Un día, Thomas Alva Edison llegó a su casa y le comunicó a su madre que el maestro le había entregado una nota para ella.
-"Me dijo que solo te la diera a ti".
Ella le leyó en voz alta mientras sus ojos se llenaban de
lágrimas:
-"Su hijo es un genio, esta escuela no es para él pues
no tenemos maestros para su alto nivel, por lo que recomendamos que lo haga usted".
A partir de entonces la madre se dedicó a educarlo y aquel
niño se convirtió en uno de los más grandes inventores de principios del siglo
XX.
Años después, ya fallecida la madre, el inventor estaba revisando
algunas cosas viejas de la familia y repentinamente vio un papel doblado en el
marco de un cuadro en el escritorio. Allí estaba aquella vieja nota. Lo tomó y
lo abrió:
-"Su hijo está mentalmente enfermo y no podemos
permitirle que venga más a la escuela".
Edison lloró horas, entonces escribió en su diario:
"Thomas Alva Edison fue un niño mentalmente enfermo, pero por una madre
heroica se convirtió en el genio del siglo".
La amorosa reacción de la madre en lugar de leer lo que
realmente decía la carta, que le habría causado un daño irreparable a su hijo, cambió
lo allí escrito dándole un giro totalmente diferente. A partir de entonces se
dedicó a su enseñanza infundiéndole seguridad y confianza en sí mismo, le infundo
que era un genio y él se lo creyó tanto que creció y murió siéndolo, gracias al
asombroso poder que tienen los padres sobre los hijos.
Esta historia viene a colación debido a una experiencia
personal que experimente durante el lapso de escolaridad conocida como primaria
realizada en un colegio de monjas que condujeron a mi madre a una actitud similar, bueno, con algunas diferencias que
les narrare.
Se suponía que debía culminar en 6 años, duración establecida
por la ley de educación, sin embargo mi estancia allí duro 10 años, debido a
que por causa de las secuelas de polio que padecía, fui sometida a varias
cirugías para mejorar algunas deficiencias motoras causando una asistencia
errática al colegio, ausencia que no era aceptado por las benevolentes monjas a
pesar de que el famosísimo Hospital Ortopédico Infantil donde era atendida tenía
dentro de sus instalaciones una escuela registrada en el Ministerio de
Educación, para que los pequeños pacientes no se atrasaran en su escolaridad a
pesar de la estancia hospitalaria generalmente larga. Recuerdo asistir en silla
de ruedas al área dispuesta como salón de clases conducida por una enfermera,
hacer las tareas dirigidas en esa misma área y aprobar los exámenes, entregándole
constancia a mi madre para que lo consignara al colegio donde cursaba
regularmente, incluso los dos años de kínder y preparatorio.
Las monjas sin ningún tipo de consideración ni mucho menos
empatía o apoyo, ni respeto al certificado expedido por el hospital, no lo aceptaron
y me hicieron repetir dos grados escolares, lo cual me frustraba al ver como
mis compañeros avanzaban y yo no, sin comprender las causas.
Además debido a que usaba unos aparatos ortopédicos que me
hacían notoriamente diferente, lo cual era más palpable en el recreo al no
salir a corretear como los demás niños,
convirtiéndome en una niña retraída y tímida, solitaria.
Lo cierto que contra todo pronóstico, a pesar de los
obstáculos gracias al apoyo de mi madre Helena, culminé el sexto grado. Estaba
feliz, finalmente me iba de aquel supuesto piadoso lugar donde imperaba la
hipocresía y las preferencias por los alumnos pertenecientes a familias de
poder económico que yo notaba asfixiándome. Los pupitres de la primera fila
eran para las hijas de los notables socialmente, no les llamaban nunca la
atención a pesar de sus alborotos y además siempre obtenían un 20 en sus exámenes.
En fin de allí salí a cursar bachillerato en un colegio mixto
y de curas que marcarían una gran diferencia en mi vida, gane varias medallas
de honor y al mérito entre ellos el premio de mejor alumna del año, graduándome
en los 5 años establecidos a pesar de una cirugía realizada en las vacaciones
de segundo año para entrar a tercero, en el cual conté con todo el apoyo del
entonces Director, de los curas y profesores para que no perdiera el año
escolar, una notable diferencia.
Después curse medicina en la Universidad de Carabobo y me
gradué ocupando el puesto 17 de mi promoción de más de 700 egresados.
Habiendo culminado mis estudios y ya trabajando como médico,
un día mi madre me reveló un secreto que guardaba para evitar que me afectara,
el hecho era que cuando termine la primaria, la directora del colegio la llamo
a su despacho para comunicarle que ellas magnánimamente me habían regalado el
título y que lamentablemente según su experta opinión docente yo no podría culminar
el bachillerato pues según las benevolentes monjas, habían detectado un retraso
mental en mí y además notaban un mecanismo de negación en mi madre que no lo
veía así. Amablemente le recomendaron que me inscribiera en cursos de cocina o
costura, si acaso.
Al igual que la madre de Edison, ella decidió ocultarme esta
nefasta opinión que por lo demás, tal vez hubiera sido devastadora en esa época
de la sensible adolescencia, no considero su recomendación, decidió buscarme las mejores oportunidades,
inyectarme positivismo y darme su apoyo irrestricto, abriéndome un abanico de
posibilidades.
Años después, al graduarme de bachiller, desconociendo esto,
le consulte su opinión y le pregunte:
-¿Mami, que crees que puedo estudiar?.
A lo cual ella me respondió:
-Lo que te guste, hija. Tú puedes lograr lo quieras y te apoyare.
Hoy día me siento realizada, satisfecha conmigo misma, soy una profesional y empleada de una institución de salud, sin llegar al nivel de Edison, me basta con ser como el promedio, gracias a mi madre no fui excluida del tren de la vida.
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