenido que ella le abriría la puerta de  la casa al quedar sola, así fue, pero el marido de la mujer regresó inesperadamente, descubriendo la infidelidad, obligando a Pancho a saltar por la ventana desnudo al no darle tiempo de vestirse, escondiéndose en los cañaverales, esparciéndose la noticia a través de los obreros, quienes presencian su veloz huida mientras le avisan por donde debe irse, el sembradío era por donde circulaban los rumores censurados de las andanzas de la comunidad, pasaba de obrero a obrero, luego a sus mujeres, empleadas de la casa y así llegaban finalmente a oídos de la abuela. 
A pesar del fuerte interrogatorio al que era sometido, era negado rotundamente por Pancho, era inocente alegaba, sabía  que  confesar  la  verdad le acarrearía consecuencias graves, tal como sucedió después cuando los huevos de la pata.


viernes, 14 de octubre de 2016

Capitulo 43 Los huevos de la pata.

La llegada de una carta a El Toronal cambiaría la vida de María Adelina radicalmente, cuyo embarazo le estaba causando hinchazón en los tobillos y le daba mucho calor, decide caminar por el fresco corredor trasero donde se ubica el área de trabajo de las mujeres en las labores domestica, a medida que se acerca ve a su cuñada Julianita a través del ventanal, se encontraba de visita con sus dos hijas mayores, Tomasa y Angélica, está hablando algo molesta con una desconocida, la cual le pasa una carta nerviosamente. Julianita abre la carta y la lee, descubre que era de parte de la amante del abuelo Pancho, María quien también estaba embarazada, casi con la misma fecha de su cuñada y le requería un dinero para el parto que se estaba acercando. Al enterarse del motivo de la correspondencia, Julianita la rompe y la arroja por encima del pretil del corredor hacia el patio trasero. La abuela le extraña esta actitud de Julianita, se retira cautelosamente llamando a las dos sobrinas para solicitarles que la ayuden a buscar unos supuestos huevos de los patos, que acababa de poner el ave, les dice que coincidencialmente el nido estaba ubicado en el patio trasero. Al acercarse al lugar donde estaban los fragmentos de papel, les pide que se lo recojan, pues por su avanzado embarazo no puede agacharse y les agradece el favor. Tomasa y Angélica sin saber lo que hacían, pues no estaban al tanto de lo que pasaba, común en esta época del secretismo, sin preguntar se los reúnen y los entregan. María Adelina entra a la casa, rehace la carta y logra leerla. Nadie imaginaba lo que estaba por suceder.
Ella espera la llegada del abuelo, pasando con él a la Sala, cerrando la puerta tras de sí, hecho que lo pone sobre aviso, le reclama airadamente, siempre había tenido sospechas de su infidelidad pero había sido negado reiterativamente, ante el descaro de él, procede a mostrarle la carta. Toma, lee, le dice, el se niega a hacerlo, entonces ella se la lee y saca la pistola que siempre tenía en un bolsillo escondido, amenazándolo de matarlo si no confiesa, el estoicamente mantiene su inocencia, ante lo cual ella le dispara varias veces al aire, el abuelo permanece en silencio ante la evidencia mostrada, entonces la abuela decide irse a casa de sus padres en Barquisimeto.       
En el pueblito de Santa Rosa da a luz a su quinta hija, allí vivían ellos y era donde se había casado, Pancho viene al nacimiento de la niña dándose cuenta del cambio de ella, quien le dice que se quedara una temporada, sin imaginar cuan larga sería la estancia, la acompañan sus hijas Roselia, Ana, y las morochas de 2 años. La mayor estaba interna en el colegio de Siquisique.
Al año siguiente en 1923 María de Lourdes es retirada del colegio de Siquisique para traerla a Barquisimeto pues María Adelina le había notificado a su marido que se quedaría a vivir en la ciudad con o sin él. Pancho permanece una temporada con ella tratando de convencerla de regresar a El Toronal alegando que esa era su fuente de ingresos, su trabajo, lo que sabía hacer y le gustaba. Ocultándole el ritual que su madre Bartola le había hecho para atarlo al lugar, su otra poderosa razón.
La madre le alega que en la ciudad las niñas tendrán mejores oportunidades de estudio, así que las dos hijas mayores, Lourdes y su hermana Roselia, son internadas en el colegio para niñas de la Inmaculada Concepción. En la hacienda habían recibido cierto grado de instrucción con una maestra particular.
Parte de las actividades favoritas de los barquisimetanos era tomarse fotografías, gracias a ellas podemos asomarnos al maravilloso mundo social de la primera mitad del siglo XX época en que sencillos acontecimientos eran una fiesta, no solo las mujeres se arreglaban para fotografiarse sino también los hombres.
A sabienda que su mujer le agradaba la vida social, tratando de complacerla, va al estudio fotográfico, sus suegros que están de su parte y deseando que se reconciliaran pues palpan la tristeza de su hija, lo aconsejan que participe, ese día se realizan varias fotografías, una de estas es con las dos niñas mayores que se irán al internado, Lourdes de 9 años y Roselia de 7 años, Pancho elegantemente trajeado para atraerla, hasta peinado moderno con bucle.
Sus suegros fueron los de la iniciativa de ir a tomarse la fotografía para la sala de la casa, le dicen a Pancho que aproveche y le proponga a su esposa hacer ellos igual. Es en esta misma fecha que los 4 se toman las que están enmarcadas en los portarretratos en forma de medallones, estaba la bisabuela Adelina viva, con el bisabuelo Teodoro canoso pero aun lozano y la abuela María Adelina algo demacrada con el abuelo Pancho, todavía sin canas, igual a la foto con dos hijas mayores, muy arreglado con paltó, corbata, leontina y botines.
Estas eran realizadas en los estudios fotográficos de la época entre los que destacaba el de Amabilis Cordero, quien aprende el oficio alrededor del año 1920, de la mano del maestro Jesús González, en 1926 era ya un conocido fotógrafo, instalado en un modesto estudio del centro de Barquisimeto, en la esquina de la carrera 19 con calle 31, donde después funcionó el cine Florida. Esta calle era muy concurrida permitiendo el contacto masivo con este estudio. Además el hecho de que Amabilis Cordero era de Duaca y que también incursionará en el cine con su  documental “Los milagros de La Divina Pastora” su primera película, que fue un éxito gracias a lo cual los barquisimetanos se aficionan a la fotografía y al cine, notándose el incremento del volumen de registros gráficos a partir de estos años. Barquisimeto será una de las ciudades de Venezuela con más cine del país.  
Estando ambos matrimonios en el estudio, Pancho invita a su esposa a fotografiarse, lo hace delante de sus suegros quienes están en el complot, ella alega no estar vestida adecuadamente. Como dato curioso ambas mujeres, madre e hija usan el mismo collar, por lo que se puede deducir que Adelina Meléndez se lo prestó a su hija para la foto, indudablemente imprevista. No es difícil imaginarse la siguiente conversación: hija no hay problema quítese esa cinta que usa ud, póngase mi collar que le queda mejor y así uds también tendrán su foto para la sala de su casa; ella debe haber exclamado una leve protesta: Mamá ud si es!, accediendo finalmente. Era un mensaje subliminal de la permanencia del matrimonio.      
De estos tiempos mi mama Elena guarda el recuerdo de la Iglesia de Santa Rosa que estaba frente a la casa cruzando la calle y a la cual visitaban frecuentemente, de los abuelos que las querían mucho y les gustaba verlas jugando juntas. Un día llega otra carta, pero esta vez viene dirigida a María Adelina ….  









martes, 4 de octubre de 2016

Los caballeros de blanco.

Recuerdo lo sucedido en Colombia con el plebiscito del 2 de octubre, un referendo para aprobar los acuerdos de paz entre el gobierno de Colombia y la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP).

Su resultado por el “No” aunque de menos del 1% de ventaja, ante el cual el mundo se preguntaba, ¿Qué factor o factores determinaron este inesperado triunfo de la oposición?. Opiniones sobran, pero lanzaré una hipótesis sin aspirar a un análisis sesudo, desgranaré las emociones de un suceso ocurrido en los últimos meses del año gregoriano que impactaron profundamente en el hermano país.

Es bien sabido por la historia los sentimientos de Simón Bolívar hacia Colombia y, lo de ellos hacia El Libertado, el  respeto, admiración y amor que sienten por él. Cuando uno visita a ese país constata el relevante lugar que ocupa Bolívar no solo en la historia sino en sus corazones, es difícil encontrar las palabras que definan esta relación amorosa entre Colombia y Bolívar.

El 5 de julio de este año ocurrió un suceso inesperado, 500 mujeres venezolanas vestidas de blanco forzaron la cerrada frontera colombo-venezolana sin importarles los militares mal encarados y fuertemente armados que del lado Venezolano les impedía el paso, marchan en procura de comida para sus hijos que lloran por hambre, insólito en la Venezuela petrolera, aquello parecía, como dijo el gobernador del estado fronterizo, un “show mediático”,  no podía ser posible: hambruna en Venezuela, esto rompe el celofán en la prensa internacional.   

Como sucede en una obra de teatro que poco a poco abre el telón permitiendo a los espectadores ver la obra, así mismo aquel fenómeno ocurrido en el puente internacional Simón Bolívar con las damas de blanco, aparentemente insignificante dentro del sombrío acontecer político, develó o mejor dicho confirmó una verdad que empezaba a vislumbrarse en el mundo, para el 17 de julio ya se había convertido en un torrente indomable de más de 150.000 personas cruzando el puente, era inocultable, el rey estaba desnudo.

Del lado Colombiano, escenas conmovedoras de las autoridades, principalmente militares y policías, acogiendo a los desesperados venezolanos. Cumbias como “La pollera colora” popular en nuestro país les daba la bienvenida, chocolate caliente y desayunos repartidos por militares, autobuses gratuitos para su traslados ida y vuelta de Cúcuta hasta el puente, una solidaria escena de un policía montado ayudando a llevarle sus compras a una señora, un ejemplo de educación, de respeto al ciudadano que tanto admiraba Bolívar y, confieso sentí envidia de este proceder. 

Las escenas del maltrato a la población civil por parte de los militares en nuestro país rodaban por el mundo desde hacía largo tiempo, la excusa del gobierno era que se justificaba por ser una población golpista mal influenciada por el Imperio, que en el país no había hambre, que los anaqueles estaban abarrotados, que todo era falso. Los organismos internacionales cómodamente le daban credibilidad a esta versión oficial, hasta que sucedió lo del puente, punto de quiebre para los caballeros de blanco apoltronados en La Habana, luciendo sus rechonchas siluetas mientras fumaban los famosos habanos Cubanos, hablando de paz con connotados líderes mundiales, cuando sorpresivamente las heroicas damas de blanco Venezolanas los desenmascaraban junto a su falsa revolución del siglo XXI, de hambre y miseria para los pueblos. 

Los Colombianos lo vieron en sus hermanos, no era un cuento mediático, era una realidad dolorosamente palpada por ellos,  luego vino el efecto dominó…

       









jueves, 29 de septiembre de 2016

Capitulo 42 Los inmigrantes libaneses y del campo venezolano.

Sin imaginarse aquella muchacha recién casada con Pancho, apenas unos días de finales de 1913, que al unisonó de su matrimonio ocurría la llegada de una familia libanesa a Barquisimeto, los Richa, como todas las inmigraciones las razones de estos periplos eran económicas y sociales.
En la sociedad libanesa, además de los musulmanes, existía un grupo importante de cristianos maronitas y  ortodoxos, que estaban segregados, en el cual las practicas de su fe se habían convertido en peligrosas además de ser sometidos a fuertes impuestos por parte del gobierno por el simple hecho de ser católicos, cerrando las libertades fundamentales y acosados en sus actividades comerciales. Este adverso panorama los impulsaría a probar suerte en otros lugares, Venezuela era uno de esos horizontes prometedores, así llegan los primeros libaneses a finales del siglo XIX a nuestro país. Uno de estos sería Joseph Yebaile y su familia, residenciándose en Valencia en 1890 posteriormente partirían a la prospera Barquisimeto desde donde ayudarían a emigrar a los que quedaban rezagados en su tierra de origen, así llegaría su hija Emma Yebaile (Mamema como la conocimos) con su esposo David Richa con dos hijos, Margot nacida en 1910 y Teodoro en 1912 un niño quien apenas tenía un año de edad al desembarcar en Venezuela, ambos nacidos en el Líbano, tiempo después su camino se cruzaría con una de las descendientes de Bartola Castro, Ana Dolores con la cual escribiría una página de la historia social de Barquisimeto. 
Aquella Venezuela de principios del siglo XX estaba conformada por un tejido social de emigrantes del interior rural del país que abandonaban los campos debido a que los cultivos de cacao y café habían comenzado a declinar y eran atraídos por el auge del comercio junto al inicio de las compañías petroleras, aquellos hombres y mujeres tomaban sus familias, vendían sus propiedades y se dirigían a las ciudades, en su camino se encontrarían con los inmigrantes llegados de diversos países tales como Italia, Líbano, Portugal etc con una historia muy parecida de dolor por el abandono de sus lugares de origen, la incertidumbre de lo desconocido, la falta de dinero con la que llegaban pero con inmensas ganas de trabajar para lograr sus objetivos: la prosperidad. Fue fácil identificarse entre sí y de esta manera conformarían el nuevo rostro de aquel pujante país. Podría decirse que otro mestizaje había comenzado. 
Numerosos libaneses vendieron sus propiedades, embarcándose en los diferentes puertos de Sidón, Beirut y Trípoli, tras el sueño dorado de la América libre, plural y prospera, constituyéndose en la primera oleada de inmigración libanesa; la segunda salida masiva ocurre después de la I Guerra Mundial, alrededor de 1918 por las duras condiciones económicas de la posguerra, entre ambas oleadas existió una emigración constante aunque de menor cuantía, atraídos por familiares, vecinos y amigos, las llamadas cadenas migratorias que orientaban y ayudaban económicamente a sus paisanos en su nueva patria. Estos libaneses eran expertos comerciantes, principalmente en la quincallería en general y la venta de telas de los cuales son grandes conocedores por estar su país situado en la “Ruta de la Seda”. Pero además traen dos métodos de venta innovador nunca antes visto, el sistema por cuotas o a crédito y la venta de manera ambulante de casa en casa entre la clase humilde y la naciente clase obrera, lo que sería la futura clase media, constituyéndose en un éxito al no competir con los grandes comercios establecidos. Fueron los primeros innovadores del país. Ellos coparon un mercado popular que estaba desasistido, logrando implantarse dentro de la nueva clase social emergente en Venezuela a costa de su trabajo.
Cuando los puertos y las ciudades aledañas se congestionaron con los primeros libaneses, los que llegaban más tarde se sumarían a la gran masa de Venezolanos que estaban movilizándose desde el interior del país a las ciudades. Dentro de estos dos grupos estarían por un lado, Pancho y su familia quienes venían del municipio Urdaneta del estado Lara y por el otro la familia Richa Yebaile con sus hijos procedentes del Líbano, ambos se establecieron en la pujante Barquisimeto. Estando ya aquí  nacerían los otros hermanos Richa Yebaile: Bertha casada con Pedro Zayek con su venta de telas “Blanco y Negro”; Antonia casada con José Gassan con su sastrería “El Puño de Oro” donde acudía el presidente Luis Herrera Campins a que le elaboraran sus trajes, Victoria casada con Pedro Gloria de origen colombiano miembro fundador del Club de Leones, el club Ayarí y el Country Club. El menor Farid casado con Norma una venezolana, impulsa el deporte razón por la cual el estadio deportivo de la ciudad lleva su nombre. Margot se casaría con Jorge Faroh estableciendo un almacén en la calle Comercio, "La Preferida".
La fuerte tradición familiar libanesa inculcada a los niños desde temprana edad como parte de su educación fundamental que abarcaba no solo la fe católica, sino también la comida libanesa, el idioma, pero principalmente el respeto a las reglas del buen proceder los ayudaría a identificarse con la conservadora familia Venezolana de fuertes principios y valores tanto católicos como sociales heredados de la época de la Colonia, esto facilitó el engranaje, gracias a lo cual los libaneses se insertaron en nuestra sociedad con gran éxito y se fundieron en un solo pueblo como lo hicieran los Richa con la familia Castro con quienes compartimos íntimamente.
Muy lejos estaban Pancho y su esposa de imaginar que, mientras salían de Barquisimeto de regreso a El Toronal, arribaban a la ciudad una familia que se integraría con ellos. Por un lado los libanes adaptándose a su nuevo país, conquistando comercialmente la ciudad que los acogería y por otro lado la familia Castro Giménez quienes estaban experimentando una salida del medio rural gradualmente, abarcando toda su vida de casados, en un constante ir y venir entre Barquisimeto y El Toronal durante 22 años, en sus recorridos presenciarían la transformación del sendero que comunicaba ambos lugares, de un paso angosto de tierra, por donde solo transitaban mayoritariamente personas a pie, en bestias y algunas en carretas, hasta convertirse en una carretera por donde circularían los primeros vehículos llegados al país, todavía existe este viaje eterno de nuestra familia, siempre de regreso a nuestras raíces, por ese mismo camino que hoy día es una carretera asfaltada que se recorre en dos horas.
El primer viaje de este matrimonio ocurre a finales de 1914 cuando vienen a protocolizar el documento de propiedad de El Toronal, llegarían a casa de sus padres en Santa Rosa, donde pasaría las navidades, una tradición hasta la muerte de ellos, allí se quedaría hasta febrero de 1915 que fue el bautizo de su hija María de Lourdes cuyos padrinos serían la abuela Adelina de Giménez y su hermano Sixto Giménez. Luego vino un periodo de dos nacimientos muy seguidos, en el cual no viajaron a Barquisimeto, hasta en 1918 cuando vinieron a bautizar a Ana Dolores, sus padrinos fueron los hermanos de María Adelina, Teodoro Giménez hijo y Panchita Giménez, aun soltera. Era el primer viaje de Ana Dolores a la ciudad donde vivían los Richa, su destino estaba ligado al nombre Teodoro, su abuelo, su padrino y su futuro marido.
Al siguiente año en 1919 ocurre el nacimiento de las morochas Castro en El Toronal por lo que Adelina Melendez, madre de mi abuela María Adelina acude al parto de su hija y viaja en el primer Camión de transporte masivo que funcionaba entre Barquisimeto y Siquisique con paradas en los poblados existentes en el camino. La comunicación terrestre había comenzado a modernizarse y ya no era obligatorio enviar el carro familiar a buscarla.
El otro viaje conocido fue el realizado para su quinto parto por la recién culminada carretera Bobare-Siquisique, aun de tierra pero ampliada y nivelada, va en el carro Ford T que habían comprado, ella contaba con 26 años, el motivo de este viaje fue por el descubrimiento de la infidelidad del abuelo Pancho, molesta se quedaría con sus padres en Santa Rosa donde nacería Bolivia en 1921, allí la bautizaría, siendo sus padrinos el Dr. Martin Alvizu y Rosa Aurelia de Sánchez.
A partir de este acontecimiento la abuela deja de ser la mujer sumisa y entregada a la voluntad de su marido, acorde a la educación impartida en esta época, papel que había desempeñado desde que se casaran. Por primera vez escoge el nombre de una hija, por su amiga la educadora Bolivia Tovar, los anteriores los había realizado Pancho con su suegra Bartola o con su madre Adelina.
Su marido las visitaba con frecuencia tratando de arreglar el impase, sin lograrlo pues no internalizaba el cambio de ella. Quería no solo mudarse a Barquisimeto sino comprar una casa independiente para ellos que le permitiera recuperar la vida social y cultural que existía intensamente aquí, además casi todos sus parientes y conocidos habían emigrado a la ciudad. Allí estaba esperando el destino de sus hijos, principalmente de las mujeres.