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viernes, 4 de enero de 2019

Capítulo 63 Se abre el sello: una fiesta inolvidable.

Bartola, mi bisabuela liberal, tropera, conspiradora política, curandera, chaman, profundamente mariana, me condujo por múltiples caminos de investigación para desentrañar sus misterios, el último de ellos sería el más controversial y difícil, pues no era un tema conocido por mí, además contrapuesto a la formación científica de mi profesión, sin embargo, a pesar de esto, el hecho de ser médico, obligados a tener una mente abierta a lo novedoso y dispuesta a aceptar los cambios que conllevan, me ayudo a entrar en el inesperado mundo de esta polifacética mujer que fue mi antepasada: su origen sefardita, sus conocimientos masónicos y su practica rosacruz. Todo comenzó con un dibujo de aproximadamente 2 a 3 metros de diámetro, existente en el suelo de la sala de El Toronal, la hacienda de mi abuelo Pancho. 
El círculo o sello mágico es un espacio ritual sagrado que se usa para lograr que grandes cantidades de energía se concentre dentro de sus límites evitando que se disperse, creando una especie de “vórtice o cono de poder” con el fin de realizar un trabajo de protección o establecer un lugar que permite ponerse en contacto con entidades celestiales, un espacio que conecta el mundo material con el espiritual, un tiempo fuera del tiempo. En rituales sencillos se usa un simple círculo, los magos más avanzados, dependiendo de los objetivos perseguidos, usan una serie de figuras geométricas basadas en el sello del anillo del rey Salomón, estos símbolos a veces son utilizados como talismanes o amuletos movibles que se pueden llevar puestos encima pues concentran vibraciones que ayudan a quien los porta. Otros son dibujados dentro de los hogares y sus habitantes pueden quedar sometidos al poder del sello ya que el operador plasma ahí su energía mediante un ritual que le permite focalizar su voluntad en ellos. Una vez que el sello o círculo sagrado se cierra, nada puede entrar o salir de sus límites Al finalizar el acto se debe declarar el círculo abierto para dejar salir las entidades o energía convocadas, es útil aclarar que el sello nunca se puede romper. Bartola había creado un complejo sello cabalístico característico de la Alta Magia, una estrella de ocho puntas conocida como rosa de los cielos o rosa de los vientos en la cual mezclaba las tradiciones españolas difundido por los jesuitas desde el siglo XVIII incluso antes, en los siglos XVII y XVI que añadían la Virgen María a los 7 Arcángeles, representantes directos de Dios, poseedores de un poder muy grande, conocidos en otras culturas como los constructores del Orden Universal, los Arquitectos del Universo, Los Siete Iluminados. Una antigua tradición católica identifica a la Virgen del Carmen con la estrella matutina, llamándola “Stella Maris” (Estrella del Mar), venerada por los navegantes españoles, pues según la teología católica, ella guía con su luz al puerto seguro, que sería Cristo. El catolicismo empleaba a la estrella de ocho puntas como un símbolo de la Diosa-Madre, con los Siete Iluminados, según estas tradiciones, los servidores de La Virgen María, quien es el Trono de Dios, situándolos ante ella, a sus pies, como la Reina del Cielo, pudiendo disponer de ellos. 
Así que un sello de 8 puntas donde se unieran los ocho colores que representa a los 7 Arcángeles y a la Virgen María como su reina, canalizando los pedidos, sería un sello muy poderoso. Para lograr esto se necesita una gran disciplina mental y sabiduría para manejar la Alta Magia con efectividad, ya que sólo quienes tienen estas facultades mentales desarrolladas pueden tejer los ocho colores de la magia en un único haz brillante. Bartola era mariana, había sido patrona de las fiestas religiosas de Aregue, con acceso a sus bibliotecas, conocedora de secretos milenarios guardados por una de las sociedades con mayores secretos ocultos, me atrevería a afirmar, del mundo, el Cantón Carora, sin embargo existen detalles que revela sus misterios, uno es el extraño marco de la puerta de entrada de su Iglesia y su diseño en general, conocido como estilo herreriano caracterizado por su geometría cubica y el uso de piedras talladas en formas también cúbicas que encierran el significado gnóstico de la sabiduría, la verdad y la perfección, delatando los conocimientos masónicos de los maestros artesanos, muy diferente de las Iglesias coloniales cuyas puertas son de estilo ovalado y marcos lisos.
El año de 1976 ocurrieron dos sucesos complementarios y contrapuestos a la vez, uno de cierre de un ciclo familiar y otro de apertura de uno personal que marcaría mi vida, estos ciclos se juntarían en El Toronal, la hacienda dejada por mi abuelo Pancho a sus hijos bajo la exigencia de no ser vendida nunca, finalmente se develaría el misterio, la explicación estaba en la existencia de este poderoso sello protector y transformador creado por Bartola para su hijo y su descendencia, el cual ella había dejado cerrado. Las entidades espirituales convocadas allí con el fin de borrar las consecuencias de ser un hijo bastardo, de sangre manchada, finalmente se materializarían en aquella fiesta en El Toronal con motivo del cumpleaños de mi tía Roselia en abril de ese año, coincidiendo con la Semana Santa, lo cual permitió la asistencia de casi toda la gran familia a este lugar, no recuerdo como nos acomodamos para dormir, fue un evento inolvidable. Entre los organizadores estuvieron Neptalí Gómez Pineda, hermano de crianza luego hijo adoptivo de la cumpleañera; parientes como el contralmirante Ramón Riera Paredes, asiduo colaborador de los repartos; sus cuñados Yolanda Paredes de Sánchez y Juan Sánchez; su prima Haydee Ramírez junto a su esposo Pen Sánchez; por supuesto todas las hermanas Castro, la descendencia, amigos.
En esta época todavía desconocíamos el significado del dibujo existente en el suelo del salón usado para recibir las visitas en El Toronal, en aquel entonces no teníamos la conciencia de su significado esotérico ni lo que representaba este acontecimiento social realizado allí ese día. Aquel acto era el triunfo de la perseverancia y de los grandes sacrificios de Bartola para conseguir la aprobación social de los descendientes de Pancho, una deuda contraída con este hijo al verse obligada a despojarlo de su herencia, no solo material sino familiar, de sus padres, sus antepasados, al suprimir su nacimiento legitimo dentro del matrimonio con el fin de salvarle la vida, al hacer esto lo había convertido en una persona de segunda categoría social, cuya existencia estuvo en peligro por las amenazas luego de las terribles vivencias originadas por el odio que culminaron con el asesinato del padre de Pancho, esposo de Bartola, los cuales desencadenaron el hilo de la vida que finalmente terminaban ese día. Dolorosamente para lograrlo tuvo que separarse de ellos, ocultar su nombre, borrar su historia, era imprescindible hacerlo, no había otra solución. Sin embargo no quería para su hijo y para sus nietos aquellas  miradas con un dejo despectivo, aunque discretas, que siempre notó hacia ella, nunca a sus primas. Ella no solo le había construido una nueva historia familiar a su hijo, que llenara los requisitos de los paradigmas de la época, gracias a la habilidad y los contactos adquiridos en el arte de la conspiración política, también había logrado obtener los documentos de una nueva identidad para él, que eliminaba su vida anterior, usando para el engaño una media verdad o una media mentira, técnica ideal para ocultar algo, no en vano su vasta experiencia en este campo. Solo faltaba asegurarse que estarían siempre protegidos de sus enemigos, aunque ella no estuviera presente, para esto debió usar todos sus conocimientos gnósticos en aquel sello protector, dejando las energías emanadas de los poderosos símbolos traídos por los sefarditas, los antepasados pioneros del cantón Carora de la cual ella se había nutrido. La estrella de 8 puntas dibujada en bajo relieve sobre el piso de argamasa de la sala de visitas, pintado por ella con la técnica esmaltada aprendida en la iglesia de Río Tocuyo, en donde existió una de las 3 escuelas pictóricas de la Venezuela colonial y centro de gran actividad en este arte popular, evidentemente un símbolo masónico y no es coincidencia que la advocación de la Virgen usada en la estrella de 8 puntas en El Toronal, sea la de la Virgen del Carmen, patrona de Aguada Grande, pueblo que sería el puerto seguro para su hijo, lugar de su residencia en la nueva vida que asumiría. Los colores representativos de los 7 arcángeles y la Virgen, acompañados por el árbol de la vida pintado en la pared del fondo de aquel salón, juntos eran un talismán poderoso, ningún enemigo penetraba donde se exhibía, los espíritus de las tinieblas carecen de poder sobre el mago situado dentro de ella o que la posee. Increíblemente allí estaban a la vista de todos, señalando nuestro origen sefardita con conocimientos masónicos en común con las familias riotocuyenses de la cual Bartola descendía ¿Acaso este salón funcionaba como templo masón donde se realizaban reuniones secretas para practicar sus rituales? ¿Pudo mi abuelo junto a sus vecinos, casualmente familiares venidos de Río Tocuyo, ser masones? ¿O tal vez protegían otro secreto oculto en este lugar?. Enigma que muy pronto serían revelados, al igual que los mensajes ocultos en los nombres de sus hijos y algunos nietos, guardando en ellos sus tormentos.
En esa fiesta inolvidable el espíritu inmortal de Bartola danzaría satisfecha entre sus descendientes, los hijos y nietos de su amado hijo Pancho, protegidos de sus enemigos por el talismán, los arcángeles y la Virgen del Carmen, libres de mancha, no solo de su origen indígena sino de la supuesta e impuesta ilegitimidad del nacimiento de su hijo Pancho. 
El homenaje lo recibiría su nieta, cuya pasión por preservar El Toronal y la unión familiar era inmenso, su nombre coincidencialmente (¿?) estaba encriptado con tres mensajes dejados por nuestra bisabuela Bartola, entre ellos el dolor sufrido por ser una hija bastarda, el sutil trato diferente que notaba, su exclusión de algunas beneficios que sus otros familiares si disfrutaban, como el privilegio a asistir a escuelas o llevar el apellido. Este nombre de la cumpleañera, escogido por ella, era igual a una de las hijas de Gregorio Nieto, su pariente, señalando su derecho a este apellido, pero también provenía de la poetisa española Rosalía de Castro cuyos poemas encerraban el dolor de ser una bastarda, doblemente manchada socialmente por provenir de un acto impúdico al ser hija de un sacerdote, igual lo era ella al ser una descendiente bastarda y de una india. Por otro lado el segundo nombre Elodia era de una Santa que consolaba a los niños abusados sexualmente, tal como lo fuera ella durante la guerra: ¿quién mejor que la nieta cuyo nombre encerraba estos tormentos de su vida para recibir aquel homenaje de relevancia social?
La familia junto a El Toronal habían alcanzado uno de sus mejores momentos, gracias a las mentiras verdaderas mantenidas en su insistente narrativa de haber nacido en España, convirtiéndola en una española peninsular que social y políticamente estaba por encima a una española americana, de tanta importancia social que no se tomaba en cuenta el estigma de tener un hijo sin padre, según los paradigmas vigentes en el siglo XIX las españolas peninsulares no parían bastardo una prerrogativa de su pureza de sangre, al negar su origen indígena obtenía este beneficio para su hijo, sin embargo quiso dejar pistas para que esto fuera descifrado en el futuro, mediante diversos mensajes crípticamente cifrados. Otro mensaje dejado sería el de provenir de un mestizaje entre indios y españoles, lo cual no la avergonzaba, pero si había cierto dolor al criarse separada de su madre, al colocarle el nombre a otra de sus nietas, usando una mezcla muy significativa de nombres, por un lado uno de gran tradición dentro de la familia de la que descendía Bartola, Francisca del Rosario Santéliz y Márquez de Estrada, una pariente a quien se le podía rastrear su árbol genealógico hasta el español que les dio origen en el país, hecho muy importante en el siglo XIX pues probaba la pureza de sangre, por otro lado, escoge el nombre de su madre, la india Juana Bautista, mostrando de manera sutil la unión de la sangre Santéliz Nieto con los indios Castro, típico de Bartola, señalando el amor que sintió hacia su madre, al colocarlo de primero como reconocimiento al lugar preponderante que ocupo en su vida, pero ademas existe otro detalle en el nombre Rosario, la Virgen de Chiquinquira de Aregue en realidad es una advocación de la Virgen del Rosario y Aregue es el pueblo de origen de los indios Castro. Al llamar a su nieta Juana Francisca del Rosario encriptaba todo estos mensajes. Debido a que el nombre de Rosario era usado en hombres, cuando Pancho fue a registrarla en Aguada Grande, sin llevar a la niña, erróneamente la inscribieron como varón, posteriormente cuando ella fue a sacar la cédula de identidad hubo necesidad de realizar un nuevo documento de que había nacido en esa fecha pero no aparecía en el registro civil del pueblo debido a esta confusión, esta inesperada situación le da la oportunidad de eliminar la parte de su nombre que no le gustaba, sin saberlo había repetido la historia de su padre de alterar su identidad original, dejando una parte cierta pero a la vez no tan cierta.
El de Ana Dolores, otro nombre dejado por ella con un mensaje encriptado, une los nombres de Santa Ana la madre de la Virgen María, nombre dado a la Iglesia de Río Tocuyo y el de la Virgen de los Dolores, señalando el gran dolor de perder a su marido durante el asesinato que fue gestado en esa iglesia, durante la visita del arzobispo. En este nombre está encerrado su tercer dolor o sufrimiento. ¿O tal vez existe otro mensaje oculto además de este?. El lugar donde fue enterrado su esposo, el Comandante Antonio Perozo fue guardado como un secreto, debido a las circunstancia de su muerte, no se conoce. ¿Acaso está enterrado en esta Iglesia? ¿Yace a los pies de Santa Ana? Existen razones para creer que es posible. ¿O, hay algo más allí enterrado? ¿Tal vez un secreto por el cual Bartola no puede descansar en paz?. ¿O este secreto está oculto en otro lado, a la vista de sus descendientes?
El nombre de Helena cuyo significado en griego es la antorcha que brilla, unido al de Carmen que representa la estrella matutina, marca un mensaje de lo que sería su destino, irradiar la luz del modernismo en su familia, romper paradigmas en su vida personal, su carácter perseverante ante la adversidad, sus luchas, fue la primera mujer de su familia en estudiar más allá de la primaria, la primera en trabajar para sustentarse, la primera en liberarse. Mi madre tendría la nieta que finalmente arrojaría luz a los enigma de Bartola, evitar que su descendencia la olvidará, que al fin y al cabo es la verdadera muerte.
Los descendientes Castro habían logrado mantener su conexión con El Toronal, dar el salto al mundo moderno, gracias a la gran labor de su abuela Bartola quien ademas les había dejado todos sus secretos de tal forma que permitieran que  fueran descifrados: desplegados a la vista de todos y conocer nuestros orígenes, indudablemente sefarditas.
Ese mismo año comenzaría una dura experiencia que terminaría con mi exilio de Barquisimeto, dejar nuestro apartamento recién comprado, nuestra vida. Había iniciado mis estudios universitarios en la UCLA, al principio todo iba bien pero repentinamente algunos profesores y luego las autoridades universitarias comenzaron a ponerme mil y un obstáculos a mi desempeño como estudiante, para finalmente comunicarme que no podían permitir que me graduara de médico, pues sería un mal ejemplo a seguir para otros discapacitados, a quienes se verían forzados a aceptar. Después de múltiples conflictos estudiantiles, los cuales retrasaron nuestro avance académico, estando en los inicio del 4to año de medicina en 1978, al que llegue a pesar de que algunos profesores de la escuela de medicina esperaban que las secuelas de polio me hubiesen afectado el intelecto, apostando a mi fracaso de forma natural, pero resulto que se llevaron una sorpresa al descubrir que poseía una inteligencia normal, logrando superar los estándares de la universidad, cumpliendo los objetivos académicos incluso por encima del promedio. Sin embargo según su modo de ver las cosas en aquella época, los estudios de medicina no eran compatible con discapacidades motoras, así que me proponen becarme en los EEUU, cubrir todos los gastos en el exterior, incluso a mi madre como acompañante, solo con la condición de estudiar cualquier otra carrera menos medicina, nunca les pregunte si podía ser astronauta en la NASA, pero bueno como dice el dicho: no hay mal que por bien no venga, se abría un circulo para mí, ¿o se cerraba? Lo cierto fue que gracias a esta situación entre en contacto con mi padre Vicente, de quien había estado alejada por el divorcio de ellos cuando era apenas una niña de algo más de un año. Debido a esta situación lo contacte para solicitarle asesoría y consejos como abogado para tomar una decisión definitiva, sin saberlo esto me conduciría a caminos insospechados. Así comencé otra etapa de mi vida, abría un círculo y cerraba otro.













martes, 6 de noviembre de 2018

Capítulo 62: Vuelta al mundo


El avión despega en medio del ensordecedor rugido de los motores, las ruedas se desprenden del suelo, saber que estas en el aire, que nada te sostiene, es una experiencia indescriptible, mezcla de miedo y el deseo irresistible de experimentar lo nuevo. En ese vuelo Caracas Madrid estaba yo, era el sueño de toda mi vida, viajar a Europa.
Me gusta leer, hábito inculcado desde niña por mi madre, tenía muchos libros, entre los cuales estaban los de ciencia ficción de Julio Verne, cautivaban mi imaginación, Viaje al centro de la tierra, Veinte mil leguas de viaje submarino, Cinco semanas en Globo, etc, ellos habían despertado el deseo de conocer el mundo. Helena me dio a escoger el regalo de grado de bachiller, un viaje o una fiesta, decidí optar por el viaje y escogí este destino. Los preparativos se iniciaron, avisarle a mi tía Yolanda que vivía en Dinamarca, comprar los pasajes, mandar a hacer un conjunto de pantalón y chaqueta de medio abrigo, llegaríamos a finales de la primavera y principios de otoño, con algo de frío. Leer sobre el arte universal para no llegar perdida pues había una gran cantidad de obras tanto en pintura como esculturas y arquitectura, debíamos seleccionar, abarcar lo más emblemático, teníamos suficiente tiempo eran 45 días. Nuestro viaje fue sin reservación de hotel ni paquetes turísticos prediseñados, un dibujo libre.
A pesar que entonces no se usaba el concepto de paradigmas, mi madre Helena me enseño a romper esquemas, a aventurar, a no dejarme atrapar por lo establecido, siempre se preguntaba: ¿Por qué no? luego decía “vamos a ver cómo hacemos” Para ella no existían problemas solo situaciones planteadas, más o menos difíciles, que tenían una solución, solo era cuestión de encontrar la salida, decía que todo estaba en la mente, en como percibieras los eventos, los cuales al ser analizados fríamente perdían el poder sobre ti. A veces la solución era tan simple como darle la vuelta, rodearlo, superarlo, dejarlos atrás sin resentimientos, increíble pero en eso tan simple estaba el triunfo. Aprendí de ella que las cosas difíciles que pasan en la vida no eran castigo de Dios, no era tu culpa, simplemente son casualidades que pasan, no tenían otro significado. Este viaje represento una lección practica de toda aquella forma de ver la vida por ella, sin saberlo aquella experiencia me serviría posteriormente para superar el segundo gran escollo de mi existencia, el primero había sido sobrevivir a la polio.     
Así que en septiembre de 1972 partimos de Barquisimeto, hicimos un recorrido por las 5 capitales más emblemática de Europa, hoy día todavía me intriga como logro mi madre Helena cubrir los gastos de este maravilloso viaje, únicamente con el salario de Higienista Escolar. Mi tía Yolanda había realizado un intercambio de casas con unos amigos que querían conocer Dinamarca y ellos a Zurich en Suiza, ciudad situada a orillas del lago del mismo nombre, con una historia que se remonta al siglo II cuando se conocía como Turicum, una especie de aduana o zona de intercambio de mercancías de diferentes puntos de Europa, considerada una de las ciudades más caras del mundo, centro financiero. Aquí nos conseguimos con mi tía Ana que venía de regreso de Dinamarca y nosotras de ida, nos habíamos puesto de acuerdo para no coincidir en Dinamarca, de esta manera no incomodar en la casa de mi tía.
Allí vi, por primera vez un árbol cargado de manzanas, en una plaza pública, bolas rojas como bambalinas regadas en el suelo, le pregunte a mi tía si se podían recoger para comerlas y ella me explico que no, que estaba prohibido, se dejaban allí para los pájaros. La placita no tenía rejas para impedir el paso ni cartelones prohibiendo agarrar las manzanas, el piso cubierto de grama verde, sin basura y las aves se acercaban confiadas, era un contraste con mi país.
Nos montamos en el trolebús para recorrer la ciudad de suaves colinas y hermoso centro histórico, de regreso nos perdimos al no darnos cuenta en que parada debíamos bajarnos, sin embargo el conductor del tren se percató que éramos turistas, gracias a unas notas con la dirección escrita en varios idiomas que nos elaboraba mi tía, nos llevó al lugar correspondiente.
En Suiza disponíamos de tiempo de sobra antes de continuar con nuestros respectivos destinos, mi tía Yolanda nos animó a ir a París en tren, así que fuimos a sacar la visa y comprar los boletos y partimos a ese destino, sin saber hablar ni francés ni inglés, apenas algunas frases elementales de lo poco que había aprendido en bachillerato, todo un reto.
Al llegar nos encontramos con una gigantesca estación techada con múltiples andenes con trenes de diferentes partes de Europa, cientos de personas llegaban y salían, caminando muy rápido, sincronizados, como soldados entrenados que sabían a donde se dirigían, parloteando una mescolanza de diferentes idiomas que nos envolvían sin entenderlos, una situación inédita para nosotras, nos detuvimos en medio de aquella colmena a analizar cómo conseguir un taxi para buscar un hotel, pues no teníamos reservación, ni idea a donde ir, nos reíamos de ver la situación en que estábamos, Helena, como siempre decía que eso se resolvía, ¿Cuál es el problema, acaso no estamos en Europa?, repentinamente se nos acercó un señor mayor hablándonos en perfecto español, nos comentó que nos escuchó y reconoció ser Venezolanas, nos explicó que había vivido en nuestro país durante 20 años, que estaba jubilado, podía servirnos de guía turístico, acompañarnos a buscar un hotel a buen precio, le preguntamos cuanto nos cobraría, nos aclaró que solo sus gastos de entradas a museos, taxis y comidas. Nos llevo a visitar el museo de Louvre, estuve parada frente al famoso cuadro de La Mona Lisa, ante de que se le colocaran protectores, también fuimos a Montmartre, a la catedral de Notre Dame con sus hermosos vitrales multicolor, a la torre Eiffel, los puentes del viejo París.
Hicimos otro recorrido por la ciudad de noche, sus avenidas, sus luces, sus diferentes clubes, desde los más populares, subiendo al Lido, por último el show del conocidísimo Moulin Rouge. Estaba incluida una copa de licor en cada parada, era champaña la cual subía de categoría según el local, en este majestuoso cabaret nos sirvieron la rosada, considerada la más cara del mundo, cuando llegamos allí estábamos ligeramente alicoradas, recuerdo a mi tía Ana diciéndonos que no podíamos desperdiciar la champaña rosada, pero mi mama Helena y yo no podíamos con más, éramos poca bebedoras de alcohol, así que ella nos ayudaba con nuestras copas. Al salir era de madrugada, había mucho frío, había caído una granizada, mi tía no se dio cuenta, patinó en la acera, casi se cae pero otro turista del grupo la sostuvo del brazo. En el hotel nos reímos hasta ahogarnos, juramos no contarle este episodio a mi tía Yolanda, quien nos había advertido de no “meter la pata” con alguna imprudencia criolla, debíamos recordar que no estábamos en Venezuela. En fin eran nuestras vacaciones y las oportunidades no se desaprovechan. Regresamos en tren a Zurich y allí nos separamos, mi tía Ana se fue a Madrid y nosotras tomamos el vuelo a Copenhague.   
Copenhague es la capital de Dinamarca, donde vivía mi tía Yolanda Castro y su esposo Johanes Andersen, danés, sus tres hijos: Ana Kristina, Alfred y María Yolanda, con ellos fuimos a conocer el Tivoli, uno de los parques de atracción más antiguos del mundo, el puerto de la ciudad donde está la Sirenita de Copenhague, la residencia de la familia real, etc. Recuerdo sorprendida como las ventas de periódicos, de ticket del metro y autobús no tenían quien los atendiera, uno pagaba, tomaba el vuelto, el periódico o el pasaje sin que nadie lo vigilara. Esto era impensable en Venezuela. Pero había una frialdad, una organización social cronometrada hasta sus últimos detalles, todo perfecto, un protocolo en la cotidianidad hasta para las visitas a tu propia familia que no concordaba con mi temperamento caribeño. El arte y arquitectura muy bella pero algo me faltaba, no lo sentía, no había aquel susurro al oído de tus ancestros.
Mi tía Yolanda nuevamente nos impulsó a aprovechar el tiempo disponible en Europa, nos dijo que fuéramos a conocer a Italia. Así hicimos, en Roma vivía la familia del esposo de mi tía Rosario, la llamamos y ella nos contactó a su cuñada quien nos recibió en su casa. Nuevamente estábamos en otra estación de trenes, esta vez nosotras dos solas, con la conocida libreta de notas en varios idiomas con nuestra dirección y destino. Debidamente adoctrinadas por mi tía, partimos rumbo a Roma, capital de Italia, en un viaje de 36 horas, casi sin detenernos, solo en el cruce de fronteras para chequear los pasaportes y montar pasajeros, el secreto radicaba en la organización de los vagones, estos se desprendía en su correspondiente destino sin necesidad de parar el tren, había unos especiales con camas para dormir, llamadas cuchetas. El paisaje desde la ventana del tren era hermoso, luminoso, verde, las viviendas eran casas, no habían ranchos ni muros que los separaran del vecino, solo jardines con flores policromas, soy una persona visual, aquel estallido de colores y armonía me embelesaban no me cansaba de mirar aquella belleza,   
Cuando nos bajamos del tren en Roma una bocanada de aire fresco nos envolvió con un aroma conocido, aroma a cotidianidad, aroma que no había en los países nórdicos, tan llamativo que era imposible no darte cuenta, los italianos parloteando en voz alta con aquel movimiento de manos acompañado de expresiones corporales que daban la impresión de estar discutiendo, era un contraste con el silencio, el orden y caminar mecánico de los antiguos vikingos del norte.
Aquí fuimos a conocer la Plaza de San Pedro donde se encuentra la Basílica de San Pedro pintada con los magníficos frescos de Miguel Ángel, conocida como Capilla Sixtina, es una experiencia alucinante estar de pie bajo esta bóveda que semeja al cielo, sientes que estas allí, en ese instante en que la mano de Dios toca a Adán para infundirle la vida, una obra de arte única, las cuales me hablaban en un idioma que si entendía. Pasamos por el Coliseo Romano, la Plaza de Trevi, fuimos a conciertos al aire libre, los cafés con sus mesas en la calle donde uno de los platos más populares era el melón con prosciutto, disfrutamos esta combinación novedosa de salado y dulce, fruta y carne, los vinos eran muy baratos, se bebían a granel como en toda Europa, nos sumergimos en medio de aquel bullicio, que nos era familiar. Hasta el idioma era entendible, se usaban los labios igual que el español, una raíz común, en Italia me sentí en casa.
De regreso, llegamos tarde al andén, el silbato anunciando que estaba por arrancar, tuvimos que montarnos en el que vagón que estaba en la entrada que era la cola, no era el que iba a Copenhague, tuvimos que caminar por dentro del tren andando, pasando las uniones entre los vagones que traqueteaban, hasta llegar el que nos correspondía situado al inicio del tren, detrás del de máquinas, fue una experiencia inolvidable. Entre señas y un español machucado por un empleado que medio lo hablaba, entendimos que la cucheta de dormir la desprendían para Viena, debíamos salir ante de las seis de la mañana sino queríamos ir a parar allá, esa noche no dormimos pensando en la posibilidad de perdernos. Al final del viaje, al llegar a Dinamarca los vagones que iban para Copenhague debían montarse en un ferry, eran unos 6 u 8, no recuerdo, la capital de Dinamarca está en una especie de isla. Una vez acomodados, todos los pasajeros se bajaron, en el ferry había de todo, tiendas, restaurantes, terrazas con sillas plegables para disfrutar el traslado. Helena quiso bajarse del vagón a conocer, yo no lo hice, pero no nos dimos cuenta que los vagones estábamos divididos en dos sectores de cuatro y cuatro separados por un tabique gigantesco de acero, al venir de regreso ella bajo del otro lado, por supuesto no me encontró, se preocupó creyendo que me había ido y estaba igual que ella, perdida. Con su típica forma de ver la vida exclamó “no importa, al llegar y bajarnos nos encontraremos” una vez calmada fue a investigar, se bajó del tren y caminando hasta el fondo repentinamente vio una luz que se filtraba al final del planchón, había un pasadizo por donde se asomó y vio el otro grupo de vagones, lo cual le permitió resolver el misterio. Recuerdo cuando entro al vagón, caminando apurada, riéndose mientras exclamaba “hija estaba perdida” No era raro. Otra historia que narrar en Barquisimeto para el deleite de toda la familia, las peripecias de la Pantera Rosa, sobrenombre con el cual la habían bautizado sus sobrinas.  
De vuelta a Dinamarca tomamos el vuelo de regreso a Venezuela con una escala en Madrid donde nos quedamos quince días. Si Italia había sido acogedora, familiar, España era un espejo de nosotros los Venezolanos, un familiar conocido. Al viajar fuera de Madrid a conocer El Escorial y Aranjuez vi sus casas coloniales de tejados rojos iguales a muchas aun conservadas en el país, incluso la hacienda de nuestros antepasados El Toronal era idéntica, denotando la influencia de la arquitectura española. Su gente, su idiosincrasia, su desorden, su parloteo en las esquinas intercambiando información vecinal, incluso el hábito del descanso al mediodía, España queda muerta de 12 del mediodía hasta las tres o cuatro de la tarde. Conocimos el Museo del Prado donde pude contemplar el cuadro Las Meninas de Velazquez, la Puerta de Alcalá, el Palacio Real, la Fuente de Cibeles y las salidas a la tienda El Corte Inglés, las disfrutamos enormemente, el bolívar era una moneda muy fuerte, rendía  tanto como el dólar, nos permitía ir de compras de manera compulsiva. Las fotos de Roma y Madrid se extraviaron.
Regresamos a Barquisimeto en octubre para iniciar la universidad. Vivimos con mi tía Ana en la casa de la 37 hasta que nos mudamos en el año de 1975. A partir del regreso de Europa caímos en cuenta de la urgencia de tener una vivienda propia, para la estabilidad de nuestro futuro, solo éramos dueñas de un vehículo, un televisor, una mesa de noche y dos camas, esto me produjo una sensación angustiante, comentándoselo a mi madre, además de la necesidad de tener un lugar nuestro donde compartir con los compañeros de la universidad, era una época más exigente en lo social, era una adulta. Mi madre escucho mis alegatos, luego de un análisis abrimos operativo e iniciamos la búsqueda de nuestro propio nido, otra gran aventura. La morocha Adelina y mi tía Bolivia habían comprado apartamentos en las Residencias Arca, cerca de la Avenida Varga frente al hospital “Antonio María Pineda” edificios recién construidos muy bien ubicados, ellas nos animaron, por esas cosas de Dios, mi mama Helena tenía más de 30 años de servicio, por encima de lo estipulado para la jubilación, así que las solicitó, se la dieron de forma expedita, con las prestaciones sociales que le pagaron y otros ahorros logramos reunir la inicial del apartamento, realizando nuestro anhelo. Al principio lo que teníamos eran las pocas pertenencias que usábamos en la 37, apenas para dormir. Mis tías hicieron una vaca para comprarnos una nevera, mi primo Martín Enrique Orozco nos regaló dos poltronas de mimbre para el recibo. Mi tía Bolivia nos presto una cocina de 4 hornillas eléctrica con la que cocinábamos. Mi tía Ana nos dio unos gabinetes usados de cocina de su casa. Así empezamos, poco a poco nos las arreglamos, entre mi mama Helena con su pensión de jubilada y yo que comencé a trabajar vendiendo ropa a mis amigos para lo cual habida pedido un préstamo al banco de Venezuela donde el esposo de mi prima Gisela Orozco era miembro de la junta directiva, con la fianza de él me prestaron tres mil bolívares, un capital, la inicial del apartamento habían sido quince mil. Íbamos a Curazao dos o tres veces al año de compras, con las ganancias que obteníamos logramos remodelar el apartamento y equiparlo. En esta época estaba en la universidad, me inscribí en medicina en la UCLA, contaba el apoyo de mi mama Helena, era 1975. Estaba por vivir uno de los episodios más duros de mi vida lo cual pude salvar gracias a las experiencias del viaje a Europa junto a mi madre Helena y su visión de la vida, que pude palpar de forma práctica, vivencial, no es lo mismo que te digan algo a que lo veas o vivas, sin esa aventura de nosotras solas por Europa, salvando obstáculos, no solo los reales sino incluso los que están la mente, los paradigmas, creo que hubiera sucumbido ante la adversidad mostrada en su rostro más feroz. Pero antes de entrar en estos sucesos les narrare la historia de una fiesta inolvidable, otra visión de una mujer, que nos legó su herencia a costa de un gran sacrificio, el olvido, la muerte verdadera.












sábado, 29 de septiembre de 2018

Caldas, una guerra soñada!


La corbeta Caldas de la Armada Colombiana originó una crisis diplomática el 9 de agosto de 1987 al ingresar sin autorización en aguas del Golfo de Venezuela, violando la soberanía territorial. El presidente Venezolano, Jaime Lusinchi, responde a esta agresión el 12 de ese mes, autorizando una gran movilización de las fuerzas armadas, declara el estado de “alerta militar” y constituye un Teatro de Operaciones, enviando más de 100.000 hombres y blindados a la frontera colombiana, fueron desplegados aviones caza-bombarderos F-16, que se dirigieron al sitio, esperando órdenes para atacar.
Así el 17 de agosto de 1987 la crisis llega a su máximo nivel, el gobierno de Venezuela iba a hundir la fragata ARC Independiente que había llegado a la zona para relevar a la ARC Caldas; esta fragata estaba armada, la confrontación parecía inevitable. Para esa época me desempeñaba como directora del Hospital Rafael A. Gil de Duaca, Municipio Crespo del Estado Lara, perteneciente al distrito sanitario N°6 de dicha entidad, situada a escasos kilómetros de Barquisimeto, capital del estado, estando allí recibo una llamada urgente del Comisionado de Salud para asistir inmediatamente a una reunión en su despacho de carácter obligatorio con todos los Directores de Hospitales del Estado. Al llegar me encuentro que quienes presiden la reunión eran el alto mando militar y no autoridades sanitarias, llamándome la atención aquel novedoso hecho, nunca antes visto. Ante nuestro desconcierto, el comandante encargado pasa a informarnos que en caso de una guerra, los médicos y la red de salud pública pasábamos a formar parte de la retaguardia estratégica de las FF.AA del país, asimilados, por ende adscrito a sus filas y bajo sus órdenes, el fin era cubrir de forma prioritaria la atención médica a soldados heridos en el posible conflicto. Nos solicitaron que realizáramos un inventario de lo existentes en ese momento y calcular lo faltante necesario para atender cada distrito de manera independiente, considerando que el enemigo destruyera las carreteras que comunicaban con el nivel central. Estos cálculos debían abarcar no solamente los insumos médicos sino también alimentos y agua necesarios para sustentar a los pacientes y personal de cada hospital al menos una semana sin ser provisto por la capital, el objetivo era evitar la anulación de las tropas. Todos los médicos allí presentes, que ocupábamos cargos de dirección de centros de salud, ese día nos miramos unos a otro, sorprendidos en primer lugar del hecho desconocido por nosotros de pasar a pertenecer a las FF.AA y en segundo lugar de aquella solicitud, ¿acaso los militares desconocían la situación de la salud en Venezuela?. Uno de los Directores intervino aclarando la existencia de fallas en la dotación, a lo cual el Comandante militar encargado respondió que ellos nos dotarían de lo necesario rápidamente, en horas, que solo dependía del tiempo que nos tardáramos nosotros en realizar informe, el cual debía estar listo en 24 horas.
En la segunda y última reunión que sostuvimos, llevamos el informe solicitado, los Directores médicos siempre teníamos elaborados uno o varios que se hacían rutinariamente, planteando las fallas y necesidades al Ministerio de Salud, así que hicimos una compilación y solo cambiamos el encabezado, esta vez dirigido al Ministerio de Defensa, no lo voy a negar pero tuvimos la esperanza que aquella amenaza de guerra nos trajera finalmente una dotación idónea a los Hospitales, hasta ese momento casi en el abandono, que además se solventarían otras fallas como dotación de refrigeradores nuevos y más grandes para almacenar los alimentos, dotación de ambulancias, camas de hospitalización, arreglo del tanques de agua, en Duaca el gobierno había construido uno nuevo pero no le hicieron la acometida para el acueducto, no le llegaba el agua, dotación para el quirófano construido que aún estaba sin asignarle personal de cirujanos y enfermeras, por lo que no funcionaba, Rx no funcionaba por falta de placas y reveladores. Recuerdo que llegue a pensar que finalmente el estado reconocería la importancia estratégica de la salud. Entregamos el informe, los militares se miraron unos a otros, asombrados, desconocían la gravedad de la situación ya que solo recibían información adoctrinada de su sala situacional.
A los días nos enteramos que Venezuela retiro las tropas, diplomáticamente se pidió disculpa y todo quedo en bravuconería. La razón fue que el Alto Mando militar le informó al Presidente Lusinchi que lamentablemente no se podía dar una respuesta militar digna pues el país no aguantaría un conflicto bélico porque no había una infraestructura médica para atender los heridos y era imposible solventar en horas o días las graves fallas existentes, que de nada valía tener aviones, tanques y armas de última generación con tropas altamente entrenadas sino existía una retaguardia estratégica para darle soporte a los soldados caídos durante la guerra.
Esto ocurrió en 1987 cuando las carencias no eran comparables con las existentes hoy, agravadas por la crisis de alimentos, transporte y gasolina, en estas condiciones declarar una guerra es utópico, por decir lo menos.  


       

jueves, 13 de septiembre de 2018

Capítulo 61 Adolescencia tardía.


Suena el timbre anunciando el recreo, una algarabía ensordecedora inunda el ambiente, la muchachada sale del salón a disfrutar un rato de esparcimiento, corren escaleras abajo hacia el patio situado en la planta baja, los recibe un gigantesco escudo pintado con sus clásicos colores sobre la superficie, símbolo tradicional de identidad del colegio, cubierto momentáneamente por aquel enjambre. Durante las vacaciones, antes de entrar a bachillerato había cumplido quince años, fue una fiesta restringida a la familia, estábamos reuniendo dinero para comprar un nuevo carro tan necesario para mis movilizaciones a Caracas a los controles médicos. Mi mama Helena me regalo mi primer reloj con pulsera de oro, época que los ahorro eran en este metal pues el dólar no era atractivo por su estabilidad, a veces incluso bajaba, así que la costumbre era tener prendas o morocotas de oro.   
Era una adolescente que por primera vez alternaba con el sexo opuesto fuera de los miembros de la familia, un mundo vedado por las monjas del colegio donde había culminado la primaria, cualquier contacto con ellos, un simple saludo, darse la mano o mirarse era un pecado, en cambio allí era algo cotidiano. Para evitar accidentes, durante el recreo me quedaba arriba, el bachillerato se impartía en el segundo piso, permanecía recostada en la baranda del largo corredor, bajaba una vez al día, al irme. Desde mi furtiva atalaya, observaba la escena que transcurría bajo mis pies, predominando la figura de los varoniles jóvenes que despertaba sensaciones extrañas en mí, era una experiencia desconocida.
Había iniciado estudios en el colegio La Salle, los cuales ese año abrieron los cursos de primero, segundo y tercero para la mujer, completando así el bachillerato mixto, una experiencia iniciada el año anterior, novedosa para la institución. El uniforme al principio era un jumper, luego fue cambiado a pantalón y camisa pues los muchachos se paraban debajo de la escalera a ver picones de las muchachas, un día el director del plantel se dio cuenta de que la razón del aglomeramiento en la escalera no era una cuestión de caballerosidad para darnos el paso a la damas, eran razones hormonales.
Conformábamos un grupo de jóvenes que nos atraía lo prohibido, hoy nuestros parámetros resultarían risibles, una de esas era fumar a escondidas en el baño, los varones tenían la desventaja de su sexo que permitía a los hermanos lasallistas entrar al suyo y capturarlos para llevarlos a la seccional a firmar el aterrador "libro de vida”, si acumulabas tres eras expulsado. Las mujeres gozábamos la cualidad novedosa del recato femenino, que convertía a nuestro baño en zona vedada a los curas, fuera de su control y fumar era nuestro reto ejercido impunemente bajo sus narices, pero un día nos enviaron a las limpiadoras, unas féminas traidoras a su género, para atraparnos in fraganti en nuestro reducto emancipado y ser llevadas a la dirección. Recuerdo que mi amiga Estela Crespo y yo permanecíamos asustadas, esperando en la antesala ser atendidas, mientras imaginábamos el castigo que nos darían. Estando en estas cavilaciones finalmente aquella gigantesca puerta de madera oscura se abrió y la secretaria nos invitó a pasar, nosotras lo que deseábamos era correr sin detenernos hasta estar a salvo fuera del alcance de aquella amenazante autoridad. Al entrar estaba el director de pie, vestido de civil, sorprendiéndome que no llevara la sotana habitual, nos invitó a sentarnos, mientras lo hacíamos observé que sobre su escritorio había una caja de cigarrillo, el siguió mi mirada, procediendo inmediatamente a tomarla en sus manos, amablemente nos las acercó preguntándonos, quieren uno? a lo cual las dos respondimos a coro: no señor director, muchas gracias, nosotras no fumamos! Con una cálida sonrisa la colocó nuevamente sobre el escritorio informándonos que en su nueva política estaba convertir la dirección en un recinto disponible a los alumnos para fumar, libre de restricciones a cambio de que no lo hiciéramos más en el baño, luego nos dijo que podíamos retirarnos, sin recibir una amonestación, estábamos asombradas, salimos aliviadas y al mismo tiempo decepcionadas por perder el emocionante sabor del peligro de ser expulsadas por violar una norma, ahora abolida, ya no valía la pena fumar.
Aquellos dos primeros años en La Salle fueron un descubrimiento de la tormenta hormonal de la adolescencia, la asociación de hombres y mujeres condujo a situaciones insospechadas, no solo entre los alumnos sino entre los clérigos. La primera novedad fue cuando descubrimos la relación sentimental entre el cura que nos daba castellano y la biblioteconoma, estábamos pendientes de cuando ella cruzaba rumbo a su oficina, la veíamos desde el ventanal de nuestro salón que daba al corredor, sigilosamente los muchachos iban a espiarlos, la irreverencia de nuestros juventud no tenía limites, un día dibujamos en el pizarrón sus nombres dentro de un gran corazón con un letrero arriba afirmando, son novios, esto trajo como consecuencia un escándalo, sin saberlo habíamos destapado una situación inesperada para los curas del colegio y las autoridades superiores, interrogatorio van y vienen, fuimos castigados dejándonos en el salón hasta tarde resolviendo ejercicios de matemática, conminados a prometer no inventar más calumnias, los números usados como remedio para nuestras mentes calenturientas. Pero luego ocurrió otro amorío, el cura que nos daba matemática con una alumna de quinto año, situación que conmocionó al colegio, delicadísimo, los padres de la menor podían acusar al colegio de abuso sexual de uno de sus miembros, esto sirvió para demostrar que el caso anterior no eran fabulas de los jóvenes, había le necesidad de resolver el problema de raíz y así se hizo, esta valiente actitud de los curas del colegio de reconocer los errores, me recordaron los sabios consejos escuchados en  mi vida familiar, era el deber ser. Ambos abandonaron las sotanas y tiempo después se casaron con las protagonistas de los hechos.
En julio 1969 nuevamente fui sometida a otra intervención quirúrgica, sería la última, de allí en adelante me negué a seguir operándome, necesitaba liberarme de aquel círculo, aceptarme como era finalmente, algo tardíamente comenzaría mi adolescencia. Tenía una pierna más larga que la otra, casi 8 cm, por lo que debía usar una bota con un gran tacón para nivelar. Esto fue lo corregido con un injerto de fémur, extrajeron 6 cm de la más larga y la injertaron en la más corta, procedimiento realizado en el Hospital Universitario de Caracas, por mi edad ya no era atendida en el Hospital Ortopédico Infantil. Estuve 5 meses en cama hasta diciembre, enyesada ambas piernas hasta la cintura, sin poder asistir a clases, pero gracias a los hermanos lasallistas, mis compañeros quienes colaboraron llevándome las tareas y algunos profesores dándome clases a domicilio, lo logre. Palparía nuevamente la dimensión humana del director del Colegio La Salle, conocido por mí el año anterior con la experiencia de los cigarrillos, Juan José Osteriz, llegado a conducir una época conflictiva, necesitando una mano fuerte pero a la vez suave en el trato femenino, en un conservador colegio con apenas un año de abiertas sus aulas a la mujer venezolana, hasta entonces exclusivamente masculino por más de 50 años desde su fundación en 1913. Este maestro me brindaría su apoyo para salvar el año escolar, en su carácter de director y de conformidad con el consejo de profesores, aprobó no contabilizar mis inasistencias, promediar las notas obtenidas en el segundo y tercer lapso para cubrir el primero, además mudaron el salón a la planta baja para que en enero de 1970 pudiera asistir a clases, era el tercer año de bachillerato. Recuerdo que la química al principio se me dificultó pero el profesor me ayudo a nivelarme. Aprobé ese año con un buen promedio de notas, pasando a cursar los dos últimos años de bachillerato, cuarto y quinto, donde conocería a otra gran educadora, Yolanda de Rojas, profesora de biología, quien me ayudo a descubrir mis aptitudes hacia la medicina, un germen que llevaba en mi interior heredado de mi bisabuela Bartola, modelado por el calor humano de mi médico traumatólogo Dr. Alfredo Coronil, entonces no tenía conciencia de ello, de alguna manera ella lo intuyo, exigiéndome dar lo máximo como estudiante, a desarrollar todas mis potencialidades, de cierta forma represadas por los paradigmas inculcados en la primaria, su técnica fue a través del reto, una herramienta que usaba hábilmente, recuerdo como en cuarto año presentando el examen final de biología se acercó a mi exclamando, Cordido que haces aquí, pensé que ibas a eximir. En cuarto año, al promediar 16 puntos no se presentaba examen final, se eximia, me había faltado un punto para obtener lo requerido, yo sabía que ella lo sabía, ella sabía que yo lo sabía, por lo que era una ironía. Me revolví en aquel pupitre con mi orgullo herido, así que en quinto año me propuse eximir, demostrar que si podía, el reto era mayor, en ese año se necesitaba 19 o 20, lo cual me permitía dejar bien claro que el año anterior no lo había hecho porque no quise y no porque no podía, ese año cuatro alumnos eximimos biología y los cuatro nos graduamos de médicos, ella había parteado mi esencia de médico. Otra gran maestra fue Justina Guerra, nos dio matemática en primer año y física en cuarto, pero además de revelarnos los secretos de las fórmulas, con su manera única de dar clases, nunca se sentaba, caminaba entre nosotros incansable, mezclando números y filosofía, repentinamente nos pedía interpretar fragmentos de algún escrito, al terminar de dar nuestra opinión, nos revelaba el significado original, luego nos aclaraba que la interpretación no pertenece al emisor de la idea sino al que la escucha, casi siempre alejadas una de la otra, habiendo tantas interpretaciones como el número de receptores. Así nos enseñó que no existían malas palabras sino malas interpretaciones, si alguien te ofendía con un insulto, era que lo aceptabas así.        
En este colegio experimente la labor incomparable del modelaje amoroso para transformarnos en los futuro ciudadanos de bien que nos conducirían hacia horizontes promisorios, no solo en el saber científico sino también en principios y valores, la más alta responsabilidad del ejercicio profesional que debe caracterizar al educador, del cual mis maestros Juan José Osteriz, Yolanda de Rojas, Justina Guerra y otros que se pierden en mi memoria, serían, junto a las vivencias con mi madre y mis tías alrededor de la mesa de costura, un ejemplo de vida para mí.
Esta última cirugía marcaria mi vida, un ante y un después, mi prima Mariadelina Castro venía todas las vacaciones a pasarlas en Barquisimeto en la casa de la 37, éramos compinche, comenzamos a disfrutar juntas de la edad de la pandilla, a dejar el nido de la niñez, con nuevos amigos conseguidos en el vecindario, muchachos fuera del entorno de primos y compañeros de estudio, cualquier motivo era una excusa para reunirnos, nuestra preferida eran las parrilladas. Recuerdo de irnos escondidos para la carretera de Pavía a buscar chivos, esto nos hacía sentir el sabor del peligro. Una vez los dueños de los animales, creíamos hasta ese momento que eran salvajes, nos vieron y nos carrerearon con una escopeta, salimos huyendo, los muchachos se montaron al carro andando, protagonistas de una película emocionante, vivencias inolvidables, los años locos.
Los juegos con Gisela Orozco, dos años mayor que yo, era otra cosa, algo serio, a ella le gustaba simular estar en una escuela, nosotros éramos los alumnos y ella la profesora, nos explicaba materias de su nivel, gracias a esto aprendíamos por adelantado, no permitía dudas o inseguridades, atacaba las demostraciones de debilidad hasta que demostrábamos seguridad, sino no podías andar con ella. Me gustaba compartir con ella porque conocía cosas de la vida que despertaban mi curiosidad, pero ella me sacaba el cuerpo por ser menor, sin embargo, después de cumplir 15 años, nos igualamos, salíamos juntas en pandilla, con sus amigos y los míos. Aprendí a fumar con ella pero sobre todo a sentirme segura de mis conceptos y de mi misma.
Otro acontecimiento fue la llegada a nuestras vidas de Homero Izquiel, un hijo de mi tío Martín Orozco. Los tres Oswaldo, Homero y yo nos convertimos en inseparables, recuerdo nuestras tardes de juego de cartas en la 37 con Antonia Richa de Gassan, cuñada de mi tía Ana, a quien le hacíamos trampas para ganarle y ella nos dejaba hacerlo, simulando no darse cuenta. Otras veces salíamos al autocine en grupo o a pasear por Barquisimeto, mi mama nos prestaba el carro, una vez haciendo pique con otros amigos nos detuvieron y se llevaron detenido a mi primo Oswaldo, cuando las morochas fueron a la comisaria, les informaron que habíamos violado todas las reglas, éramos menores de edad, sin título de manejar, exceso de velocidad, tragarnos la flecha en la Av 20, finalmente desobedecer la voz de alto y darnos a la fuga.
Los viajes a la playa eran frecuentes, siempre andábamos un grupo con la Nena e Iván Pérez, sus hijos, Homero, la morocha Adelina con Oswaldo y Rebeca y algún otro primo que nunca faltaba.
Como nos divertíamos con las locuras de mi tío Iván. Una vez nos llevó de viaje sin pararse en ningún lado, solo nos daba a comer cambures de un racimo que había comprado previamente, imagínense que es pollo, nos decía, mientras las morochas en medio de aquella trifulca, le exigían que se detuviera en un restaurante para comer. Las risas eran incontrolables. Fue un viaje inolvidable. 
Con varias compañeras de trabajo de mi mama Helena, entre ellas Sofía Yépez, siempre amigas, fuimos a conocer los Andes Merideños.
Las montañas de Mérida me impresionaron por su belleza, el frío era penetrante, me hacía recordar el histórico y sacrificado paso de Simón Bolívar por estos picos nevados.
Un paisaje único, cubierto con piedras grises y blancas tiradas al azar sobre un terreno tejido de frailejones, arbusto típico aclimatado a estas alturas, como los campesinos usan estas piedras para demarcar sus parcelas, característico de estos paramos andinos, aquí no se ven divisiones de estacas de maderas con alambres de púas como sucede en el resto del país. Incluso se construyen viviendas e iglesias de piedras como la que está situada en Apartaderos.
Uno de los sitios turísticos más famosos de Mérida es el teleférico, fue considerado el más largo y alto del mundo, llega hasta el pico Bolívar, por supuesto otro sitio son los Chorros de Milla, hermoso parque zoológico con caminerías, lagunas, etc.
Cambiamos el carro Opel por un Mercedes Benz en 1969, se lo compramos con apenas 6 meses de uso a un enamorado de Gisela, llamado Diego Cuesta que se fue  a estudiar un postgrado a EEUU.
Durante esta época fuimos a recorrer el oriente del país en el carro nuevo, invitamos a Rebeca, María Elena y Luisita Reyes con su novio Max Pérez, quien ayudo a manejar a mi mama Helena, conocimos Puerto La Cruz,  sus saltos de agua y los sitios históricos, allí abordaríamos el ferry con destino a la isla de Margarita.
También pasamos por San Juan de Los Morros donde vivía mi papá, a conocer a mis hermanos, Ricardo, Oswaldo, Tulio y Dalia. A partir de ese momento nos mantendríamos siempre en contacto.
Fue otra de las aventuras inolvidable para todos nosotros quienes disfrutamos intensamente este viaje, sobretodo el de la isla de Margarita.
Recuerdo que Max Pérez encendió los limpiaparabrisas y el dispensador de agua para enjuagar el vidrio frontal del carro que estaba sucio y mi mama Helena le dijo que recortara la velocidad porque nos podíamos colear por la carretera mojada por la lluvia, todos nos reímos y le explicamos que el que se estaba moviendo no era el carro sino el ferry, donde nos habíamos montado. Creo que por esta historia a mi mama Helena la apodarían a partir de entonces como La Pantera Rosa. 
Mi mamá Helena recibiría varios diplomas en Sanidad por su labor y desempeño, uno de ellos fue en 1971. Para ella esto fue muy satisfactorio pues representaba un reconocimiento a su dedicación y su trayectoria dentro del Ministerio, que habia iniciado como Higienista Escolar en los planes de vacunación masiva, despistajes de desnutrición y otras enfermedades en niños en edad escolar. Luego pasaría a trabajar como asistente de Odontología asignada a una escuela, que era la Costa Rica, la cual poseía un pediatra, un odontologo y mi mamá quienes brindaban cobertura a los niños en las áreas de nutrición, control de niño sano, cura de caries, vacunación, a los fallos de peso se enviaban a los comedores escolares y en las vacaciones a las Colonias Nutricionales como las ubicadas en Catia La Mar, Colonia Tovar y Mérida, para la recuperación de peso, cuando regresaban venian repuestos. Era la Venezuela con Seguridad Social, proteccion al niño y al adolescente de manera efectiva.
Llegamos al año de 1972 culminando los estudios de bachillerato graduándome junto a mis compañeros con los que inicie, como una de las más destacadas alumnas, obtuve entre otros el premio La Salle que se otorgaba al alumno más sobresaliente del colegio. Esas vacaciones cumpliría 20 años daría inicio a una nueva etapa de la vida, pero antes realizaría un sueño…
Corredor del segundo piso del Colegio La Salle
Mi atalaya desde el segundo piso del Colegio La Salle
 El escudo en el patio del Colegio La Salle
 Hermano Cristobal
El Catire, portero del Colegio La Salle