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martes, 6 de noviembre de 2018

Capítulo 62: Vuelta al mundo


El avión despega en medio del ensordecedor rugido de los motores, las ruedas se desprenden del suelo, saber que estas en el aire, que nada te sostiene, es una experiencia indescriptible, mezcla de miedo y el deseo irresistible de experimentar lo nuevo. En ese vuelo Caracas Madrid estaba yo, era el sueño de toda mi vida, viajar a Europa.
Me gusta leer, hábito inculcado desde niña por mi madre, tenía muchos libros, entre los cuales estaban los de ciencia ficción de Julio Verne, cautivaban mi imaginación, Viaje al centro de la tierra, Veinte mil leguas de viaje submarino, Cinco semanas en Globo, etc, ellos habían despertado el deseo de conocer el mundo. Helena me dio a escoger el regalo de grado de bachiller, un viaje o una fiesta, decidí optar por el viaje y escogí este destino. Los preparativos se iniciaron, avisarle a mi tía Yolanda que vivía en Dinamarca, comprar los pasajes, mandar a hacer un conjunto de pantalón y chaqueta de medio abrigo, llegaríamos a finales de la primavera y principios de otoño, con algo de frío. Leer sobre el arte universal para no llegar perdida pues había una gran cantidad de obras tanto en pintura como esculturas y arquitectura, debíamos seleccionar, abarcar lo más emblemático, teníamos suficiente tiempo eran 45 días. Nuestro viaje fue sin reservación de hotel ni paquetes turísticos prediseñados, un dibujo libre.
A pesar que entonces no se usaba el concepto de paradigmas, mi madre Helena me enseño a romper esquemas, a aventurar, a no dejarme atrapar por lo establecido, siempre se preguntaba: ¿Por qué no? luego decía “vamos a ver cómo hacemos” Para ella no existían problemas solo situaciones planteadas, más o menos difíciles, que tenían una solución, solo era cuestión de encontrar la salida, decía que todo estaba en la mente, en como percibieras los eventos, los cuales al ser analizados fríamente perdían el poder sobre ti. A veces la solución era tan simple como darle la vuelta, rodearlo, superarlo, dejarlos atrás sin resentimientos, increíble pero en eso tan simple estaba el triunfo. Aprendí de ella que las cosas difíciles que pasan en la vida no eran castigo de Dios, no era tu culpa, simplemente son casualidades que pasan, no tenían otro significado. Este viaje represento una lección practica de toda aquella forma de ver la vida por ella, sin saberlo aquella experiencia me serviría posteriormente para superar el segundo gran escollo de mi existencia, el primero había sido sobrevivir a la polio.     
Así que en septiembre de 1972 partimos de Barquisimeto, hicimos un recorrido por las 5 capitales más emblemática de Europa, hoy día todavía me intriga como logro mi madre Helena cubrir los gastos de este maravilloso viaje, únicamente con el salario de Higienista Escolar. Mi tía Yolanda había realizado un intercambio de casas con unos amigos que querían conocer Dinamarca y ellos a Zurich en Suiza, ciudad situada a orillas del lago del mismo nombre, con una historia que se remonta al siglo II cuando se conocía como Turicum, una especie de aduana o zona de intercambio de mercancías de diferentes puntos de Europa, considerada una de las ciudades más caras del mundo, centro financiero. Aquí nos conseguimos con mi tía Ana que venía de regreso de Dinamarca y nosotras de ida, nos habíamos puesto de acuerdo para no coincidir en Dinamarca, de esta manera no incomodar en la casa de mi tía.
Allí vi, por primera vez un árbol cargado de manzanas, en una plaza pública, bolas rojas como bambalinas regadas en el suelo, le pregunte a mi tía si se podían recoger para comerlas y ella me explico que no, que estaba prohibido, se dejaban allí para los pájaros. La placita no tenía rejas para impedir el paso ni cartelones prohibiendo agarrar las manzanas, el piso cubierto de grama verde, sin basura y las aves se acercaban confiadas, era un contraste con mi país.
Nos montamos en el trolebús para recorrer la ciudad de suaves colinas y hermoso centro histórico, de regreso nos perdimos al no darnos cuenta en que parada debíamos bajarnos, sin embargo el conductor del tren se percató que éramos turistas, gracias a unas notas con la dirección escrita en varios idiomas que nos elaboraba mi tía, nos llevó al lugar correspondiente.
En Suiza disponíamos de tiempo de sobra antes de continuar con nuestros respectivos destinos, mi tía Yolanda nos animó a ir a París en tren, así que fuimos a sacar la visa y comprar los boletos y partimos a ese destino, sin saber hablar ni francés ni inglés, apenas algunas frases elementales de lo poco que había aprendido en bachillerato, todo un reto.
Al llegar nos encontramos con una gigantesca estación techada con múltiples andenes con trenes de diferentes partes de Europa, cientos de personas llegaban y salían, caminando muy rápido, sincronizados, como soldados entrenados que sabían a donde se dirigían, parloteando una mescolanza de diferentes idiomas que nos envolvían sin entenderlos, una situación inédita para nosotras, nos detuvimos en medio de aquella colmena a analizar cómo conseguir un taxi para buscar un hotel, pues no teníamos reservación, ni idea a donde ir, nos reíamos de ver la situación en que estábamos, Helena, como siempre decía que eso se resolvía, ¿Cuál es el problema, acaso no estamos en Europa?, repentinamente se nos acercó un señor mayor hablándonos en perfecto español, nos comentó que nos escuchó y reconoció ser Venezolanas, nos explicó que había vivido en nuestro país durante 20 años, que estaba jubilado, podía servirnos de guía turístico, acompañarnos a buscar un hotel a buen precio, le preguntamos cuanto nos cobraría, nos aclaró que solo sus gastos de entradas a museos, taxis y comidas. Nos llevo a visitar el museo de Louvre, estuve parada frente al famoso cuadro de La Mona Lisa, ante de que se le colocaran protectores, también fuimos a Montmartre, a la catedral de Notre Dame con sus hermosos vitrales multicolor, a la torre Eiffel, los puentes del viejo París.
Hicimos otro recorrido por la ciudad de noche, sus avenidas, sus luces, sus diferentes clubes, desde los más populares, subiendo al Lido, por último el show del conocidísimo Moulin Rouge. Estaba incluida una copa de licor en cada parada, era champaña la cual subía de categoría según el local, en este majestuoso cabaret nos sirvieron la rosada, considerada la más cara del mundo, cuando llegamos allí estábamos ligeramente alicoradas, recuerdo a mi tía Ana diciéndonos que no podíamos desperdiciar la champaña rosada, pero mi mama Helena y yo no podíamos con más, éramos poca bebedoras de alcohol, así que ella nos ayudaba con nuestras copas. Al salir era de madrugada, había mucho frío, había caído una granizada, mi tía no se dio cuenta, patinó en la acera, casi se cae pero otro turista del grupo la sostuvo del brazo. En el hotel nos reímos hasta ahogarnos, juramos no contarle este episodio a mi tía Yolanda, quien nos había advertido de no “meter la pata” con alguna imprudencia criolla, debíamos recordar que no estábamos en Venezuela. En fin eran nuestras vacaciones y las oportunidades no se desaprovechan. Regresamos en tren a Zurich y allí nos separamos, mi tía Ana se fue a Madrid y nosotras tomamos el vuelo a Copenhague.   
Copenhague es la capital de Dinamarca, donde vivía mi tía Yolanda Castro y su esposo Johanes Andersen, danés, sus tres hijos: Ana Kristina, Alfred y María Yolanda, con ellos fuimos a conocer el Tivoli, uno de los parques de atracción más antiguos del mundo, el puerto de la ciudad donde está la Sirenita de Copenhague, la residencia de la familia real, etc. Recuerdo sorprendida como las ventas de periódicos, de ticket del metro y autobús no tenían quien los atendiera, uno pagaba, tomaba el vuelto, el periódico o el pasaje sin que nadie lo vigilara. Esto era impensable en Venezuela. Pero había una frialdad, una organización social cronometrada hasta sus últimos detalles, todo perfecto, un protocolo en la cotidianidad hasta para las visitas a tu propia familia que no concordaba con mi temperamento caribeño. El arte y arquitectura muy bella pero algo me faltaba, no lo sentía, no había aquel susurro al oído de tus ancestros.
Mi tía Yolanda nuevamente nos impulsó a aprovechar el tiempo disponible en Europa, nos dijo que fuéramos a conocer a Italia. Así hicimos, en Roma vivía la familia del esposo de mi tía Rosario, la llamamos y ella nos contactó a su cuñada quien nos recibió en su casa. Nuevamente estábamos en otra estación de trenes, esta vez nosotras dos solas, con la conocida libreta de notas en varios idiomas con nuestra dirección y destino. Debidamente adoctrinadas por mi tía, partimos rumbo a Roma, capital de Italia, en un viaje de 36 horas, casi sin detenernos, solo en el cruce de fronteras para chequear los pasaportes y montar pasajeros, el secreto radicaba en la organización de los vagones, estos se desprendía en su correspondiente destino sin necesidad de parar el tren, había unos especiales con camas para dormir, llamadas cuchetas. El paisaje desde la ventana del tren era hermoso, luminoso, verde, las viviendas eran casas, no habían ranchos ni muros que los separaran del vecino, solo jardines con flores policromas, soy una persona visual, aquel estallido de colores y armonía me embelesaban no me cansaba de mirar aquella belleza,   
Cuando nos bajamos del tren en Roma una bocanada de aire fresco nos envolvió con un aroma conocido, aroma a cotidianidad, aroma que no había en los países nórdicos, tan llamativo que era imposible no darte cuenta, los italianos parloteando en voz alta con aquel movimiento de manos acompañado de expresiones corporales que daban la impresión de estar discutiendo, era un contraste con el silencio, el orden y caminar mecánico de los antiguos vikingos del norte.
Aquí fuimos a conocer la Plaza de San Pedro donde se encuentra la Basílica de San Pedro pintada con los magníficos frescos de Miguel Ángel, conocida como Capilla Sixtina, es una experiencia alucinante estar de pie bajo esta bóveda que semeja al cielo, sientes que estas allí, en ese instante en que la mano de Dios toca a Adán para infundirle la vida, una obra de arte única, las cuales me hablaban en un idioma que si entendía. Pasamos por el Coliseo Romano, la Plaza de Trevi, fuimos a conciertos al aire libre, los cafés con sus mesas en la calle donde uno de los platos más populares era el melón con prosciutto, disfrutamos esta combinación novedosa de salado y dulce, fruta y carne, los vinos eran muy baratos, se bebían a granel como en toda Europa, nos sumergimos en medio de aquel bullicio, que nos era familiar. Hasta el idioma era entendible, se usaban los labios igual que el español, una raíz común, en Italia me sentí en casa.
De regreso, llegamos tarde al andén, el silbato anunciando que estaba por arrancar, tuvimos que montarnos en el que vagón que estaba en la entrada que era la cola, no era el que iba a Copenhague, tuvimos que caminar por dentro del tren andando, pasando las uniones entre los vagones que traqueteaban, hasta llegar el que nos correspondía situado al inicio del tren, detrás del de máquinas, fue una experiencia inolvidable. Entre señas y un español machucado por un empleado que medio lo hablaba, entendimos que la cucheta de dormir la desprendían para Viena, debíamos salir ante de las seis de la mañana sino queríamos ir a parar allá, esa noche no dormimos pensando en la posibilidad de perdernos. Al final del viaje, al llegar a Dinamarca los vagones que iban para Copenhague debían montarse en un ferry, eran unos 6 u 8, no recuerdo, la capital de Dinamarca está en una especie de isla. Una vez acomodados, todos los pasajeros se bajaron, en el ferry había de todo, tiendas, restaurantes, terrazas con sillas plegables para disfrutar el traslado. Helena quiso bajarse del vagón a conocer, yo no lo hice, pero no nos dimos cuenta que los vagones estábamos divididos en dos sectores de cuatro y cuatro separados por un tabique gigantesco de acero, al venir de regreso ella bajo del otro lado, por supuesto no me encontró, se preocupó creyendo que me había ido y estaba igual que ella, perdida. Con su típica forma de ver la vida exclamó “no importa, al llegar y bajarnos nos encontraremos” una vez calmada fue a investigar, se bajó del tren y caminando hasta el fondo repentinamente vio una luz que se filtraba al final del planchón, había un pasadizo por donde se asomó y vio el otro grupo de vagones, lo cual le permitió resolver el misterio. Recuerdo cuando entro al vagón, caminando apurada, riéndose mientras exclamaba “hija estaba perdida” No era raro. Otra historia que narrar en Barquisimeto para el deleite de toda la familia, las peripecias de la Pantera Rosa, sobrenombre con el cual la habían bautizado sus sobrinas.  
De vuelta a Dinamarca tomamos el vuelo de regreso a Venezuela con una escala en Madrid donde nos quedamos quince días. Si Italia había sido acogedora, familiar, España era un espejo de nosotros los Venezolanos, un familiar conocido. Al viajar fuera de Madrid a conocer El Escorial y Aranjuez vi sus casas coloniales de tejados rojos iguales a muchas aun conservadas en el país, incluso la hacienda de nuestros antepasados El Toronal era idéntica, denotando la influencia de la arquitectura española. Su gente, su idiosincrasia, su desorden, su parloteo en las esquinas intercambiando información vecinal, incluso el hábito del descanso al mediodía, España queda muerta de 12 del mediodía hasta las tres o cuatro de la tarde. Conocimos el Museo del Prado donde pude contemplar el cuadro Las Meninas de Velazquez, la Puerta de Alcalá, el Palacio Real, la Fuente de Cibeles y las salidas a la tienda El Corte Inglés, las disfrutamos enormemente, el bolívar era una moneda muy fuerte, rendía  tanto como el dólar, nos permitía ir de compras de manera compulsiva. Las fotos de Roma y Madrid se extraviaron.
Regresamos a Barquisimeto en octubre para iniciar la universidad. Vivimos con mi tía Ana en la casa de la 37 hasta que nos mudamos en el año de 1975. A partir del regreso de Europa caímos en cuenta de la urgencia de tener una vivienda propia, para la estabilidad de nuestro futuro, solo éramos dueñas de un vehículo, un televisor, una mesa de noche y dos camas, esto me produjo una sensación angustiante, comentándoselo a mi madre, además de la necesidad de tener un lugar nuestro donde compartir con los compañeros de la universidad, era una época más exigente en lo social, era una adulta. Mi madre escucho mis alegatos, luego de un análisis abrimos operativo e iniciamos la búsqueda de nuestro propio nido, otra gran aventura. La morocha Adelina y mi tía Bolivia habían comprado apartamentos en las Residencias Arca, cerca de la Avenida Varga frente al hospital “Antonio María Pineda” edificios recién construidos muy bien ubicados, ellas nos animaron, por esas cosas de Dios, mi mama Helena tenía más de 30 años de servicio, por encima de lo estipulado para la jubilación, así que las solicitó, se la dieron de forma expedita, con las prestaciones sociales que le pagaron y otros ahorros logramos reunir la inicial del apartamento, realizando nuestro anhelo. Al principio lo que teníamos eran las pocas pertenencias que usábamos en la 37, apenas para dormir. Mis tías hicieron una vaca para comprarnos una nevera, mi primo Martín Enrique Orozco nos regaló dos poltronas de mimbre para el recibo. Mi tía Bolivia nos presto una cocina de 4 hornillas eléctrica con la que cocinábamos. Mi tía Ana nos dio unos gabinetes usados de cocina de su casa. Así empezamos, poco a poco nos las arreglamos, entre mi mama Helena con su pensión de jubilada y yo que comencé a trabajar vendiendo ropa a mis amigos para lo cual habida pedido un préstamo al banco de Venezuela donde el esposo de mi prima Gisela Orozco era miembro de la junta directiva, con la fianza de él me prestaron tres mil bolívares, un capital, la inicial del apartamento habían sido quince mil. Íbamos a Curazao dos o tres veces al año de compras, con las ganancias que obteníamos logramos remodelar el apartamento y equiparlo. En esta época estaba en la universidad, me inscribí en medicina en la UCLA, contaba el apoyo de mi mama Helena, era 1975. Estaba por vivir uno de los episodios más duros de mi vida lo cual pude salvar gracias a las experiencias del viaje a Europa junto a mi madre Helena y su visión de la vida, que pude palpar de forma práctica, vivencial, no es lo mismo que te digan algo a que lo veas o vivas, sin esa aventura de nosotras solas por Europa, salvando obstáculos, no solo los reales sino incluso los que están la mente, los paradigmas, creo que hubiera sucumbido ante la adversidad mostrada en su rostro más feroz. Pero antes de entrar en estos sucesos les narrare la historia de una fiesta inolvidable, otra visión de una mujer, que nos legó su herencia a costa de un gran sacrificio, el olvido, la muerte verdadera.












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