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viernes, 3 de agosto de 2018

Capítulo 60 Regreso a casa.


Una vez más Helena hace maletas para dejar a Caracas, desciende las fotografías colgadas en la pared, su amiga la observa calladamente, ayudándola, mientras la mujer continua con la febril actividad, vaciando aquel pequeño y cálido rincón que había fungido de hogar, sube sus enseres a un transporte de mudanza, otros los deja de regalo. Regresaba a Barquisimeto, era el convulsionado año de 1958 posterior al derrocamiento de Pérez Jiménez, una gran inestabilidad política dominaba el quehacer diario salpicado por diferentes intentos de golpes contra el gobierno de transición, impulsándola a tomar la dura decisión ante la nueva realidad, era peligroso quedarse, ante todo estaba su niña quien necesitaba seguridad. Además a pesar de que Eligio Anzola había regresado del exilio pues ya no era un fugitivo político, ni su entorno era perseguido, sin embargo Vicente tampoco regresaría, había formado otra familia. Así que esta vez la despedida era definitiva, sin promesas susurradas de retornar a la ciudad, Helena lo sabía. Ese día, juraría no dejarse arropar por la nostalgia, vencería la adversidad.    
Llega a la casa de su hermana Ana Dolores, quien la recibe en el porche con un cálido y apretado abrazo, como al hijo perdido que regresa al hogar, sin un “te lo dije”, entre ellas no existían críticas, solo amor, amor del bueno, incondicional. Pepita también la recibe, había regresado anteriormente de acompañar a Helena en Caracas. Ya se habían casado las dos últimas solteras, Yolanda y La Nena, abandonando el nido. Luego a principio de 1960 llegarían de Cabimas, mis tíos Andrés y Roselia a residenciarse igualmente en la 37. Así fue este hogar salían unas y llegaban otras.
Conformaríamos una gran familia en el que no existían las medias tintas a la hora de ser solidario con un miembro caído en las turbulentas aguas del destino, jamás mi tía Ana argumento problemas económicos o su necesidad de intimidad matrimonial para negarse a tender una mano a una hermana que necesitara su ayuda. Estas excusas ni siquiera eran imaginables, se resolvían de alguna manera. La casa ocupaba casi una cuadra de largo, el cuarto matrimonial estaba en la parte delantera, independiente, contaba hasta con una antesala, los demás ambientes estaban hacia el fondo, separados por una gran distancia y una media pared, además se inculcaba el respeto a los adultos, bastaba una mirada para uno quedarse quieto, nunca escuche gritos ni amenazas de daños físicos de parte de ellos. Para mis tres tías mayores, ante todo estaban sus hermanos, eran como sus hijos, se sumaba mi tío Teodoro, solidario y generoso, identificado con su esposa, almas complementarias, corazones que latían a un mismo ritmo. No cabían los resentimientos, el poder adquisitivo no transformaba a nadie en un ser superior o inferior, nunca vi distingos en esa casa por motivos fatuos, se respetaba a todos pero sobremanera a Mamayu, la mayor de las hermanas Castro, quien era el faro familiar, casualmente la de menor poder adquisitivo.
Los primeros recuerdos de mi existencia, que vienen a mi memoria, son en esta casa, caminando por el jardín. Un día, la caja oscura donde me encontraba encerrada, se abrió y como un estallido, repentinamente salte de la nada hacia la luz del sol que se esparcía por todos lados deslumbrándome, el verdor de sus plantas, el roció que destellaba sobre las verdes hojas, sobre mí, el cielo azul con la miríada de nubes blancas como copos de algodón de formas cambiantes, típicas de Barquisimeto, me detalle a mí misma, mi vestido, estaba aquí, por primera vez tuve conciencia de mi existencia, del yo.
Este jardín fue el sitio predilecto de juego de mi niñez, pasaba horas observando la naturaleza, los pequeños reptiles, la guerra entre bachacos, las mariposas con sus alas multicolores revoloteando sobre las flores de las cayenas escarlatas. Esperaba que mis tías se acostaran a la hora de la siesta, para ir a jugar afuera, pero el chirrido del aparato ortopédico, delataba mi presencia, escuchándose por la ventana del cuarto de mi tía Ana, que daba al jardín, caminaba lentamente, con mucho cuidado, como un felino, embelesándome con la luz y el verdor, la brisa acariciando mi rostro, el olor a monte, aun hoy puedo pasar horas disfrutando un bello día, soleado o lluvioso. A veces me parece escuchar a mi tía mandándome a reposar, hábito que finalmente con los años adquirí, hoy día, soy yo la que le dice a mi nieto que se vaya a reposar.
Mi sexto cumpleaños fue la primera actividad social que organizó mi mama Helena, poco después de la llegada a esta casa, retomando las tradiciones familiares. Vinieron hasta los que no residían en Barquisimeto, asistieron mis 22 tíos y los 15 primos directos que existíamos para la época, igualmente los hijos de las hermanas de mi tío Teodoro, integrados a nuestra familia como una sola, fue una fiesta muy alegre y colorida, novedosa para mí. Uno de los asistentes fue Álvaro Méndez, dos años mayor que yo, el primer primo en fallecer en un trágico accidente de tránsito viniendo de la carretera de Pavía, famoso lugar donde se come chivo. Esto ocurrió en el año de 1971, posterior a la muerte de mi tío Enrique. Nos encontrábamos en El Toronal cuando llegaron a llevarnos la mala noticia, allí no había teléfono, tuvieron que ir personalmente, el dolor fue intenso, era aún muy joven, tenía entonces 21 años.
Luego vino el ingreso al colegio, ese mismo año, en uno cuyo nombre era Santa Ana, situado cerca de la casa, en la carrera 18 con calles 35 y 36, no lo olvidare, me impresionó conocer a las monjas, pensé que eran unos pingüinos gigantes, despertando en mi un extraño sentimiento, indescifrable para entonces. Allí estudie la primaria junto a mis primas Gisela Orozco y las Roscioli.
Viajar a El Toronal, uno de mis paseos preferidos, sería primordial para mi madre Helena, lo hicimos casi inmediatamente al regresar de Caracas, ir nuevamente a su querencia, era como un ritual que convocaba al clan, especie de iniciación mágica, realizada en esta fuente de los orígenes de la familia.
Las visitas, las fiestas y paseos entraron a formar parte de mi rutina, andar rodeada de un gran grupo familiar, lo cual no sucedía en nuestra cotidianidad en Caracas, me resultaba extraño pues estaba acostumbrada a la soledad e intimidad solo con mi madre.
Salíamos con la morocha Adelina, su esposo Martín Orozco y sus hijos, frecuentemente pasábamos los domingos en la finca Santa Ana, arrendada por mi tío, por la vía a Yaritagua, sembrada de caña de azúcar, había un tanque de agua para riego que usábamos para bañarnos, él se zambullía hasta alcanzarnos por debajo del agua para pellizcarnos ocultamente, haciéndonos creer que eran peces, gritábamos del susto, lo cual causaba mucha gracia a los adultos. También viajábamos a las playas de Boca de Aroa donde llegábamos a posadas familiares. Otras veces salíamos en el carro Volkswagen de ellos, a dar vueltas por las calles de Barquisimeto, apretados porque no cabíamos, sin embargo nos divertíamos mucho, Adelina y Helena nos exhortaban a leer los avisos de los comercios para que practicáramos la lectura, época de Bodegas y Boticas.
Una salida especial era la visita a la tía Julianita en Duaca, en la cual disfrutábamos de los relatos contados por ella, parecía que encendías un radio sintonizado en el siglo XIX. Aquellas historias de mi bisabuela Bartola, las intrigas de las corrientes políticas de los azules contra los amarillos, de godos y liberales, se grabaron en mi memoria hasta hoy día, más tarde me instaron a escribirla. Nunca olvidare a esta ancianita vestida con un camisón pulcramente blanco, su cabello totalmente blanco, las sabanas de la cama, hasta su bacinilla era blanca, todo blanco, oliendo a agua de rosas, detestaba la suciedad y los malos olores, por eso solo usaba ese color que le permitía mantener su obsesión de la limpieza, me invitaba a sentarme a su lado para que la oyera, era una extraordinaria narradora oral.
Las navidades en la casa de 37 eran otro gran acontecimiento, como un llamado de la naturaleza, se iniciaba una efervescencia que electrizaba a todos, un corre y corre, la ropa para los estreno, sacar del depósito los adornos del arbolito, comprar los ingredientes para hacer las hallacas, las bebidas, los fuegos artificiales, pintar la casa para las dos grandes reuniones del 24 y el 31, buscar las mesas, traer de las otras casas suficientes sillas. Lo más importante era llamar a todos, no pasar por alto a ningún familiar, pues era imperdonable que faltara alguien. Era una fecha que cualquier impase o diferencia quedaba olvidado.  
La llegada del niño Jesús era parte del ritual, las cartas pidiendo los regalos, siempre el encabezado era: Querido niño Jesús, este año me porte muy bien, hice todas mis tareas, a continuación se agregaba el largo listado de peticiones. Tenía una gran imaginación, fantasías infantiles como la de pedir unos enanitos de carne y hueso, de verdad, quería tener estos pequeños seres humanos, por ser imposible de complacer, llegaban otros regalos, pero entre ellos se asomaba una carta del “niño Jesús” con las razones de las fallas, no se debía jugar con seres vivos, ellos sentían y sufrían. En vista de esto, una vez se me ocurrió pedir la varita mágica, con la que se fabricaban los regalos en navidad, la idea en mi mente era hacerme lo que quisiera, casi nada, esto me caracterizó toda mi vida, aspirar siempre lo máximo, por supuesto que allí estaba nuevamente la infaltable respuesta del “niño Jesús” explicándome que no podía dármela pues se quedarían los demás niños sin regalos.
Otro recuerdo que atesoro de mi infancia vividos en este hogar donde crecí, era ver a mis tías, Ana y Roselia junto a Pepita, elaborando un vestido, volcadas sobre una gran mesa de madera redonda, semejante a la de los caballeros medievales, pero con múltiples cajones en su borde, en bajo relieve, servían para guardar fichas, pues este mueble estaba elaborado especialmente para jugar barajas, actividad que se practicaba todas las noches por mis familiares.
Esta mesa tenía múltiples personalidades, además de las dos mencionadas, servía de soporte de tortas y confites de cuanto cumpleaños se celebraban en la numerosa parentela, otras veces para almorzar informalmente los domingos, pues se encontraba en el corredor del fondo de la casa que daba a un sombreado jardín interno con árboles de mangos, aguacates, uno de níspero, hasta de semeruco y limón; también se usaba para hacer la tarea escolar o los juegos de mesa de los niños.
Cuando la utilizaban para la costura, era inundada de múltiples objetos con formas, colores y tamaños diferentes que cautivaban poderosamente mi atención, hoy día me doy cuenta que soy muy visual. La amarilla cinta métrica, que al desenrollarla revelaba su oculto secreto, contenido en las numerosas rayas negras numeradas que permitían medir los trazos; unas almohadillas cubiertas como un puercoespín, de agujas y alfileres, los alfileteros; los hilos policromos me hipnotizaban, botones de diversos tamaños y colores, cierres cortos y largos, brillantes listones de sedas, encajes, tijeras; minúsculos objetos de cristal llamados canutillos, especie de piedrecitas resplandecientes que eran una incógnita. Un espectáculo sensorial era el despliegue de la tela sobre la mesa, caía ondulando en el aire mientras desprendían un aroma a nuevo inconfundible, luego de estirarla les colocaban encima los patrones de costura, unos dibujos en papel que se compraban en la avenida 20, para ser calcados con ayuda de las tizas se marcaban unas líneas sobre ellas, que servían de guía para recortar, después de esto finalmente se llevaba a la máquina de coser, una Singer negra, instalada en un mueble especial con un pedal inferior, el cual al ser presionado con un movimiento rítmico de los pies, arrancaba el motor girando, emitiendo un chirrido característico, balanceando la aguja de coser, arriba, abajo, una y otra vez, zurciendo mágicamente las piezas de telas, nunca pude descifrar este misterio. Mi curiosidad no tenía fronteras: para que sirven esas piedrecitas tan pequeñas? Ellas me respondían que a pesar de su tamaño, al unirlos entre sí, se transformaban en lo central del traje al darle brillo y luz, un realce inigualable. Les inquiría sobre los dedales metálicos, que se colocaban en sus dedos cual casco de soldado, para que los usan? me explicaban que se protegían de los pinchazos de las agujas, pues no se debía dar puntada sin dedal para no salir herida. Mientras ellas se movían alrededor de la mesa ejecutando aquella labor, yo iba detrás preguntando: Por qué tu cortas y ella cose? Amorosamente me explicaban que cada persona nace con una habilidad especial que le permite realizar un trabajo perfecto, yo insistía en mi inquietud: Como saberlo? hija, debes descubrirlo por ti misma con el estudio y la dedicación. Crecí escuchándolas reconocer equivocaciones en la costura, volviendo sobre sus pasos para enmendar el error. Las tres en igualdad de condiciones, un equipo. Así fue que durante las calurosas tardes barquisimetanas envuelta en la mágica atmosfera de estas mujeres cosiendo, mientras esperaba a que mi madre llegara del trabajo, asistía sin saberlo a un valioso aprendizaje de vida, tales como, la importancia de la organización en equipo, el delegar tareas al que mejor lo pudiera realizar, a planificar, a tomar precauciones en los riesgos, asumir responsabilidades en las consecuencias de las tomas de decisiones, la grandioso que puede llegar a ser lo pequeño, basta colocarte en el lugar correcto para brillar; la igualdad basada en tu desempeño, reconocer los errores sin ningún complejo, ni culparse una a la otra, pues eso no conducía a ninguna parte, lo importante era corregirlos y obtener del caos existente, el objetivo deseado, que surgía poco a poco, producto de un trabajo disciplinado en conjunto, como sus vestidos, el logro de la meta planeada. Hoy día me doy cuenta que asistí a estas clases magistrales, que marcaron mi forma de ser gracias a las vivencias alrededor de esta mesa de costura de estas maravillosas mujeres.      
Helena se integraría rápidamente a su trabajo en Sanidad y conocería a Sofía Yépez, iniciando una amistad que duraría toda la vida. Con ella y sus hijas realizábamos viajes a las Colonias recreativas del Ministerio de Sanidad, la de los Teques y Catia la Mar.
Durante estos años no sentí ninguna diferencia motora con respecto a mis primos, ellos adaptaban sus juegos a mis capacidades, no corrían ni lanzaban las cosas con fuerza para que yo participara. Recuerdo a mi primo Luís Gustavo Castro persiguiéndome, el caminaba despacio como un robot para no darme alcance. Con mi primo Oswaldo Orozco, hijo de la morocha, era con quien más jugaba, éramos inseparables, hasta teníamos un idioma propio que solo entendíamos nosotros, juntos inventábamos tremenduras, en unas navidades, accidentalmente con una estrella de bengala, le quemamos el vestido de mi prima María Elena Castro, que era muy llorona y se formó tremendo escándalo, por eso nos castigaron, que consistía en separarnos, ya habíamos volados todas las flores de cayena a punta de traquitraqui. Recuerdo una vez, estando hospitalizada en Caracas, mi mamá Helena me preguntó si había algo que quisiera que me llevara, le dije que sí, quería ver a Oswaldo, pues me hacía mucha falta. Mi vida, a pesar de mis diferencias funcionales, como se dice hoy en día a los discapacitados, fue la de una niña común y corriente.
A la edad de 9 años en 1961 hice la Primera Comunión, hasta esta fecha no había caído en cuenta de la existencia del pecado, solo conocía las rubieras o pequeños desastres, que merecían un regaño o un castigo leve, según la gravedad del asunto, pero terminábamos siendo perdonados por nuestros padres o tíos. La existencia de un pecado mortal por el cual el hombre había perdido el derecho a la vida eterna, me sorprendió, no lograba imaginar que podía ser tan malo para merecer un castigo tan radical, así que cuando llego la hora de la confesión de mis pecados mortales, requisito entonces para poder comulgar, no encontraba que decir, buscaba en mi interior algo muy serio, tan grave que mereciera tal calificativo y no lo descubría. Mi alma sabía que no lo había cometido. Lo peor fue cuando llegue al confesionario y el padre que me iba a escuchar estaba oculto detrás de una ventanilla, esto me pareció extraño, mi mama Helena cuando me “confesaba” de una tremendura lo hacía mirándome a los ojos, siempre me explicaba que esa era la ventana al alma, no podías mentir si te estaban mirando a los ojos. Por este principio inculcado, le pedí al padre confesarme mirándonos la cara, esta petición le extraño.
Nuevamente fui internada en el Hospital Ortopédico Infantil, después de la primera comunión, perdí el segundo grado a pesar de que en el hospital existía una escuela, el colegio no reconoció lo cursado allí. Mi mama Helena me visitaba cada 15 días pues no había necesidad de que los familiares estuvieran todos los días, el hospital suministraba los cuidados, incluso la ropa de cama y la personal, que era una bata azul. Nos daban un vaso de jugo de naranja en la mañana y uno de chocolate caliente con pan dulce en la noche, estábamos bien atendidos. Era la Venezuela del progreso.
Luego, en 1962 ocurrió la muerte trágica de mi tío Martín, fue la primera perdida de un familiar adulto de la que tuve conciencia, cuando mi abuelo Pancho falleció en 1955 estaba hospitalizada, era apenas una niña de 3 años, para darme cuenta. Durante ese año las hermanas Castro se dedicaron a la recuperación de la morocha Adelina. Mi tía Ana se la trajo a su casa, donde permaneció un año. La 37 se convirtió en un constante ir y venir de caldos de gallina, ponche caliente con papelón, visitas a diario de toda la familia a colaborar. Gisela también se vino con mi tía, luego cuando su madre se restableció, con ayuda económica de sus hermanos, alquilo una casa cerca da allí, pero Gisela no quiso dejar la 37, aquí se sentía segura, se fue cuando se casó.
En la casa de la 37 nos sentábamos a la mesa no menos de diez personas diariamente, recuerdo que era de mal comer, pero un gato pícaro me ayudaba, le pasaba los alimentos por debajo de la mesa, donde estratégicamente se colocaba el felino, también la muchacha encargada de cuidarme, colaboraba, engordaba ella y yo seguía flaca, por esto mi mama Helena se percató, despidiéndola. Nunca olvidare a Pepita con los huevos tibios que me preparaba nadando en bastante mantequilla, caminando detrás de mí con la cuchara en la mano para dármelo, mientras yo huía, entonces ella me amenazaba con no dejarme meter el dedo en la masa cruda de las tortas que ella elaboraba, cosa que me gustaba por su dulce sabor, su chantaje era efectivo, finalmente comía.   
Cuando tenía 11 años fue los quince años de mi prima María Elena, se celebraron aquí en 1963, mi vestido me encantaba por los colores pasteles del arco iris, pero me realizaron un peinado que no me gustaba por lo cual anduve con una cara de cañón. Esta fiesta fue grandiosa, vino a maquillar a mis tías y primas, un pariente que se había convertido en un famoso estilista, Francisco Paredes, el que fuera pajecito de la boda de la prima Haydee junto a mi prima Gisela, conocido en el mundo artístico como Françoise Paredes, moriría de una extraña enfermedad, después en mi estudios de medicina, me daría cuenta que había sido de los primeros casos de la estigmatizada enfermedad del Sida, por eso el misterio. 
Mi mama Helena en 1964, se compra su primer carro, un Opel, me sentía muy feliz cuando llegaba a buscarme al colegio pues ya no tendría que irme a pie. A partir de ese momento retomamos nuestros paseos nuevamente con mis primos, estos se habían reducido por la pérdida del carro en el accidente que ocasionó la muerte de mi tío Martín Orozco. Lo primero que hicimos fue ir a El Toronal manejando mi mama, en ese viaje cuando pasamos un tramo del camino boscoso, accidentalmente matamos un cunaguaro que al saltar de un árbol cayo sobre nuestro carro.
En este carro, manejando mi primo Martín Enrique Orozco, a quien mi mama quería como un hijo, me llevaban a las consultas médicas a Caracas, también se lo prestaba para que saliera con su novia, yo sentía celos de esto.
En 1964 fui operada por segunda vez de la columna para darle estabilidad y corregir la escoliosis, una desviación debido a la polio. Durante casi un año estuve con un yeso desde la barbilla hasta la cadera. Mi niñez transcurrió entre intervenciones quirúrgica: de la columna, de la pierna izquierda, de la rodilla derecha, de la mano izquierda, cirugías realizadas por el Dr. Alfredo Coronil Ravelo, especialista en traumatología ortopédica, sus pacientes lo llamábamos papi Coronil, mi admiración hacia fue otro marcador en mi vida. Por esto repetí cuarto grado pues no lo curse regularmente. Era el segundo grado que repetía en el colegio Santa Ana. Había iniciado mis estudios de primaria de 6 años en 1958, culminé 8 años después en 1967, por la poca comprensión y apoyo de las monjas, recuerdo que hasta 5to grado era muy retraída, demostraba poco interés en los estudios, había llegado a creer en que era imposible desempeñarme escolarmente, recuerdo a mi madre tratando de estimularme, me compraba libros, un pupitre para hacer las tareas en el jardín que tanto me gustaba, me ayudaba en hacer los dibujos de las tareas, nunca tenía el cuaderno presentable para fin de año, ella me ofrecía premios pero era difícil de complacer, no me gustaban las chucherías ni los juguetes solo me llamaba la atención los animales, finalmente, un día, cuando pase para 6to grado, caí en cuenta que todo estaba en mí, que lo podía lograr, finalmente desperté de ese mundo de pesimismo, me propuse salir adelante. Mis notas subieron de un promedio académico de entre 9 o 10 puntos hasta entonces, a 17 ese último año, a pesar de esto las monjas no creyeron que este rendimiento fuera genuino. Los pronósticos que le participaron a mi mama Helena, era que estaba incapacitada mentalmente para continuar mi escolaridad, le recomendaron inscribirme en cursos de cocina o bordado. Por supuesto mi mama Helena no siguió sus sugerencias, por consejo de su compañero de trabajo, pariente por parte de mi padre, el Dr. Humberto Cordido, me inscribió en un colegio mixto, opinaba que los sacerdotes eran más humanos que las monjas y así se inició mi adolescencia.








jueves, 14 de junio de 2018

Capítulo 59: Polio y dictadura.


Helena viviría en Caracas siete años, en ellos vería el inicio y también la caída del dictador Pérez Jiménez, sumergida en sucesos tanto políticos como sociales dentro de un auge económico sin precedentes en el país. En los tres primeros años de su retorno se daría inicio y culminación de la construcción de las monumentales torres de El Silencio, la puesta en marcha de la televisión, la muerte de Evita Perón, el nacimiento de su única hija, el asesinato de Leonardo Ruiz Pineda, la convocatoria por parte de la dictadura a unas elecciones, el triunfo inesperado de Jóvito Villalba y su desconocimiento, la dictadura de Pérez Jiménez con su feroz represión, mientras por otro lado surgía la orquesta la Billo con sus éxitos presentados en el club El Paraíso de furor en esos días, la gira del modista Cristian Dior al Tamanaco donde exhibiría su colección de ropa femenina, un mosaico contradictorio. En este lapso mis padres se separan definitivamente.
Helena, a pesar de estos turbulentos acontecimientos, mantiene un entorno cotidiano alrededor de su pequeña hija evitando que afectaran sus vidas, anima juegos infantiles, realiza visitas a los abuelos paternos, va a paseos a la playa, participa en las fiestas de carnaval en las plazas de la ciudad, pero también propicia la integración con la familia en Barquisimeto.
En 1955 la pandemia de poliomielitis que recorría el mundo entero, afectaría a la población infantil de Venezuela. Helena recuerda que la primera vacuna en salir al mercado, apenas en abril de ese año, conocida como Salk, de  aplicación intramuscular, no era confiable y el pediatra que me controlaba le recomendó esperar pues se comentaba la existencia de varios casos de parálisis en los primeros niños que les fue aplicada, como ella trabajaba en Sanidad estaba al corriente de estas dudas. Grandes estrellas de Hollywood participan en campañas de lucha contra la polio, entre ellas Elvis Presley promociona la vacunación y Marilyn Monroe presta su imagen para la Marcha de los Dimes (moneda de 10 centavos) con el fin de recolectar fondos para la rehabilitación de las secuelas motoras en niños pobres. A principios de los 1960s la Salk sería reemplazada por la vacuna Sabin oral.
Termina el mes de Julio con la celebración de mi tercer cumpleaños, se cerraba un ciclo para abrir uno nuevo.
Un día a finales del 55, un llanto despierta a Helena en la oscuridad de la noche, se levanta con un sobresalto que le ahoga el pecho, se coloca apresuradamente las pantuflas dirigiéndose a la habitación donde dormía su hija, tenía fiebre alta, intensos dolores musculares, no podía tocarla porque se quejaba, estaba muy decaída, ante lo serio del cuadro, mi madre despierta a la señora Genoveva y a su esposo quienes la trasladan al médico. Al principio el diagnostico fue meningitis, pero la realidad era otra, se trataba de la epidemia de parálisis flácida o poliomielitis. Los médicos le explican que esta enfermedad no producía incapacidad mental como la meningitis, trataban de consolarla. Fui internada de emergencia en el Hospital Antipoliomielítico de Caracas, conocido a partir de 1956 como Hospital Ortopédico Infantil donde permanecí en estado crítico, en terapia intensiva, conectada a un respirador o pulmón artificial como lo denominaban en esa época, era una especie de tubo metálico donde colocaban al paciente con insuficiencia respiratoria debido a la afectación de los músculos respiratorios. A un hermano de mi papa, Mario, que acompañaba a Helena, el médico le participa que ante la gravedad de mi cuadro debían prepararse para lo peor, ante esta noticia ella se refugia en la devoción que sentía por la Virgen del Carmen, se dirige a una capilla donde de rodillas con la cabeza cubierta con una mantilla ruega por la vida de su hija, ofrece su vida a cambio.
Al llegar a la puerta de la sala donde estaba hospitalizada su hija, sale el Dr Alfredo Coronil, médico tratante quien le informa que la niña estaba fuera de peligro. En pocos días comenzaremos con la rehabilitación integral, para eso debemos dejarla aquí en el hospital un tiempo. Esta institución estaba dotada con una escuela para los niños hospitalizados, con medicinas, insumos, ropa tanto al paciente como de cama, los familiares no tenían que llevar nada, solo daban apoyo moral. Las enfermeras nos despertaban a primera hora de la mañana para tomarnos la temperatura, nos atendían las 24 horas del día, nos bañaban, cambiaban las sabanas de las camas, nos vestían con una bata azul, hacían las curas y suministraban el tratamiento. A media mañana repartían un vaso de jugo de naranja y antes de dormir una taza de chocolate caliente con un pan. Ningún familiar tenía que dormir en sillas o en los pasillos para estar pendientes de los pacientes, esto no ocurría.
En diciembre de ese año Eligio Anzola es trasladado del campo de concentración de Ciudad Bolívar a Caracas para ser expatriado con destino a Brasil, es nombrado oficialmente Secretario General, cargo que ocupa hasta el 23 de enero de 1958. Mi padre se radica definitivamente en San Juan de Los Morros, un lugar donde su pasado político era desconocido, estaba seguro.
Los años de 1955 a 1958, mi mamá Helena los pasa en un ir y venir al hospital, rige la dictadura de Pérez Jiménez, ella recuerda que una vez llegando a visitarme, llovía torrencialmente y le pidió al chofer del autobús que la dejara frente a la entrada del hospital para no mojarse, a lo cual le contesto que no podía, pues allí no había parada y lo multaban si lo hacía, hasta la licencia de manejar se la quitaban, por ende se quedaba sin trabajo.
Así transcurren estos años, ocupada solamente por mi larga recuperación, cosa que ya era suficiente. Pepita quien se había venido a vivir con nosotras, se regresaría a Barquisimeto. Queda sola en la gran ciudad, se dice a si misma que no permitiría que la adversidad la sometiera, se propone superar los obstáculos uno a uno, día a día, surge la antorcha que brilla, la Helena con herencia de guerrera. 
Fueron años duros para ella, la muerte de su padre, mi abuelo Pancho, ocurre casi simultáneamente con mi enfermedad y su divorcio. Los años de juventud despreocupada habían quedado atrás. Su rostro comenzaría a mostrar las huellas de la vida.
Al ser dada de alta dos años después, con los aparatos ortopédicos adaptados, con dos pares de zapatos, uno blanco y otro negro, totalmente gratuitos, ya rehabilitada para retomar la vida cotidiana, sucedería otro peligroso acontecimiento político, impulsando a Helena a irse definitivamente de Caracas, dejar atrás su sueño de vivir en la gran ciudad, cambiar de rumbo, regresar con sus hermanas, a su ciudad natal, Barquisimeto.  
Era plena navidad de 1957, Helena pendiente de las ofertas para comprar el niño Jesús para su hija, que nuevamente vive con ella, tiene encendida la radio, escucha Radio Cultura y su programa el Hit Parade, que trasmite una canción de la Sonora Caracas, cuando repentinamente interrumpen la programación para anunciar los resultados de la consulta popular realizada apenas unos días atrás, el 15 de diciembre, según había triunfado Pérez Jiménez quien regirá un nuevo periodo de gobierno, igualmente se ratificaban a todos sus candidatos al Congreso Nacional, Asambleas Legislativas, Estadales y Concejos Municipales. Todo el poder en sus manos. La noticia no  despierta en Helena ninguna sorpresa, como empleada pública sabía que eso sucedería.   
Pérez Jiménez había impulsado una consulta popular o  plebiscito buscando cubrirse de legalidad de origen. Según la constitución, al vencerse el periodo de gobierno, debían celebrarse elecciones directas, secretas y universales con la participación de diversos candidatos, a sabienda que perdería la contienda tal cual estaban establecidas en la ley, decide cambiarlas por una no prevista en la constitución. El problema del dictador era que se había visto obligado a robarle el sorpresivo triunfo electoral a Jóvito Villalba, para obtener el poder del periodo que culminaba ese año, esto generó una inestabilidad política que lograría obviar gracias a una brutal represión realizada por la policía política conocida como Seguridad Nacional, además los altos precios del petróleo lo habían favorecido al mantener al país en un alto desarrollo económico. Pero la férrea oposición a su Gobierno de parte de la Junta Patriótica, integrada por los partidos opositores AD, COPEI, PCV y URD serían un elemento perturbador, necesitaba ganar unas elecciones que le dieran visos de constitucionalidad ante el nivel internacional, por eso inventa el plebiscito, que si podía manipular lo que no logró hacer con las elecciones anteriores, no podía correr riesgos. Los partidos opositores alegaban que este mecanismo carecía de legalidad, denunciaban además que los resultados estaban arreglados, que los empleados públicos eran amenazados para votar por el Si, por lo que llaman a la población a no participar.
Helena, que esas navidades eran su séptimo año en la ciudad, sería testigo de excepción pues trabajaba en el Ministerio de Sanidad y Asistencia Social desde hacía 12 años, siendo su único ingreso, vital para los gastos que ameritaba su hija en la recuperación de las secuelas de la polio, había sido dada de alta con un diagnóstico de una cuadriplejia, afectación a las cuatro extremidades de manera asimétrica. Ella me contaba que el voto se implementó mediante dos papeletas, una con el SI y la otra con un NO, se las entregaban al entrar a la mesa de votación, debidamente sellada por el órgano electoral para no ser falsificadas, el elector introducía la elegida en la caja correspondiente y la otra, estaban autorizados llevársela, esto permitió a la dictadura el control del voto, pues los empleados públicos debían entregar la papeleta con el NO en la entrada del trabajo a la mañana siguiente o de lo contrario eran despedidos, mi madre me confesó, que aun en contra de su voluntad y principios, voto SI, no tenía otra salida, su trabajo le era vital.    
A pesar de los sobornos, la represión y amenazas, ganaba el SI, negándose los miembros del órgano comicial, por la presión del régimen a alterar los resultados, prefirieron renunciar en masa, lo que obliga a ser sustituidos por uno nuevo, nombrado en pleno proceso de conteo de votos, quienes cambian los resultados del No por el SI a favor de la dictadura.
A pesar del agitado clima y el rechazo general, Marcos Pérez Jiménez fue confirmado el 20 de diciembre de 1957 nuevamente como presidente. La acción civil de políticos y estudiantes en contra no sería en vano, los sucesos del fraudulento proceso electoral aumentaron el descontento nacional hacia el gobierno, terminando en los eventos del 23 de Enero de 1958, que sacaron a Pérez Jiménez del poder y del país, huyendo una madrugada a bordo de la histórica Vaca Sagrada.
Posterior a estos sucesos nos quedamos unos meses viviendo en Caracas, mientras le otorgaban el traslado que había solicitado para regresar a Barquisimeto, necesitaba el apoyo familiar. Este le fue concedido en los inicio de la democracia, Helena se iría definitivamente de la cosmopolita Caracas.
Sentíamos que poco a poco recuperábamos la felicidad pérdida y que todo volvía a la normalidad de antes, Helena y su hija nuevamente sonreirían, ante ellas estaban nuevos retos por vencer.
Comenzábamos otra etapa en nuestras vidas, con nuevas emociones para ambas, Helena extrañaría la capital con todo su calidoscopio cultural donde nadie se ocupaba de la vida de los demás, no existían los escándalos típicos de los pueblos del interior y la mujer tenía iguales derechos que el hombre o tal vez era una apariencia pero no se escandalizaban.
Mi mama Helena se dedicaría a recuperar la relación madre-hija algo distanciada por la larga separación de tres años, yo extrañaba la enfermera Andreína que me había cuidado en el Hospital todo ese tiempo. A mediados de ese año, en mi sexto cumpleaños estábamos en la casa de la 37, de mi tía Ana y tío Teodoro.
A partir de entonces se ocuparía que su hija fuera una persona común y corriente, normal, no una especial a quien había que tener consideraciones. Mis tíos, primos, Pepita y ella conformarían un entorno donde yo sentía que era una más, igual a todos. Nunca permitió que me sintiera minusválida, suplía mis menoscabos motores cubriéndolos sin que nadie lo notara, cuando le preguntaba si podía hacer algo, respondía ¡claro que sí, querer es poder!   



















martes, 8 de mayo de 2018

Capítulo 58 Siete años en Caracas. (Amores en tiempo de dictadura)

Helena entra a Caracas, una bucólica ciudad que abarcaba de Catia a Petare con un poco más de 700.000 habitantes, su paisaje de sauces a orillas del Guaire le anuncia la llegada. El río de cristalinas aguas se deslizaba entre estos esbeltos y gráciles árboles, herencia de los fundadores españoles. Abre el neceser para extraer un labial rojo, se delinea los labios mientras hace unas muecas con la boca para darle uniformidad a la pintura, nota que un hombre la mira, indiferente acomoda su cabello quitándose la pañoleta que trae para protegerlo del polvo y se coloca unos zarcillos, al levantarse del asiento estira la falda que traía puesta y endereza el suéter sobre su cadera. Al descender del autobús, llevando en una mano su cartera y neceser en la otra, es sorprendida por una suave brisa que le acaricia el rostro, siente que la ciudad la reconoce, te esperaba… le susurra, una promesa realizada hacia 4 años. Era el mes de septiembre de 1951, Vicente con quien mantenía una relación amorosa, la espera meditabundo, en cambio ella estaba alegre, su rostro irradiaba una intensa felicidad, ya vengo voy a buscar mi maleta, le dice, el caballerosamente le responde, no, espera aquí, yo voy. Lo ve venir con el cuadrado equipaje de color marrón, ella lo había identificado con una etiqueta con su nombre. Detente ahí, por favor, tómame una fotografía en estos sauces, para tener un recuerdo de mi llegada, sin saber las experiencias de vida esquivadas hasta ese momento, finalmente la alcanzarían, su existencia daría un doloroso giro en aquella urbe cosmopolita.
Durante el recorrido hacia su nuevo hogar en el Ford 200 convertible, observa asombrada los vertiginosos cambios de Caracas, su transformación ocurría día a día, parecía viva, múltiples inmuebles demolidos total o parcialmente, en el casco de la ciudad, las calles y aceras se habían ampliado, sus adoquines sustituidos por largas serpientes de asfalto. El conjunto residencial de El Silencio habitado, el populoso mercado de Quinta Crespo y la Av Baralt en constante construcción, allí se ubicarían la torres gemelas de El Silencio con más de 100 metros de alturas, conocidas luego como Centro Simón Bolívar, una actividad febril como nunca antes visto, conocía la ciudad,  la descifraba, allí viviría los siguientes siete años.
Vicente le explica lo que sucedía en lo político, percibía la renuencia de ella hacia este tema, así que le hace un resumen, le dice que a pesar de que quien detenta supuestamente el poder, es el civil Suarez Flamerich, presidente asignado desde el asesinato de Delgado Chalbaud el año anterior, iniciándose con algunas expectativas de cambios políticos, en realidad los auténticos dueños del poder son los golpistas Pérez Jiménez y Llovera Páez, devenidos en dictadura, incrementando la persecución policial contra los dirigentes políticos de Acción Democrática y el Partido Comunista, nuevamente proscritos por un decreto de este gobernante. La situación se había agravado con el recién nombramiento de Pedro Estrada, hacía apenas tres meses, como director de la Seguridad Nacional, incrementando la represión, la tortura y los asesinatos, sometiendo de esta forma a la población. Los primeros presos políticos, 446 detenidos, son enviados al campo de concentración de Guasina, en el Delta del Orinoco, obligados a trabajos forzados, sin ninguna atención médica ni sanitaria. Solo quedan habilitados COPEI y URD representando a la oposición, únicos partidos permitidos por la dictadura. Al pasar por el Club Paraíso, se escucha una música, la orquesta Billos estrenaba sus nuevas canciones que se convertirían en éxitos. Venezuela era contradictoria e impredecible.
Son tiempos muy peligrosos, señala el hombre. Ella lo mira, hace un gesto preguntándole ¿Qué tiene que ver eso con nosotros?, tú no eres político ni yo tampoco. El revela lo que realmente le atemorizaba, el dirigente político Eligio Anzola, en la clandestinidad, estaba dedicado a reagrupar a su proscrito partido, destacándose por esta actividad, por lo que era también un perseguido político del régimen y por ende ponía en alto riesgo a Vicente, quien había fungido como secretario personal de su gobierno, debía cuidarse, no llamar la atención, alejarse de su familia, razón por la que no estaba de acuerdo con la mudanza de ella en ese momento. Helena le explica que ya había solicitado su traslado desde antes de eso, a través de un cambio mutuo y la otra higienista se había ido ya de Caracas, no podía echarse para atrás. No le dice que tampoco quería hacerlo. Así comienza su vida amorosa como pareja, en la clandestinidad.  
En noviembre de 1951, en este ambiente de incertidumbre, se entera que está embarazada, así que Vicente y Helena contraen matrimonio en una ceremonia privada, solo ellos dos, pensando que pronto la situación mejoraría, sin embargo seria una azarosa corta vida de casados, él no podía ejercer su profesión por temor de ser apresado, lo hacía en forma itinerante, eventual. El aporte económico lo realizaba ella con su trabajo en Sanidad, permitiéndole cubrir los gastos donde vivían, una pequeña habitación en una pensión, situación que molestaba a aquel joven profesional, ser mantenido por una mujer era vergonzoso para un hombre, se profundizan las desavenencias ya existentes entre ellos.
Llega el año de 1952 y así el 30 de julio, Helena da a luz a su hija Anahelena, en la espléndida Maternidad Concepción Palacio, emblema del pujante país en materia de atención médica a la mujer, enfermeras con sus cofias blancas pululaban por sus brillantes pasillos, ese año ocurrían un mosaico de sucesos, se iniciaba la televisión en Venezuela y a nivel internacional. a escasos 4 días, había ocurrido la muerte de Evita Perón en Argentina. Ambas mujeres eran de la misma edad, nacidas en 1919, pero la política jugaba papeles opuestos en sus vidas. Helena huía de todo lo que representaba esta actividad, por varias razones, conocía las tragedias de su abuela Bartola y su padre por culpa de la política, pero la más importante era por ser un obstáculo entre ella y su amado, una especie de rival invisible que los separaba. En cambio para Evita, jugar este papel era la forma de atraer a su marido, motorizaba a Perón, lo impulsaba a la gloria, pero como siempre la vida da giros inesperados y un día se le detecta un cáncer terminal, sin embargo su imagen era imprescindible en la campaña de re-elección presidencial, así que su entorno decide envolver este hecho en el secretismo, se prohíbe que el pueblo se entere de su enfermedad, era la que arrastraba las masas al ser idolatrada con locura, este carisma de ella logra que Perón resulte electo para un segundo gobierno. Apenas a un mes de fallecer, da un mitin junto a su marido para agradecer al pueblo el apoyo, lo que el público desconocía es que para poder salir al balcón se le fabricó un podio especial con una armazón de metal para sostenerla, evitando así que se notara su minusvalía para mantenerse de pie, sumado a esto le habían realizado una lobotomía, que era la extirpación de una parte del cerebro para que no sintiera el dolor y no lo reflejara en su rostro, su imagen era una leyenda, había que preservarla.
En esta atmósfera llegue al mundo. Vienen a conocerme a Caracas, Pepita y mi tía Ana, Helena se sentía realizada, plena, un hijo era el amor infinito, equivalente al estallido de una supernova, su intensidad opacaba los demás amores. Pero el destino continuaba como un río indetenible, a finales de ese año ocurren dos acontecimientos, el primero, el asesinato de Leonardo Ruiz Pineda, Secretario de Organización de AD, el 21 de octubre, resaltando aún más la figura de Eligio Anzola como principal en la resistencia. El segundo, apenas a unos días del asesinato, ante el escándalo por lo sucedido, queriendo obtener legitimidad, el gobierno convoca a unas elecciones a realizarse en un mes, y lanzan su partido, el Frente Electoral Independiente (FEI). A pesar de los riesgos, URD y COPEI deciden participar, la campaña transcurre con ventajismo gubernamental, represión y dos conatos de insurrección. Los militares usan el control de la economía y el miedo como estrategias políticas para obtener los votos. Están seguros de lograrlo. Es el mes de noviembre de 1952.
Helena se mantiene al margen, no participa ni opina de política, se dedica a su hija y su trabajo, mi padre Vicente vivía en la clandestinidad, oculto, separado de familiares y amigos donde pudiera ser localizado, incluso de Helena. Un día mientras camina apresuradamente por una calle de Caracas de regreso del trabajo, una multitud que viene en sentido contrario sorprenden a Helena, algo preocupada pregunta, ¿Qué ocurre?, una respuesta es lanzada desde las entrañas de aquella vorágine, señora, vamos al Nuevo Circo, Ella insiste ¿Pero, qué pasa allí? Surge otra voz de la masa anónima, corremos para llegar a tiempo de escuchar a Jóvito Villalba. Girando sobre sus talones voltea y los increpa, ante que desaparezcan en la esquina, ¿Quién es ese señor? Como una estela difuminándose alcanza a oír, no sabemos, señora, pero dicen que va a luchar contra la dictadura y eso basta, venga con nosotros, le solicitan desde la lejanía, ella exclama: no puedo, mi hija me espera. Retoma su camino, mientas se pregunta ¿Qué podía pasar si solo faltan tres días para las elecciones y en su trabajo se comentaba que ganaría el FEI?, un presagio la cubre.
Era el 27 de noviembre, URD hasta ese momento ubicado en el último lugar de preferencia del electorado, había convocado a un mitin en el Nuevo Circo, sorpresivamente la participación es masiva, a pesar del miedo, un subterráneo clamor se abre paso, el rechazo hacia la dictadura se evidencia, ese día Jóvito Villalba, un desconocido político, capta el sentir del momento, lo interpreta e inesperadamente asume el liderazgo convirtiéndose en un fenómeno avasallador, un cisne negro, al ver esto los únicos dos partidos legales que estaban presentes, deciden apoyarlo en un solo bloque, será el único candidato de la oposición para la contienda electoral. Desde el exilio, AD ordena la abstención a su militancia con el fin de dejar al descubierto la ilegalidad del proceso electoral. 
Es la noche del 30 de noviembre, mi madre celebraba mis 4 meses de nacida, repentinamente la radio transmite una noticia de última hora, Jóvito Villalba resulta vencedor de las elecciones, obteniendo la mayoría en la asamblea constituyente, correspondiéndole ser Presidente de la República. La prensa internacional se hace eco de la información. El Alto Mando Militar es sorprendido con estos resultados, confiaban en que los sobornos, las persecuciones, los asesinatos, las torturas doblegarían al  pueblo, además URD no era un partido popular ni su líder era conocido, era imposible que ganara. Pero contra todo pronóstico esto sucedió, el 1 de diciembre se ven obligados a suspender el conteo de votos, alterar los resultados.
Ante estas irregularidades, en un destello de dignidad Germán Suárez Flamerich junto a la junta gobernante, renuncia en pleno. Al día siguiente, el 2 de diciembre, es anunciado que el FEI es el ganador y Marcos Pérez Jiménez, presidente provisional del país. 
A mi escaza edad vivía este difícil momento cuando el triunfo político de la sociedad civil fue desconocido, apenas un mes después, en diciembre, la nueva asamblea nacional constituyente, que surgió de los resultados alterados, nombra a Marcos Pérez Jiménez presidente constitucional para el periodo de 1953 a 1958. La vida amorosa de mis padres estaba condenada, el panorama político los arrastraba inexorablemente. Las esperanzas de un cambio estaban muertas. Así comenzaba mi vida.
Arranca el año de 1953 con la instalación, el 9 de enero del gobierno fraudulento, el país estaba abiertamente bajo una dictadura militar, apenas transcurrido 9 días de su instalación se desenmascaran, en una emboscada detienen a Alberto Carnevali, Secretario General de AD, buscan afanosamente a los otros líderes de la resistencia, persecución, allanamientos, delaciones.
Mi madre acababa de llegar de Barquisimeto donde había sido bautizada en la iglesia de Nuestra Señora de San Juan, estaba mostrándole las fotos a Vicente, esta es para ti, le dice mientras le coloca una de ellas en la mesa, el hombre la observa mientras le aclara, vine un momento, las cosas en la calle están muy peligrosas, era el 25 de abril de 1953, ella le sirve un café y una parte del líquido salpica su mano, parecía un mal augurio, Vicente saca un pañuelo de su bolsillo y se la limpia, la sostiene firmemente, los recuerdos vienen, ambos se miran intensamente, van a decirse algo cuando repentinamente tocan el timbre insistentemente. Esta vez es él quien retira la mano. Alguien abre la puerta entrando su hermano, venía sudoroso, al verlo exclama, gracias a Dios te encontré. Portaba graves noticias. Eligio Anzola Anzola, encontrándose en El Paraíso cerca de El Pinar, dentro de un vehículo donde se desplazaba, había recibido varias descarga de ametralladora, logrando detenerlo y trasladado a los calabozos de la Seguridad Nacional donde es sometido a torturas, le destrozaron los dientes, le fue astillado el coxis, entre otras cosas, lo interrogaban sobre sus contactos.
Era apenas una niña de 9 meses de nacida durante estos acontecimientos que representaban un gran peligro para mi padre Vicente, la familia Cordido ante el temor de que por la tortura realizada a su amigo saliera su nombre a relucir, deciden sacarlo de Caracas cuanto antes, no estaba seguro ni en su natal Yaracuy donde se había ocultado varias veces, por lo que uno de los hermanos de Vicente con un contacto le consigue albergue en San Juan de los Morros, estado Guárico, allí estaba la Penitenciaria General, cárcel del régimen para los presos políticos, no lo buscarían en ese lugar. Los acontecimientos ocurrían en las ciudades principales, no en los pueblos. Otra vez la despedida, Helena lo ve salir, se da cuenta que el no se llevo la fotografía, allí estaba sobre la mesa como anunciando que esta será definitiva. Pasarían 30 años.
Continúan las persecuciones, Eligio Anzola sería trasladado a la Cárcel Modelo de Caracas, donde se encuentra su esposa también detenida, Hortensia Millán Bruzual de Anzola. A mediados de año, Pinto Salinas quien se encontraba en el estado Falcón, en un intento por salir del país, es delatado, apresado y asesinado. Un mes antes había fallecido Carnevali en la penitenciaria de San Juan de Los Morros, negándole la atención medica de un cáncer, los intensos dolores padecidos sin recibir medicamentos para aliviarlos fueron cruentos, muy diferente a los cuidados dados a Evita Perón. En octubre de ese año, Christian Dior presentaría su última colección en el Hotel Tamanaco, su estancia en el país causó un gran revuelo, toda venezolana que se considerara elegante lucía la moda propuesta por este famoso diseñador y, Helena era una de ellas. La dictadura se iniciaba con Dior, un país contradictorio, tortura, moda y las canciones de la orquesta Billo se superponían. 
Al llegar el mes de julio aprendía a caminar dando mis primeros pasos mientras planeábamos viajar nuevamente a Barquisimeto, el primer viaje fue en abril cuando mi bautizo realizado junto a mi prima Gisela Orozco, hija de la morocha Adelina, ambas de acuerdo para ello, ya que Martín y ella serían mis padrinos, a este festejo asistirían todos los primos nacidos para ese año, éramos 11 niños, la familia estaba en plena explosión demográfica al igual que el país. La recién inaugurada casa de la 37 en donde ya se habían celebrado dos acontecimientos familiares, el primero, el matrimonio de mi tía Rosario, el segundo, los dos bautizos, y el tercero seria el matrimonio de la prima Haydee Ramírez que fue el 18 de julio aprovechando para celebrar mi primer cumpleaños en compañía de mis tíos y primos el 30 de ese mismo mes.
En Caracas, Helena intenta hacer una vida lo más normal posible, ella a trabajar y yo a la vida de juegos. La versión oficial de la ausencia de mi padre era que había conocido una hija de un militar, enamorándola hasta llegar al compromiso matrimonial, forzado por el padre de la muchacha, que deseaba tenerlo de yerno por ser un buen candidato, de concretarse sería bigamia, un hecho desconocido por el que seria su futuro suegro, un grave delito, por lo que su hermano, también abogado, fue a conversar con el alto funcionario a explicarle que Vicente era casado y tenía una hija por lo tanto no podía hacerlo nuevamente. El padre de la novia se enfurece amenazando de muerte a Vicente, por lo que tuvieron que sacarlo de Caracas clandestinamente. Una historia muy conveniente que evitaba las explicaciones sobre la relación de Vicente con Eligio Anzola y las posibles repercusiones políticas sobre Helena. 
Mi madre Helena no le daba entrada a la decepción, éramos felices, como cualquier familia, en Barquisimeto pasearíamos a la granja de mi tío Paíno en las afuera de la ciudad, lo cual me gustaba mucho pues allí me bañaban al aire libre con agua de una manguera y una ponchera. Me llevaría a El Toronal, lugar donde ella había nacido, a conocer a mi abuelo Pancho Castro y entrar en contacto con mis ancestros, una especie de bautizo en las tradiciones de donde fluía la identidad familiar, era necesario bañarse en la sombra del cují donde realizaba las ofrendas la bisabuela Bartola. 
En 1954 vivíamos en Dos Pilitas a Panteón 25 en la pensión de la señora Genoveva la cual alquilaba habitaciones, íbamos con frecuencia las playas de Catia La Mar acompañadas de la familia de ella, se convertiría en una gran amiga de mi mama Helena y le daría apoyo en sus conflictos emocionales.  Ese año se deslizaba entre viajes a Barquisimeto, las fiestas de carnaval celebradas en las plazas de Caracas y múltiples juegos. Uno de mis recuerdos eran las visitas a los abuelos paternos, su casa en el Country, me gustaba mucho por sus jardines y caminerías, su escalera de caracol con ventanales de vidrios de color. Esta propiedad era tan extensa, que mi abuelo Ricardo sembraba allí para entretenerse y nos regalaba parte de su cosecha. Llega mi segundo cumpleaños, lo celebramos usando el mismo disfraz de saranda que me encantaba, con el cual había competido en un concurso de disfraces en los carnavales de ese año. 
Entra el año de 1955, transcurría apaciblemente, en junio viajamos nuevamente a Barquisimeto a visitar a mis tías y al abuelo Pancho quien estaba muy enfermo, recibiríamos una invitación a la playa con Margot, hermana de mi tío Teodoro, el mar despertaba sentimientos contradictorios, me gustaba mucho pero le temía a su inmensidad, recuerdo bañarme encaramada en mi madre agarrada de su cuello fuertemente, ella me explicaba que no había razón para tener miedo mientras tomaba agua de mar con sus manos, mostrándomelo y mojando mi cabeza suavemente.  Al regresar a Caracas mi mama Helena celebraría mi tercer cumpleaños, es el mes de julio, sin saberlo se acercaban tres tormentas a su vida, la primera sería la de su vida amorosa. Estábamos desconectadas del acontecer político y de la dictadura, una forma de protegernos.
En algún momento Vicente le exigiría a Helena que dejara Caracas y se fuera a vivir en San Juan de Los Morros, como abogado le explica que negarse a irse es un abandono de hogar de su parte, una causal de divorcio. Helena le refuta que se fue él y no ella. Él le insiste que se mudó por razones de fuerza mayor, no fue abandono, en cambio ella al negarse a irse con él, si lo es. Le plantea que si no le dan el cambio, renuncie a su trabajo, que está en capacidad de mantenerlas. Ella le argumenta que no puede, su hija era una responsabilidad que antes no existía, ya no podía correr tras él, como antes, haciendo locuras. Acaso no confías en mí? La niña es también mi hija, reclama el, se juega su última carta, puedo pedir la custodia, me corresponde. Si lo intentas, te mato, responde ella, jugándose también su última carta. Sus vidas llegarían a un callejón sin salida. Vicente no podía vivir ni en Caracas ni en Barquisimeto y ella solo podía vivir en Caracas o en Barquisimeto, el divorcio fue inevitable. Yo me quede con mi madre.
Luego llegarían, casi simultáneamente, las otras dos dolorosas vivencias. En el país estaba desatada la pandemía de polio.
Llegada a Caracas


Oficio de traslado a Caracas

Un mes de edad

El día de las elecciones donde gana Jóvito Villalba


Aprendiendo a caminar: coches y andaderas de la década del 50
Madre e hija el día de su bautizo
La moda de Dior en todo su esplendor en el país

Medalla y vestido de bautizo.

Carnavales de Caracas 1954


En el Toronal, Municipio Urdaneta, Lara.
El tercer cumpleaños.