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viernes, 27 de marzo de 2015

Capitulo 30: Bartola y Cipriano.

Bartola trabaja en los corrales de chivos ayudando a una cabra a dar a luz mientras medita en la situación en que se encuentra debido a los fallecimientos de Federico Carmona, Joaquín Crespo y apenas unos días el de Guzmán Blanco, acaecido en París recibiendo honores de estado, estos acontecimientos junto a la salida de Aquilino Juárez del estado Lara, anulado por sus adversarios locales, mudándose al estado Falcón para sobrevivir políticamente, la dejaba en desventaja ante sus enemigos, agravado por la ausencia de su marido, el comandante Antonio, asesinado brutalmente por poderosos godos caroreños, razones que la impulsaban a encontrar una solución a estos hechos que repercutían negativamente, obligándola hasta tener que exiliar a sus hijos, a llevar una vida clandestina, ocultos, pues aun eran buscados. Después de analizar el delicado panorama, se da cuenta que solo tiene un camino, había sido una pieza importante del juego político, ahora sería diferente, tomaría decisiones por primera vez.
Aquella convocatoria del general Elías Torres Aular para hablar de la revuelta del caudillo andino llegaba oportunamente despertándole nuevamente la ilusión de poder hacer algo por la seguridad de sus hijos, así que decide intervenir, la venganza aún estaba sin consumar. Paradójicamente las muertes de los lideres, a quienes había obedecido disciplinadamente en sus lineamientos, la liberaban del compromiso partidista, en el fondo de su corazón estaba insatisfecha por no haber castigado a los autores del asesinato de su marido, al contrario, les habían otorgado cargos de poder.
Repentinamente surge la cabeza de la cabra por nacer, Bartola rasga la membrana que cubre su boca e introduce un dedo para estimular la primera respiración, siempre se maravillaba ante el milagro de una nueva vida, mientras la madre limpia al recién nacido resuelve aceptar la cita, la cual es acordada efectuarse en el pueblo de Aregue donde residían los miembros del clan Castro, compuestos mayoritariamente por mestizos y blancos puros caracterizados por ser muy aguerridos dándole la fama de poblado peligroso por lo que contaba con estos custodios leales de su tribu para evitar ser sorprendidos, ademas de su fiel amigo el cura Domingo Vicente Oropeza quien les facilitaría la casa cural para la secreta reunión, su presencia se vería normal pues ella era patrona o sea organizadora de las fiestas religiosas a celebrarse en octubre.
Al verla Torres Aular, quien pasa desapercibido al venir disfrazado de sacerdote, la saluda besándola la mano cortésmente: “el general Carmona me hablaba de ud, con respeto y admiración de su valor, de su fidelidad, por eso me atreví a solicitarle este encuentro” Bartola lo observa, conocía la confianza entre ambos hombres, de tratarse el general de un infiltrado militar de La Propaganda “dígame general, ¿en que lo puedo ayudar?”
El militar le explica: “el general me indico antes de morir que hiciera contacto con ud en caso de necesidad, sabiendo de sus lazos de sangre con el grupo de los indígenas Castro, conociendo que el general Cipriano Castro también es un mestizo que comparte con ud el mismo apellido, vine a proponerle si podría hacerle llegar mi oferta de entregarle las armas recién llegadas a Barquisimeto, del cual sé que tiene conocimiento a través de sus contactos militares y de los carmoneros". 
Se conocía que este líder andino era resabiado, cauteloso y taimado gracias a su sangre indígena, lo cual hacía difícil lograr movilizarlo para una entrevista, peor aún para un acuerdo aparentemente tan beneficioso que olía a trampa, se necesitaban garantías tangibles para convencerlo, las cuales reunía esta mujer, aquel general lo sabía. 
"Ud me representaría, sería la mediadora, garante de ambas partes, no puedo reunirme personalmente con él, mi presencia delataría nuestras intenciones”.
La viuda le responde que estaba enterada no solo del arribo de las armas sino que, a través de los arrieros que transitaban por frente de su casa situada a orillas del camino a quienes les brindaba café para obtener información a cambio, convirtiendo este camino en una autopista de la comunicación, también conocía de la revuelta protagonizada por Cipriano Castro quien había salido de Colombia en Mayo, con 60 hombres a caballo a tomar el poder central, sabía que venía por la cordillera Andina pobremente apertrechado, lo cual disimulaba metiendo piedras en las cartucheras para ocultar su escasez, por lo que viajaba escondiéndose de las  tropas del gobierno para no enfrentarse con ellos.
Bartola continua “Según los rumores, el general Castro se dirige a Coro donde planea embarcarse a Caracas para atacarla de sorpresa, ya que no lo esperan por mar. Es cierto lo que Ud. supone, somos de un mismo clan, parientes, es posible hacerle una invitación a mi casa para plantearle su propuesta, pero como convencerlo de no tratarse de una emboscada suya?”. 
“Le aclaro que participaré en la conspiración solo por razones personales, no busco poder político, solo deseo limpiar mi honor, hacer justicia, esa será la clave para asegurarle a Castro de mi sinceridad, por eso la busque, solo ud puede convencerlo pues ademas de su parentesco, la motivan iguales sentimientos, en ud podemos confiar ambas partes", dice el hombre mirándola fijamente a los hermosos ojos azules de la mujer. 
Bartola le responde: Veo cosas a través de mis sueños, me he dado cuenta que la solución a los problemas de nuestro pueblo no está en manos de los caudillos de este siglo ni del otro” La mujer hace una pausa para arrancar una guama de un árbol del patio trasero de la casa parroquial donde se encuentran, comiéndose la algodonosa y blanca fruta de su interior, “hace 7 años que decidí dejar la política y dedicarme a ayudar a mi gente a crecer espiritualmente, sobre todo después de viajar a Curazao donde entre en contacto con sociedades secretas como los rosacruz quienes me ayudaron a desarrollar los dones que tengo, de los que ud ha escuchado hablar. 
Camina por el jardín, explicándose: nunca hubiera imaginado que participaría en la caída del liberalismo, pareciera una traición, pero la única manera de acabar políticamente con Montañez es hacerlo primero con el Presidente Andrade. Los liberales regresaran triunfantes en un tiempo que no es ni el suyo no el mio, finalmente impulsaran al país hacia el desarrollo. Cuente con mi ayuda general, le avisaré cuando todo esté listo a través del padre Juan Bautista Castro, irá con la excusa de solicitarle una colaboración para los pobres, esa será la contraseña, que la Virgen de Chiquinquirá nos acompañe y bendiga”
Una vez culminada la reunión con el general, inicia la conspiración, se propone anular al General Ángel Montañez y su grupo, la amenaza que le impedía el retorno de sus hijos a pesar de haber transcurrido 9 años de los graves sucesos ocurridos durante la visita del Arzobispo de Caracas a Río Tocuyo. Este grupo, conformado por los Riera, los Álvarez y los Perera, unidos por las endogamias, conformando una sola parentela con intereses comunes, compartiendo lazos comerciales y las cofradías religiosas, eran los dueños del poder político de entonces.  
Antes de salir de Aregue se reúne con su gente dándole instrucciones de localizar a Cipriano Castro en las montañas andinas, deben identificarse como el grupo de mestizos los Castro, su sangre les daría credibilidad ante el andino, llevan órdenes expresas de ocultar que su jefe es una mujer para evitar suspicacias del caudillo, de convencerlo sin contarle todo, de guiarlo a Parapara por el ancestral sendero, ideal para la reunión por lo anodino y de contar con una huida expedita por su cercanía a Siquisique, de suministrarles alimentos y agua, inexistentes por este desolado camino. A aceptar esta reunión para concretar esta propuesta contribuiría la crítica situación que no le dejaba otra opción que confiar en los conspiradores, las armas de las que le hablan le darían un triunfo que de otra forma sería prácticamente imposible.
Mientras tanto los rumores de que se tramaba algo en Aregue eran tan públicos que es enviado, por órdenes del General Ángel Montañez, una compañía del Batallón acantonado en Carora para vigilar la organización de la fiesta religiosa del pueblo, pautadas para octubre de aquel año de 1899, sospechosas de ser utilizadas como fachada para actividades conspirativas, no estaban equivocados, pero las cartas ya estaban echadas.
La historia dice que Cipriano Castro se movilizaría por una ruta desconocida, no por el camino que todos los ejércitos usaban desde la independencia atravesando la cordillera de los Andes, para entrar por Trujillo de donde se seguía a la ciudad de El Tocuyo que comunicaba con Carora o Barquisimeto, el famoso Camino Real, ruta comercial, sin embargo Castro no lo siguió, sino un desconocido camino llamado “La Viciosa”, tortuosa senda usada por los indígenas, rodeando la cordillera, llegando directamente a Parapara, donde ocurre uno de los más grandes misterios de la historia de Venezuela, oculta por diversas razones, una de las cuales sería por tratarse de una secreta conspiración cuya artífice fue una mujer que ademas era de origen mestizo.
Así que siguiendo la ruta del destino, una soleada mañana llega Cipriano junto a su pequeña tropa a Parapara, en la entrada del polvoriento camino divisa un hermoso árbol de Araguaney envuelto en un cúmulo de pequeñas flores amarillas que caían al suelo cubriéndolo como un manto, bajo su sombra esta un indio parado al lado de un caballo, con un movimiento de la mano le indica que lo siga mientras monta a pelo al animal, simultáneamente le dice que venga solo. Cipriano ordena a sus hombres que se oculten en un bosquecito cercano, dirigiéndose a la cita.
Se detienen delante de una casa de blancas paredes y techo de tejas rojas situada a orillas del camino, en unos troncos amarran las bestias, entran por una puerta de madera pintada de azul con varias marcas de machetazos en su superficie, comunicándolo con una amplia sala donde ya están otros hombres esperando. El indio que lo escolta realiza las presentaciones, están el General Andrés Castro, el sacerdote Juan Bautista Castro, el cacique Silverio Castro quien le dice que aún falta una persona, su líder, que será quien le explicará el plan, el caudillo intempestivamente pregunta ¿quién me garantiza que esto no es una emboscada? 
De una puerta lateral se escuchan pasos que se acercan, asomándose una mujer, era inevitable voltear a mirarla, lleva un vestido con amplia falda que susurra al rozar el suelo, bañado en encajes y pedrerías que lanzan destellos con la luz que entra por un ventanal, su pelo castaño recogido en un moño en lo alto de la cabeza con una peineta de carey al estilo español, permitiendo ver su esbelto cuello y blanca piel que parece brillar, a pesar de tener 50 años conservaba una esplendorosa figura, majestuosamente entra al salón con paso firme diciendo con un tono de voz que no deja dudas: ¡Yo general, Bartola Castro, la dueña de Parapara se lo garantiza!.
Todos los presentes se levantan, saludan con un "Buenos días", ambos Castro cruzan sus miradas inquisitivas, poseían varias afinidades no solo en el hecho de compartir un apellido proveniente de la misma región de España unidos por las cadenas migratorias, también en su manchado origen indígena, pero era la tenacidad en superar obstáculos, la apasionada forma de asumir riesgos sin temores, lo que los identificaba. Entre ellos se establece una comunicación inmediata, el andino se da cuenta por la magnética mirada de la mujer, de su inteligencia, que el control de la situación era de ella, finalmente descifra la decisión del general Torres Aular.
Silverio procede a presentarla, le aclara que es la propietaria del hato donde se encuentran, la jefa de la secreta conspiración y líder de su pueblo. Gracias a su facultad de curar, del desarrollo de su don de comunicarse con los espíritus, su valor demostrado en las guerras y su sangre mestiza era considerada Chaman, teniendo gran ascendencia en las indiadas de Parapara y sus alrededores, dispuestos a obedecer sus órdenes, al igual que lo hicieran anteriormente con el Indio Reyes Vargas en su tiempo. Esto le permitía tener acceso a información de todo tipo y conocimientos de ancestrales caminos desconocidos como el usado por el andino para llegar al lugar. 
Al ser la viuda de un militar y comadre del General Juan Bautista Salazar se le facilitaban los secretos militares, el haber pertenecido a La Propaganda bajo las órdenes de Aquilino Juárez y Carmona le permitía estar al tanto de la verdadera inclinación política de Torres Aular, ademas ambos tenían una deuda pendiente por cobrarle a Ángel Montañez.  
Se da inicio a la conversación con otra impactante oferta de Bartola: le daré las armas necesarias para su triunfo, tengo experiencia en ello, ya lo hecho antes, pero esta vez será mediante una trampa, continúa explicándole a Cipriano, le habla del resentimiento de Torres Aular contra Ángel Montañez. Le aclara que a pesar de que nominalmente Torres Aular era el Presidente del Estado Lara, no gozaba de la confianza plena del gobierno central debido a las intrigas de aquel hombre, quien había logrado el nombramiento de Secretario de Gobierno, representando directamente al Presidente Ignacio Andrade, detentando el poder real, pasando por encima del general, causando que este se sintiera humillado. Bajando la voz secretamente le susurra que también era el autor de los hechos que desembocaron en el asesinato de su marido Antonio. 
Ella le comunica a Castro que solo había que lograr la salida del general con los pertrechos de Barquisimeto sin despertar las suspicacias de Ángel Montañez, usarían el conocimiento de su debilidad, sus delirios de grandeza, de querer ser el más poderoso, hacerlo caer en la trampa de su ego, por lo que debe dirigirse a Carora. Le informa que el batallón acantonado en Aregue ha sido infiltrado por su gente, que el general Planas no opondrá resistencia. 
Al finalizar la entrevista habían acordado acabar con el poder de Ángel Montañez, la inmunidad total para Torres Aular en caso de llegar el andino a la Presidencia de la Nación, el secreto absoluto de lo sucedido y la protección a sus habitantes durante el encuentro pautado allí. Se tiene constancia que en este pueblo le brindaron a Castro su generosa caballerosidad, atenciones y respeto. También se conoce que el caudillo fue considerado durante el enfrentamiento ocurrido allí días después, muy diferente a lo sucedido en Siquisique, brutalmente saqueado ese mismo día. 
Los presentes se retiran uno a uno, quedando los dos guerreros Castro solos, Bartola le había hecho una señal a uno de sus escoltas quien se le acerca con un pesado saco, alcanzándoselo a Cipriano mientras le dice: “General una contribución de los habitantes de Parapara para su campaña, además de la humilde hospitalidad de mi parte, le rezaré todos los días a la virgen de Chiquinquirá de Aregue por su causa, mantendré velas encendidas hasta que llegue a Caracas”. Cipriano mira en el interior del saco detallando el brillo de las monedas, descubre cual es la otra fuente de poder de la mujer, que el dinero no es del pueblo, dándose cuenta que es de ella, taimadamente le responde: “Señora agradézcale a su gente este aporte, serán respetados como se merecen, a Ud le garantizó que sus oraciones serán escuchadas y sacaran de su camino a quien le arrebató a su marido”.
Cipriano sale de Parapara el 22 de agosto, sorprendiendo a la guarnición acantonada en Aregue, derrotándolo fácilmente al rendirse casi sin combatir, llegando triunfante a Carora en donde es recibido por los Generales Juan José Perera Álvarez y José María Riera Álvarez, este último lo hospedó en su casa.
Mientras el enlace de confianza de Bartola, un sacerdote, sería el  encargado de trasmitirle a Torres Aular el acuerdo alcanzado. Aprovechando su condición de religioso iría al comando con el pretexto de solicitarle unas donaciones para los pobres, entrevistándose con el comandante sin despertar sospecha, le explicaría el plan a desarrollar.
Este consistía básicamente en provocar al Secretario General del Gobierno, para lo cual Cipriano Castro se toma una fotografía vendida en recepciones sociales ofrecidas por los caroreños con el fin de recoger fondos para su causa. Para un caudillo que venía escondido por la falta de hombres y municiones estos actos públicos no eran los más indicados, a menos que la intención fuera diferente. Otro extraño suceso ocurrido, además de la venta de la fotografía, fue el hurto por parte de las tropas de Cipriano Castro de un cargamento de mercancías transportadas en dos arreos de bestias provenientes de Coro con destino, no era casual, al negocio de Ángel Montañez y Manuel José Perera Yépez, hijo de Ramón Perera Montesdeoca, pariente de su esposa, con el cual existía una deuda moral por haber desencadenado su muerte en los sucesos donde fue asesinado el comandante Antonio Perozo. 
El General Montañez disfrutaba de muy buenas relaciones con los godos de Carora, su familia estaba residenciada allí, tenía varios negocios mercantiles sumamente prósperos, además de la sociedad con Perera Yépez, con el hijo de Juan Agustín Pérez, también estaban los de la casa comercial de los hermanos Zubillaga a los cuales les otorgaba empréstito de guerra.
Así que este asalto constituyo una provocación que sumado a la venta pública de la fotografía, convertía su presencia en un acto sumamente notorio en Carora, evidenciando que era un señuelo, para lo cual Castro se tomo su tiempo, quedándose 5 días en la ciudad hasta lograr su propósito de retarlo, finalmente lo logra, entrando en cólera Montañez, quien manda a llamar a Torres Aular increpándolo: “general, ¿por qué no ha salido a apresar a ese revoltoso de Castro? Acaso quiere dejarme mal parado ante los caroreños y el presidente Andrade? El militar responde: “ud designo al general Planas con un batallón en la zona para contener la conspiración y fue derrotado, por lo tanto debe autorizarme para llevarme la caballería bien apertrechada”.
A pesar de la desconfianza que le despertaba, le ordena ir tras el andino, finalmente Torres Aular lograría los objetivos. Se llevaría el parque existente en la guarnición de 600 máuseres de repetición, treinta mil cartuchos, un cañón Krupp alemán con todos sus accesorios junto a sus municiones, lo último en tecnología de guerra, una exageración para un supuesto combate contra una pequeña tropa mal abastecida. Otro detalle importante es que Torres Aular se dirige a Parapara y no a Carora, quien igualmente se había dirigido al mismo lugar, aquello parecía una cita.
Sumado a estas “coincidencias”, el andino logra un triunfo tan inesperado en un enfrentamiento a todas luces en franca desventaja, que el general López Contreras, el cual andaba con la tropa siendo muy joven, escribió en su diario, tiempo después, que no se explicaban como ganaron ese combate de vital importancia, permitiéndoles apoderarse de aquellos pertrechos que los equiparó en la guerra. El viejo máuser de un solo tiro estaba emparentado con el arcabuz del siglo XVI de los conquistadores españoles, en tanto que el máuser de repetición permitía al soldado hacer varios disparos sin tener que detenerse a recargar, a lo que debemos agregar el tremendo poder de fuego y alcance de aquel cañón arrebatado a las tropas de Torres Aular. Antes de esta batalla el ejército de Castro era por su armamento y pertrechos una montonera del siglo XIX, después de Parapara se transformaría en uno moderno, colocándolo en igualdad de condiciones con respecto a las tropas del gobierno. 
López Contreras describe el enfrentamiento de Parapara: “en la acción, que duró aproximadamente 20 minutos, se capturó a varios oficiales, entre ellos al General Siquisiqueño Abelardo Gutiérrez, 200 individuos de tropa, todo el armamento y algún dinero de raciones”. La mayoría de los soldados desertarían a las filas de la revolución, desencantados del gobierno y deslumbrados por aquel caudillo. ¿Como pudo perder Torres Aular con esa cantidad de soldados y armas? ¿Por que no disparó el cañón?  
Castro obtiene un triunfo vital en Parapara de Río Tocuyo, el 27 de agosto de 1899, además sale cargado de plata acuñada, obsequiada por desconocidos habitantes, tomando en cuenta que este era un caserío de pocas casas de agricultores y criadores de chivos, es inexplicable a menos que se considere que en Parapara vivía una mujer llamada Bartola, la cual descollaba en experiencia conspirativa, valor, contactos, motivación de todo tipo, don de mando y un misterio… Habían transcurrido 9 años del asesinato de Antonio.




viernes, 6 de marzo de 2015

Capitulo 29: Zozobra!

Corra señora Bartola, el vigía acaba de avisarnos que vienen los soldados, la niña la tenemos afuera, vamos apúrese debemos llegar al bosque, salga rápido. La mujer gira como una leona a punto de saltar sobre su presa “No, exclama, yo me quedo, váyanse y protejan a Julianita”
Desde que su marido fuera asesinado había estado sometida a un castigo constante, la milicia llegaba a galope arrastrando a su paso el terror, ella salía huyendo con su pequeña hija a esconderse en los montes existentes a la orilla del río Tocuyo, dejaba su hogar a merced de ellos, al no encontrar quien les abriera la puerta entraban tumbándola a machetazo, registraban la casa destrozándole sus colchones a sablazos, revolviendo todas sus pertenencias impúdicamente, rompiendo y rociándole con veneno los sacos de granos almacenados para su alimentación con el fin de amilanar su espíritu, pero esta vez los enfrentaría, su alma guerrera quebrantada desde la tragedia había regresado.
Los hombres al verla vestida de negro, desarmada y sola ante la puerta de su casa con aquella mirada que lanzaba un fuego amenazante, se detienen impactados, no esperaban encontrarla, era muy extraño, “señora díganos donde están ocultas las armas y la dejaremos en paz” Ella contesta con una voz helada “no hay armas aquí, tienen más de un año buscándolas, si existieran ya las habrían encontrado, regresen por donde vinieron antes de que les arroje un maleficio” Cierra los ojos  comenzando a hablar un idioma desconocido, los soldados quedan desconcertados conocen lo que se dice de su don de espiritista, su poder de lo sobrenatural, creen descifrar la causa de su desafío, repentinamente una fuerte brisa corre en el lugar, levantando a su paso una gran polvareda, azotando su cabello contra su rostro y agitando su falda violentamente, temerosos uno de ellos ordena la retirada inmediata, saliendo rápidamente de allí.
Fueron años de amarga zozobra, de destrucción a su propiedad, de pérdida de su familia, cuando un soleado día de diciembre de 1891 le avisan que un solitario hombre a caballo estaba llegando, el vigía le confirma de no existir peligro, portaba la señal de amigo, se trata de Federico Carmona que viene con una misión, explicarle a la viuda lo que estaba por acontecer, cuál sería su papel en estos sucesos.
“Bartola, llego la hora que estábamos esperando, el general Crespo nos avisó que todo está listo para dar el golpe, planea salir del hato El Totumo en marzo. Nosotros lo apoyaremos con hombres y las armas bajo tu custodia, nos comisionaron tomar Carora, es necesario sacarlas del escondite por lo que debes irte por un tiempo de Parapara para enfriar la zona, al no estar aquí dejaran de buscarte, así podríamos hacerlo sin peligro de que nos las decomisen, te traje una invitación de viejos amigos masones para viajar a Curazao en un bergantín de ellos, siempre dijiste que querías hacerlo, debes buscar un poco de paz, tal vez conocimientos espirituales, me entere como espantaste la última vez a los soldados, entrando en trance y hablando extrañamente. Ella le dice que el idioma que escucharon era algo vulgar en holandés aprendido en La Vela de Coro para hacerse obedecer por los marineros y caleteros a cargo del contrabando de los barcos, lo del viento fue pura casualidad, le aclara al hombre que escucha observándola mientras medita como explicarle el acuerdo político que habían realizado.
Sabes algo, Federico? He tenido varias visiones del futuro, la primera vez fue cuando te encontré herido en la casa del ayuntamiento en 1870 defendiendo a los azules, mientras te sacaba la bala te vi convertido en un gran líder liberal dirigiendo a tu pueblo de Río Tocuyo. Luego, en mi primer viaje a Coro me vi vestida de negro viajando en un bergantín rumbo a Curazao, ahora entiendo. Mi madre la india Juana Bautista siempre me dice que heredé los dones visionarios de mi pueblo ancestral.
El hombre sonríe y le dice: “Hay algo muy delicado que debo decirte, estamos cerca de lograr nuestro cometido pero debimos pagar un precio muy alto: pactamos con el general Eusebio Díaz y Ángel Montañez, no había otra forma, necesitamos su apoyo. Estamos conscientes de lo peligroso, son traidores por naturaleza, yo soy su objetivo al igual que tu, después del triunfo prometo resolverlo.”
La mujer se queda mirando hipnóticamente a lo lejos, suspirando le contesta “está bien, confío en uds, me debo al movimiento y a mi pueblo, aceptaré la invitación”.
Ella saldría en enero de 1892, realizaría una búsqueda espiritual por caminos insospechados, dejaría con Silverio las claves de donde estaban los escondites “Debajo de las aves están sus nidos, allí encontraras lo que buscas”, en ese momento Federico se enteraría que nunca existió un mapa escrito, todo estaba en su cabeza, imposible de obtener. Se refería a túmulos hechos de piedras con formas de aves que marcaban los sitios. Sin embargo hubo uno que no preciso, dejándolo oculto, era una mujer precavida o tal vez para su venganza, este depósito sería encontrado 120 años después accidentalmente por unos agricultores al tratar de limpiar un terreno para sembrar, chocando sus palas con una gran tapa de calicanto que no pudieron romper por lo que acudieron a las autoridades locales quienes vinieron con herramientas especiales, logrando finalmente atravesarla, llevándose aquel valiosísimo tesoro no solo por su valor monetario sino por pertenecer a la memoria histórica de la región, nunca se sabrá a donde fueron a parar aquellos antiguos máuseres.
El entonces Presidente Andueza Palacio al introducir una reforma para alargar el periodo constitucional a 4 años con el fin de perpetuarse en el poder, divide a los militantes del partido liberal amarillo en dos fracciones irreconciliables, que conduciría a un enfrentamiento bélico liderizado por Joaquín Crespo, contrario a la corriente continuista, en una batalla  iniciada el 11 de marzo de 1892,  en lo que sería la “Revolución Legalista”.
Para septiembre de ese año, los caudillos locales de Siquisique se alzan en el sitio “Los Estanques” contra las fuerzas del gobierno, estando en desventaja se retiraron a Parupáno en donde se les incorporó el Coronel Desiderio Meléndez y el General Escolástico Vargas, para seguir a Churuguara con el fin de unirse al batallón que comandaba el General Felipe Franco que se dirigía a Siquisique, logrando finalmente el triunfo, rindiéndose el General Pedro Mora antiguo conservador ahora liberal continuista y comandante militar local, entregando 100 fusiles con sus pertrechos mas todo el material de guerra al General Antonio Álvarez, designado como su sustituto.
Ese día entro triunfante el General Eusebio Díaz, Jefe Civil y Militar del Estado Lara seguido por el cuerpo de caballería bajo su mando, la población lo recibe feliz ovacionándolo con vítores, música y fuegos artificiales. Este General, le había ganado las elecciones a finales de 1891 a Aquilino Juárez, quien aceptó tranquilamente su derrota, actitud diferente a aquella otra de 20 años atrás, donde después de acusaciones de fraude fueron anuladas, conduciéndolos a una enemistad política que los enfrentaría por décadas. Al ocupar entonces la gobernación, comandaba la poderosa caballería que era clave en el alzamiento, imprescindible para realizar el golpe militar, por lo que es contactado por los crespitas, accediendo pactar a cambio de una cuota en el nuevo gobierno, algo muy similar sucedería en 1899 para la toma del poder por Cipriano Castro.
Mientras tanto Federico Carmona, se alza en armas en Río Tocuyo al mando de más de 500 hombres acompañado por sus lugartenientes José Álvarez y Rafael Aranguren con el apoyo de los Castro, los Nieto, los Figueroa y los Santeliz, parte importante de los carmoneros, llevaban las armas escondidas que se habían salvado de las constante requisas, al ser ocultadas por Bartola.
Durante el camino a Carora, el general Carmona va recordando lo vivido cuando defendía la ciudad 22 años atrás siendo conservador, como cambiaban las cosas, ahora era su atacante, un liberal contra otros liberales, cavila mientras trota al mando de su tropa, al llegar lograría ocupar fácilmente la plaza defendida malamente por un viejo enemigo, el liberal General Ramón Urrieta, quien junto a Graciano Riera Aguinagalde lo habían despojado de La Propaganda, convirtiéndose en incondicional de Ángel Montañez de quien recibe órdenes de simular una leve resistencia, así triunfa la Revolución Legalista, a base de acuerdos y conspiraciones entre enemigos.
Huye Andueza Palacios, luego de 7 meses de sangrienta guerra, Joaquín Crespo entra a Caracas en octubre de 1892 como el nuevo dueño del poder supremo, ocupándolo consecutivamente por 6 años, su adversario Cipriano Castro tuvo que exiliarse en territorio colombiano, regresaría 7 años después a derrocar al gobierno. Hay el dicho de que Crespo catalogaba despectivamente a Castro afirmando que: "Es un indio que no cabe en su cuerito", al referirse a su sangre mestiza.
Políticamente no se pudo eliminar a los enemigos del guzmancismo debido al pacto de gobernabilidad realizado por el general Crespo, que sumado a ser misia Jacinta, su esposa, la verdadera persona al mando junto al "yerbatero" de su confianza, quien según los rumores sería nombrado rector de la universidad de Caracas, confiriéndole esto un grado de debilidad a su segundo gobierno. A pesar de todo, gracias al pacto realizado entre ellos, Bartola recobraría la tranquilidad, volvería a ser económicamente solvente, refundaría su hato que había quedado en ruinas, no le faltaban varias mujeres que trabajaban en las labores en su casa, lo cual recordaba su hija Julianita en sus narraciones. Pensaba que por fin la hora de vengar a su marido vilmente asesinado junto al retorno de sus hijos estaba cerca, sin embargo la realidad fue diferente, la política tenía sus recovecos y los poderosos siempre establecían ramificaciones que se conectaban con el ganador.
Federico Carmona ocuparía el cargo de prefecto de Carora durante el gobierno del General Aquilino Juárez, que finalmente había ganado en 1894 ocupándolo simultáneo a Crespo hasta 1898. Al acercarse el final de este periodo, Ignacio Andrade es designado como el sucesor para las elecciones presidenciales a realizarse en septiembre de 1897, Carmona se sumaría a la campaña presionado por la necesidad de proteger a sus seguidores, los carmoneros de Río Tocuyo, amenazados por una nueva coalición política, quienes paradójicamente también apoyan a Andrade, movimiento que subvenciona con dinero de su propio peculio dejándolo en una delicada situación económica y de salud, al descuidarla en el intenso ritmo de trabajo que le imprimió el Mocho a esta campaña, antiguo colaborador de Joaquín Crespo, ahora su adversario político el cual implementaría un innovador método de mítines recorriendo todo el país, convirtiéndose en sumamente popular con una real oportunidad de ganar. 
Ante la inminente derrota electoral, Crespo ordenaría la ocupación militar de las mesas de votación impidiéndole la entrada a los seguidores del opositor. Así se lograría ganar estas controversiales elecciones, ejerciendo Andrade apenas 22 meses, quien por la ilegitimidad de origen fue finalmente derrocado, sería el último presidente del liberalismo y masón en ocupar este cargo. En su breve mandato surge una crisis de gobernabilidad debido a la sumatoria de varios factores entre los cuales figuraba el rumor de ser colombiano, de no poseer liderazgo propio, de una pobre gestión económica, incidiendo todo en una gran desconfianza que se agrava por una epidemia de viruela que azotaría al país, conduciendo a múltiples insurrecciones siendo la más relevante la del Mocho Hernández, competidor en los comicios quien denunciaba sus resultados de falsos por el abuso descarado del poder de parte del gobierno, sería el primer fraude del país.
Entra el turbulento año de 1898, como consecuencia de la feroz campaña electoral, fallece Federico Carmona, un 22 de enero, al complicarse con una neumonía, tenía 65 años de edad. Al mes siguiente, un 16 de febrero, al salir Joaquín Crespo personalmente a sofocar la revuelta del Mocho Hernández, sería asesinado de un balazo en un oscuro suceso. El opositor seria derrotado y nunca llegaría a gobernar, posterior el general Juárez entregaría el gobierno local a Elías Torres Aular, hombre de su confianza, clave en un suceso organizado por Bartola al siguiente año en Parapara.
Estaban por cambiar nuevamente la correlación de fuerzas políticas del país y de la región larense, otra conspiración daría sus frutos, los peligrosos adversarios de Bartola se habían agrupado en un influyente movimiento llamado “Unidad Nacional” en donde figuraban Lázaro Perera Montesdeoca (hermano de Ramón Perera), Amenodoro Riera (presente en la misa celebrada en Río Tocuyo por el Arzobispo en 1890), Ramón Urrieta (el supuesto defensor de Carora), José María Riera, Agustín Zubillaga, entre otros godos, apoyando a Andrade ante el reclamo de la Guayana Esequiba, cedida a Gran Bretaña por el laudo arbitral de París en 1899. Gracias a esto y la desaparición física de Carmona, el jefe de este movimiento, Ángel Montañez conseguiría la confianza absoluta del Presidente, nombrándolo Secretario de Gobierno en su representación directa, pasando por encima del entonces gobernador Torres Aular. Por fin ostentaba el poder deseado por el cual había confabulado durante tanto tiempo.
En este panorama político transcurre la primera mitad del año de 1899, estando Bartola, durante el mes de julio, meditando sobre la delicada situación en la que se encuentra nuevamente, de la imperiosa necesidad de hacer algo y pronto, habiéndose enterado de la muerte en París de Guzmán Blanco, el hombre fuerte del liberalismo, casi simultaneo con el cumplimiento de los 9 años del asesinato de su marido, pareciéndole un aviso, una señal, tratando de descifrar los hilos del destino, sorpresivamente recibe una invitación para una clandestina reunión con Torres Aular.

Llega un visitante conocido.

  
El malefio

Bergantin


Registro parroquial de fallecimiento de Federico Carmona


viernes, 13 de febrero de 2015

Capitulo 28: Asesinato encubierto.

Aquella mañana se parecía a cualquier otra, pero una dolorosa encrucijada, marcada por un sello de sangre, se abriría inesperadamente en busca del ineludible destino. Eran apenas las cinco de la mañana y ya los hombres amolaban los machetes con piedras especiales seleccionadas para tal fin, reunidos en el patio antes de partir al campo a trabajar mientras las mujeres en la cocina hacían las arepas con el maíz recién molido en el pilón, grandes cuencos donde se colocaban los granos en el fondo, golpeándolos con un pesado mazo, ambos de madera, hasta reventarlos y convertirlos en harina que luego se amasaba con agua para darle la característica forma redondeada, pasando luego a tostarlas en las brasas del fogón para servirlas con queso, mantequilla casera, revoltijo de huevos junto al café recién molido que se servía negro o con leche de cabra.
Los aromas del café y la leña inundaba el amanecer de ese 2 de agosto de 1890, las cocineras elaboraban los alimentos junto a Bartola que las supervisa acompañada por sus hijas, las dos mayores estaban pilando el maíz, actividad disputada entre las jóvenes pues se decía que proporcionaba senos firmes y voluminosos, los dos hijos varones permanecían en un rincón esperando un descuido para tomar algo de lo que se preparaba. Las mujeres conversaban alegremente al unísono, de varias cosas a la vez, en un desorden que semejaba una orquesta sin director, sin embargo seguían el hilo del tema muy propio de las damas, repentinamente escuchan un golpe que procede de la sala donde estaba su marido esperando el desayuno, el eco retumba en el ambiente presagiando algo maléfico, un escalofrío recorre a Bartola al experimentar una macabra visión, corre hacia el lugar seguida de sus hijos, al entrar encuentran a Antonio yacente en el  suelo, a su lado un conocido arrodillado cual ave de rapiña, lo registra mientras va creciendo un  charco de sangre escarlata a su alrededor. Una niña aun en camisón con su larga cabellera dorada cayendo sobre su espalda, Julianita la hija menor de 7 años de edad, observa hipnótica la sangrienta escena, sería un recuerdo muy doloroso que nunca olvidaría, historia que relataría durante toda su vida a su descendencia.
Habían transcurrido apenas unas horas de las festividades religiosas acaecida en la Iglesia Parroquial de Río Tocuyo, aflorando allí las más violentas pasiones dirigidas hacia Antonio Perozo, un militar guzmancista casado con Bartola Castro, lo cual significó su sentencia. 
Los conjurados elaboran el plan durante la noche del 1 de agosto, irían a invadir la casa de Antonio en búsqueda de las armas escondidas, poseían experiencia con otro asalto similar perpetrado al hogar del General Bracho realizado 5 años antes en Carora. El anfitrión de la casa donde se lleva a cabo la reunión se ofrece como guía y acompañante, alega que su presencia no sería vista con desconfianza al ser baqueano del lugar, pero resulta que poseía otra razón, una muy personal, ajena a la política que lo impulsa a involucrarse en el conflicto entre estos personajes.
Ramón Perera Montesdeoca, casualmente se entera de los rumores que narraban algunos trabajadores de su propiedad situada en Río Tocuyo, ademas su hija pasaba largas temporadas allí pues su marido poseía un hato quien también escucha el extraño relato entre sus cocineras, años después ella sufriría una tragedia producto de las intrigas entre los godos, retratando el proceder violento que caracterizó aquellos tiempos. Este personaje viajaba rutinariamente al lugar por razones de trabajo y a visitar a su hija, accediendo a la misteriosa historia de las numerosas cajas de madera que constantemente llegaban a Parapara. Al lograr desenmarañar la conspiración se la trasmite a su sobrino político Ángel Montañez, emparentado por su esposa y su hija, quienes mantenían contacto comunicándose los sucesos del acontecer cotidiano.
Al alba se dirigen unos pocos hombres para no llamar la atención de los pobladores, van cabalgando rumbo a la vivienda de los Perozo-Castro, al llegar se esconden entre los árboles y deciden que uno de ellos se introduzca en la casa mientras los otros esperan afuera, el guía se ofrece para efectuar esta misión, esgrime el hecho que en caso de ser descubierto puede inventar una excusa creíble para visitarlos, al ser un conocido, oculta su secreto odio hacia los Castro, su deseo de despojarlos de una inaceptable posición de poder.
Toca la puerta discretamente con el fin de cerciorarse que la sala estaba vacía, Antonio que se encontraba arreglando unos documentos se asoma, conociendo al supuesto visitante le abre la puerta, invitándolo cortésmente a pasar mientras se introduce los papeles en un bolsillo de su chaqueta, lo cual percibe el hombre y especula que se trata de un posible mapa del lugar donde esconde las armas.
Dígame, en que puedo ayudarlo? Pregunta el comandante al recién llegado quien le entabla una conversación fútil, resultándole sospechoso al militar, girando para tomar su arma que estaba cerca, un grave descuido por parte de este fornido hombre, experto en luchas cuerpo a cuerpo, sin prever que podía ser atacado a traición por la espalda, oportunidad que aprovecha el conocido para extraer una daga que llevaba oculta estratégicamente debajo de la manga de su saco, asestándole una certera puñalada cortándole los vasos sanguíneos del cuello, cayendo prácticamente muerto, el asesino se arrodilla para registrarles los bolsillos en búsqueda del pliego con las notas, momento en que entra la familia proveniente de la cocina. Al ver la sangrienta escena, María Agustina y Ramona Antonia de 18 y 16 años respectivamente, que vienen detrás de su madre, reaccionan instintivamente usando como arma el mazo del pilón de maíz que una de ellas traía, asestándole un golpe en la sien o hueso temporal que había quedado a la misma altura de las manos de la mujer por encontrarse agachado y por haber girado la cabeza con el ruido de los pasos, dejando esta región expuesta como un blanco, provocando la inconsciencia inmediata al fracturar este hueso.
Ante el escándalo en el hogar de los Perozo, el restante grupo que estaban afuera, esperando el desarrollo de los acontecimientos, entran para enterarse de lo que estaba ocurriendo, topándose con Antonio muerto y su socio con los estertores de la agonía en el suelo, deduciendo la culpabilidad de Damián el hijo de Bartola, al verlo con el mazo ensangrentado en las manos pues se lo había quitado a su hermana, desconociendo ellos lo sucedido realmente, vociferan que harán justicia, conminando a la madre a entregar al espigado muchacho de 14 años para ajusticiarlo, ante lo cual ella los enfrenta con valor negándose a la petición, “tendrán que matarme primero, salgan de mi casa inmediatamente” dice la viuda, apuntándolos al pecho con el máuser de su marido que había tomado rápidamente, prevaleciendo su entrenamiento adquirido en los conflictos en las cuales había participado. Los asaltantes le responden “no nos iremos sin llevarnos a su hijo, señora” Bartola los amenaza con dispararles sin dudarlo, instándolos a llevarse a su compañero moribundo, ella era conocida por tener muy buena puntería, no temer disparar como guerrera, los hombres sabían que no hablaba en vano, además los trabajadores se habían aglomerado en la entrada del hogar llevando sus amenazantes machetes recién amolados, sus rostros reflejaban la ira contenida a la espera de su orden para actuar. Con aquella voz autoritaria que la caracterizaba en situaciones difíciles, le gira instrucciones a uno de sus empleados: “Juan de Dios, facilíteles una carreta para que transporten a su hombre herido”. Los sicarios responden "volveremos por el muchacho, debe pagar por su crimen, ud lo sabe" 
Era aun de madrugada cuando salen de Parapara, dirigiéndose rápidamente a la casa parroquial donde las altas autoridades eclesiásticas se encuentran durmiendo, tocan desesperados la metálica aldaba que cuelga de la fauces de una brillante cabeza de león que al chocar contra una pieza de hierro incrustado sobre la madera del gran portón retumba lúgubremente en el lugar, por fin sale el edecán mandándolos a pasar mientras llama a los sacerdotes. 
Al ver aquel hombre inconsciente con la total dilatación de las pupilas, un signo de gravedad conocido por los sacerdotes que poseían conocimientos médicos, dándose cuenta de lo irremediable de la muerte, enterándose de lo recién ocurrido, se alarman por la presencia del Ilustre Visitante, el escándalo de los crímenes acaecidos durante su visita pastoral podía mancillar su imagen ante la poderosa Iglesia Católica, con la cual ya tenía una discrepancia, debido a que el Arzobispo, a solicitud de Guzmán Blanco había otorgado una licencia especial a los masones venezolanos, dejándolos libres de realizar sus rituales por considerar que no chocaban con la fe católica basado en que reconocían la autoridad del Papa, profesaban la doctrina de Jesucristo y los dogmas de la Iglesia Católica, diferente a los perseguidos masones de Europa, originándose una polémica con el Vaticano.
Deciden por lo tanto encubrir lo sucedido, el padre Maximiano Hurtado le suministra los santos oleos y la extremaunción al agonizante perteneciente a su feligresía, quedando esto asentado en el somero registro parroquial realizado posteriormente, luego ordenan que lo trasladen subrepticiamente a Carora sin despertar sospecha de lo sucedido, entregárselo a su familia previa explicación de lo sucedido, de la necesidad de ocultar las causas de su muerte por lo que debe ser sepultado sin llamar la atención. También les prohíben al grupo tomar justicia por sus manos so pena de excomulgarlos, estaba de por medio esta familia muy conocidos en la zona, devotos colaboradores católicos, agravado por tratarse de un militar activo a cargo de la guarnición de Parapara, que afectaría la honrosa visita de su eminencia a su tierra natal, “no debían haber ocurrido estos sangrientos sucesos durante su estadía aquí, los caroreños no lo perdonaran”. El cura de Río Tocuyo se dirige a la casa de los Perozo Castro, se encargaría del ritual del sepelio de Antonio y de conversar con Bartola de la necesidad de la discreción. Antonio sería enterrado sin velorio, sin misa pública y en algún lugar secreto, tal vez uno propiedad de la Iglesia de Río Tocuyo.             
Las costumbres que prevalecían en los rituales funerarios católicos reservado a los godos, eran los de la colonia, consistentes en entierros cantados por mayor y con posas frente al túmulo funerario que debía estar identificado debidamente con su nombre completo mas los de su esposa si era casado o de sus padres, era el derecho de señas que sumado al de ceras o las velas para iluminar el recinto, muy costosas en estos tiempos, costando este servicio la cuantiosa cantidad de Bs.10, además de realizar una vigilia con doble de campanas anunciando el acontecimiento para que el pueblo se acercara a llorar al muerto, conformaba el ritual todo lo cual debía ser detallado obligatoriamente en el registro parroquial. 
Los personajes importantes se colocaban en una cripta en la Iglesia, en el pavimento o en una pared, honor reservado a los hombres y no a las mujeres. A veces, por la premura, el entierro se realizaba transitoriamente en el cementerio del pueblo y luego se trasladaban a solicitud de algún personaje influyente o de la feligresía como sucedió con el General Juan Agustín Pérez fallecido en 1885, reubicado 6 años después, en la Iglesia de Carora, apenas transcurrido un año de la muerte de Ramón Perera ocurrida el 2 de agosto de 1890, quien extrañamente nunca fue trasladado a la Iglesia, notándose además que en su registro de fallecimiento existen elementos que producen ruido como son: el cura que le da la absolución es Maximiano Hurtado quien se encontraba en Río Tocuyo acompañando al Dignísimo Arzobispo lo que sitúa su muerte en este pueblo, esto no ocurre con otros fallecimientos de ese mismo día en Carora, cuyos sacramentos fueron suministrados por el sacerdote suplente Leandro Antonio Colmenárez a cargo de la parroquia por la ausencia del cura rector. Extrañamente suscribe en su totalidad el registro, Maximiano Hurtado, obviando al sacerdote suplente quien debió realizar la misa en Carora, tal vez para no involucrarlo en el ocultamiento de los hechos. Otro detalle es además de no darse cumplimiento al ritual funerario católico completo del velorio cantado por mayor que incluía repique de campanas y con posas, no se realiza el correspondiente traslado a la cripta de la Iglesia. Caso muy diferente al de su hermano José Manuel Perera Montesdeoca, fallecido 5 años antes en 1885, en cuyo registro parroquial esta prolijamente descrito todo el ritual católico, señalando en una nota marginal que posteriormente, en 1888, fue trasladado a la Iglesia Parroquial de San Juan de Carora, colocándole en el pavimento. En cambio el registro de Ramón Perera es poco explicito, no acorde a su posición social, permitiendo deducir que en su muerte existió un secreto típico de la época victoriana, algo que obligó a no permitir la firma del cura Colmenárez, un entierro rápido y anónimo que debía pasar desapercibido por alguna razón, dejándolo en el cementerio con el pueblo, en el olvido y no en las criptas con los godos.  
Este hombre había sido integrante de la tropa que en 1876 habían emboscado a los Castro al mando del general Juan Agustín Pérez donde asesinan a dos de ellos, suceso similar al actual con un grupo muy cercano a aquellos otros, representando Federico Carmona, al que persiguen ahora, igual papel al de general Juan Arce, soliviantando a estos mismos indios, nuevamente protagonistas de un complot que desencadena la tragedia de los Perozo Castro.
Luego de que Bartola les informaría a sus hijos que tienen que marcharse lejos debido a lo peligroso de la situación pues detrás de lo sucedido estaba un miembro muy poderoso de la corriente opositora al guzmancismo y el nuevo dueño del poder local por la caída de La Propaganda, el General Ángel Montañez fundador una agrupación política liberal llamada Partido Liberal Independiente Restaurador, de gran influencia en la región, realizaría el secreto y solitario entierro de su marido.
Teniendo una amplia experiencia conspirativa se percata que la única forma de salvarles la vida era sacarlos de Parapara lo más rápidamente posible donde eran ubicables fácilmente, llama a su hijo mayor Gregorio casado, para que se vaya con Damián y lo proteja, le indica donde ir, a quien acudir. Les entrega unas bestias, cartas de recomendación además de dinero para el viaje, iniciando así un ocultamiento de identidad de sus hijos, no había tenido tiempo de llorar a su marido. 
A las dos hembras junto al menor de los varones, Cosme Antonio de 10 años, los envía aparte con gente de mucha confianza, parientes indígenas a una región llamada Moroturo que transitaba frecuentemente debido al negocio de la madera y el dividive, la razón de esto se debía a que corrían menos peligro por estar fuera de las sospechas del crimen, además representaban una carga para los otros dos que debían ocultarse en las montañas, dormir bajo los árboles, no acercarse a los centros poblados por ningún motivo, quienes toman la ruta hacia Siquisique, viaje que se hacia en medio día en bestia, llegando al eje Siquisique-Aguada Grande-La Unión, zona rica en café, instalándose en un lugar aislado llamado San Pedro en plena serranías de Parupáno, conectada con Aguada Grande y el caserío La Unión, una región montañosa donde residían varios Castro que habían huido desde los tiempos de la masacre de 1876, lo cual les permite disolverse entre ellos. 
Cosme, al principio se queda con sus hermanas pero luego, ante las suplicas del muchacho y de Damián que moría de tristeza por su familia, también iría a las montañas, nunca regresarían. 
Bartola parada en el camino, tomada de la mano por su pequeña Julianita, los ve partir, ese día perdería no solo a su marido y a cinco de sus hijos, también marcaría el principio del fin de la época de oro de su amada región, era el mes de agosto de 1890. 

La Daga 
Aldaba 

Registros parroquiales que delatan un oscuro suceso


Un solitario y secreto entierro

miércoles, 21 de enero de 2015

Capitulo 27: La simulación.

En un bosque de semerucos en las afueras de Barquisimeto tres hombres ocultos entre las sombras conversan en voz baja, son: Aquilino Juárez, Federico Carmona y Elías Torres Aular, discuten sobre las estrategias a seguir en el complicado panorama político.
“Me informaron que el general Crespo desde su liberación de la cárcel de La Rotunda esta confinado en su hacienda El Totumo, situada en el estado Guárico, desde donde ha logrado establecer contacto con varios generales de confianza” les dice Aquilino Juárez a los otros dos hombres quienes escuchan atentamente, “está coordinando un movimiento nacional, la Revolución Legalista, lo esencial ahora es organizarnos, recuperar nuestra gente para alzarnos nuevamente, cada uno debe ir a lo suyo, separarnos para buscar adeptos en diferentes escenarios”.
Juárez continua hablando, “debido al triunfo electoral de los continuistas existen grandes expectativas de cambio, hasta los altos mandos militares están apoyándolos, entre ellos los generales León Colina y Bracho en Carora, debemos actuar con sigilo, esperar la caída de su popularidad, el desencanto de sus seguidores y del pueblo. Si procedemos en este momento nos aniquilarían, sería un error político.”
Eran los inicio de 1890, habían triunfado electoralmente los continuistas con Raimundo Andueza Palacio como Presidente, poseían apoyo de poderosos opositores al régimen de Guzmán Blanco, permitiéndole una confrontación mas frontal al hombre de París de lo que hiciera su antecesor Rojas Paúl, a esto se une en el estado Lara el general Montañez junto a los godos de Carora, es un peligroso momento para La Propaganda y los hombres partidarios del liberalismo pro guzmancista liderizado por Joaquín Crespo.
Federico les informa: “ya tenemos fusiles suficientes como para armar un ejército de 500 hombres, mi contacto en Río Tocuyo que uds conocen, las tiene bajo buen resguardo, cuando lo ordene Crespo a través de ud general Juárez, saldremos a tomar el gobierno regional. Carora no es seguro, pululan los traidores, me iré a mi pueblo donde estoy resguardado por mi parentela, los carmoneros, desde allá organizaré la insurrección clandestinamente, trasmitiré las indicaciones que debemos esperar el momento oportuno, dejar que el gobierno se hunda para así recuperar nuestras fuerzas políticas”.
“Correcto” le responde Juárez refrescándose el rostro con su sombrero y le acota a Torres Aular “ud debe ser nuestro infiltrado en el ejército, nadie debe saberlo, guardaremos las apariencias, solo responderá a nuestro mando directo”.
Estos hombres planeaban apoderarse del poder local, en su estrategia estaría el lanzamiento nuevamente de la candidatura de Aquilino Juárez a la Presidencia del Estado, sin imaginar que se repetiría el enfrentamiento con un viejo contendor.
Mientras tanto en una cantina de Barquisimeto se da otra reunión, no tan secreta como la ocurrida entre las sombras de los semerucos, son dos conocidos personajes, los generales Eusebio Díaz y Ángel Montañez quienes planean enfrentar a Juárez y Carmona: “General Díaz, me encargaré a través de mi recién fundada publicación periodística “La Palanca” de desprestigiarlos ante sus seguidores, principalmente al general Carmona quien tiene una deuda pendiente conmigo, Ud encárguese de anular las aspiraciones electorales de Aquilino Juárez, el general Bracho me asegura que tiene asegurada a Carora y su gente.”    
Ese año fue muy peculiar, se inauguraría el telégrafo en Carora, el alumbrado público en Siquisique y el ferrocarril Bolívar en Barquisimeto, simultáneamente los crespistas o legalistas son obligados a salir del poder junto a la agrupación política local “La Propaganda” que se disuelve ante la debacle del guzmancismo agravado por el fallido golpe de estado dado por Joaquín Crespo al presidente Rojas Paul.
El general Bracho, apoyado por Graciano Riera Aguinagalde y los también generales Froilán Álvarez y León Colina, había retomado el poder político en Carora quedando anulado Federico Carmona, debiendo conjurar las amenazas de muerte que se ciernen sobre su cabeza. Este hombre al pasar por Carora rumbo a su pueblo, se consigue con un corre y corre debido a la llegada del Dignísimo Arzobispo de Caracas y Venezuela Críspulo Uzcategui Oropeza, descendiente caroreño. Todas las damas competían en muestras de afecto a través de la comida típica local como el lomo prensado, el pimpinete un chorizo elaborado con carne de res y cerdo, la olleta una sopa de carne de gallo que levantaba controversias entre las cocineras sobre si se le debía dar a su eminencia, por los efectos afrodisíacos que según tenía, acordando por consenso servirle un buen mondongo de chivo más acorde con su investidura, por la mesa desfilan vertiginosamente las arepas con la mantequilla envuelta en hojas de maíz dándole un exquisito sabor, la dulcería resaltando el de mango o de leche, los quesos regionales en diferentes formas de crineja o de tapara, obsequiados al ilustre visitante de paso por la ciudad, a punto de sufrir una indigestión. En medio de esta guerra de platos nadie nota la presencia del recién llegado, siendo este acontecimiento providencial para pasar inadvertido.
Recibiendo el Arzobispo una invitación del cura de Río Tocuyo para celebrar dos solemnes misas de confirmación en la Iglesia Parroquial para los niños de la localidad, la primera el último día del mes de julio y la segunda el primero de agosto de 1890, aprovecha la oportunidad para alejarse aliviado de la feroz competencia entre las cocineras caroreñas que lo habían llevado a cometer el pecado de la gula, iría acompañado por Maximiano Hurtado cura en propiedad de Carora como correspondía a su alta investidura, quien deja encargado al presbítero auxiliar Leandro Antonio Colmenárez.
Pero sucede que Río Tocuyo al ser un pueblito pequeño, se regaban los rumores rápidamente, enterándose el General Ángel Montañez a través de su esposa, recientemente informada por sus familiares Yépez, tía y prima, residenciadas en ese pueblo, de la existencia de un armamento traído de contrabando, obtenida por indiscreciones cometida por el hijo adolescente de Bartola, de nombre Damián, quien en un arranque de pasión le había comentado a su novia lo del armamento, a su vez ella le comentaría esta información a las trabajadoras de su casa, estas a sus maridos hasta que finalmente llega a oídos de los Yepez, así que este hombre imparte ordenes a su gente, conocidos como los Chuaos, de dirigirse inmediatamente no a Carora, sino a Río Tocuyo donde estaba Carmona, que lo vigilen y lo sigan, sospecha que allí lo ocultaba, así que por esas cosas del destino todos coinciden en ese pueblo.  
En la primera misa del 31 de julio, bajo el amparo de la Iglesia y de su ilustre visitante, repentinamente se escuchan unas fuertes pisadas de botas que retumban en el sagrado recinto, son los Chuaos, con sus rostros cubiertos por la máscara del odio, largas chaquetas negras revolotean a su alrededor, presagiando algo fúnebre, el ambiente se torna rojizo, vienen de Carora tras su enemigo, encabezados por el hijo del fallecido general del mismo nombre, Juan Pérez Alvarado, casado con Primitiva Riera Montesdeoca y socio comercial de Ángel Montañez, acompañado por varios de sus parientes Montesdeoca junto a su leal amigo Amenodoro Riera, hijo natural de José Ignacio Montesdeoca, la sombra de la muerte los seguía y llevaría el sello de este apellido. 
Este mismo grupo conformarían 9 años después, en 1899, un movimiento conocido como “Unidad Nacional”, estarían: Ángel Montañez, Francisco Nicolás Giménez, Lázaro Perera Montesdeoca, Amenodoro Riera, Ramón Urrieta, José María Riera, Agustín Zubillaga, Vicente Sosa, todos pertenecientes a lo más rancio de los godos caroreños, llegarían a ser sumamente poderosos a partir de Castro y durante la dictadura de Juan Vicente Gómez.  
También se encuentra en la Iglesia, Francisco Brizuela, Gregorio Nieto, los Santeliz, los Figueroa y un personaje clave: Silverio Castro quien es enemigo acérrimo de los Chuaos desde 14 años antes, cuando ocurrió el alzamiento que protagonizaran los Castros en contra del General Juan Agustín Pérez, sofocado por un grupo comandado por este general y los Montesdeoca, resultando muerto dos miembros de este clan, uno de ellos según comentarios de la época asesinado por Ramón Perera Montesdeoca, por lo que existían viejas rencillas entre ellos.
Al día siguiente, 1 de agosto, en el segundo día de misa, se encuentran en la Iglesia nuevamente Federico Carmona, Gregorio Nieto, Silverio Castro y otro hombre que es el comandante Antonio Perozo, utilizando el pretexto de la confirmación de varios niños para reunirse sin llamar la atención. 
Cuando Antonio Perozo es visto con ellos, se dan cuenta de que al ser el marido de Bartola, en quien se conjugaba las dos familias, Castro y Nieto, ambas carmoneras incondicionales, se transformaba en un enlace clave de suma confianza, además por ser un militar activo guzmancista, no levantaba sospecha, por lo que era perfecto para la amenazada Propaganda y su líder, su participación garantizaba que las armas no cayeran en manos de sus enemigos, sería el depositario ideal para el resguardo de estos pertrechos a utilizarse en algún momento para la defensa de sus intereses políticos al mando de Federico Carmona y su ejército local.
La presencia en Río Tocuyo de los poderosos Chuaos colocaba en peligro este pertrecho militar que junto al oro recabado, servía para sostener la conspiración por lo que debían simular no tener nada que ver con armas o conspiración, no en vano todos eran liberales. Carmona utiliza la misa para impartir instrucciones discretamente a sus seguidores, apaciguarlos, contenerlos mediante su liderazgo, debían esperar otro momento para el alzamiento, les dice sin imaginar lo que sucedería al día siguiente ni que esta espera se prolongaría por casi 2 años.
A pesar del disimulo con las confirmaciones, los Chuaos al estar dateados se dan cuenta que Carmona actúa como jefe de los mestizos de Río Tocuyo, evidenciando que estaba al mando de este peligroso y conocido clan, sumándose ambos rencores que surgen con mayor furor, desembocando en un sangriento suceso perpetrado por los actuales enemigos de Carmona y los viejos de los Castro, que coincidencialmente eran los mismos.
Igualmente al desenmarañar que Antonio Perozo es el enlace y unido con la recién información de la existencia de unas misteriosas cajas llegadas a su hato, concluyen que allí esta la clave, por lo que deciden ir a asaltarlo en búsqueda del peligroso armamento, lo hacen en la madrugada del día siguiente, 2 de agosto de 1890, ya tenían experiencia en asaltos anteriores.  
Era un periodo de gran convulsión política, los caudillos lanzados a confrontaciones de dolor y muerte, sumamente violenta como las ocurridas en Carora donde las luchas políticas eran llevadas a extremos apasionados, con discursos en las plazas, atacando al contendor en las calles hasta incluso llegar al recinto mismo del hogar como sucedió con el de los Perozo. Las autoridades no eran capaces de mantener el orden dentro de esta anarquía, ya fueran por complicidad o debilidad.
Durante este peligroso periodo Bartola pondría en práctica todo lo aprendido en conspiración durante el contrabando de armas para salvarles la vida a sus hijos mayores, participantes en el sangriento suceso. Ella los ocultaría en lugares diferentes, bajo seudónimos o nombres simulados, principalmente a su cuarto hijo, Damián que por ser hombre y contar con 14 años de edad queda como responsable visible de los hechos ocurridos ese día, los rodearía de personal de su entera confianza, ocultándolos hasta el extremo de borrarle su identidad, para ello contaría con sus contactos clandestinos sumamente influyentes y con su gran poder económico cuyo origen siempre ocultó, sería lo que hoy día se conoce como programa de protección a testigos claves en peligro de muerte.
Su inmenso y desgarrador dolor se transformarían en un deseo de venganza como nunca antes había experimentado, conduciéndola por los senderos del destino de Cipriano Castro, sería su última participación en política. Continuara...
Un hombre envuelto en una capa negra presagia una tragedia

Iglesia de Río Tocuyo